El otro Pla

Agencia EFE
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Sevilla, 30 abr (EFE).- Conoció a Churchill y Mussolini, fue amigo de Camba, Madariaga y Maeztu y corresponsal en la batalla del Somme, tradujo a Conrad, antes combatió en Marruecos, se jubiló como funcionario de la Sociedad de Naciones y se pasó la vida escribiendo y aclarando malentendidos asegurando que él no era Josep Pla, el escritor catalán, sino José Pla Cárceles, de Cartagena, Murcia.

Para evitar tales confusiones y eludir en sus artículos la firma "José Pla", acuñó el pseudónimo "Uno del 98", que reza en el subtítulo de su "Así fue mi Londres. Recuerdos de uno del 98", las memorias de los años que vivió -los de la Primera Guerra Mundial- en la capital británica, un delicioso retrato de la Inglaterra eduardiana que ahora se publica por primera vez, a cargo de la editorial sevillana Renacimiento.

También dejó inéditas las memorias de sus años como funcionario internacional en Ginebra, "Amenidades ginebrinas" y un diario al que puso el hermoso título de "Antes de que se me olvide", según cuenta en el estudio introductorio a "Así fue mi Londres" el profesor de la Universidad de Girona Xavier Pla, cuyo apellido en esta historia de averiguaciones y rescates literarios parece haberse convertido en un juguete del destino.

Xavier Pla explica que esta edición ha sido "fruto del azar y, sobre todo, de la curiosidad", una curiosidad, la suya como investigador, que lo condujo hasta la familia de José Pla Cárceles al seguir el rastro de artículos suyos que, erróneamente, se habían atribuido a José Pla Casadevall, el famoso y reconocido autor de "El cuaderno gris" y de una obra literaria y periodística que supera las 30.000 páginas.

Los descendientes de Pla Cárceles, que nació en Cartagena en 1879 y murió en Ginebra en 1956, viven en Suiza y conservan los escritos de este hombre de letras, periodista y traductor -dominó el francés, el italiano, el alemán y el inglés- que se formó como militar y fue en su juventud comandante de Marina, y que en sus años londinenses fue lector del King's College.

Pla Cárceles escribió en influyentes diarios y revistas de su época como "ABC", "La Vanguardia", "El Sol", "Destino" e "Iberia" y, en vida, publicó libros como "La misión internacional de la raza hispánica" (1928), "La Sociedad de Naciones, lo que es y cómo funciona" (1929) y "El alma en pena de Gibraltar" (1953).

El estudio introductorio sobre la vida y la obra de Pla Cárceles, que ha escrito Xavier Pla, es una curiosa investigación en la que aclara los muchos paralelismos biográficos que, además del patronímico, hubo entre Pla Cárceles y Pla Casadevall.

La enumeración de casualidades que traza Xavier Pla no es corta: Los dos viajaron a menudo y visitaron o vivieron en las mismas ciudades (París, Londres, Ginebra, Roma), los dos escribieron sobre literatura con gustos parecidos (Buffon, La Bruyere, el Doctor Johnson, Samuel Pepys y Talleyrand, entre otros) y los dos "reflexionaron sobre política compartiendo intereses y preocupaciones durante los convulsos años de la Europa de entreguerras".

Los dos colaboraron intermitentemente en los mismos periódicos, ("El Sol", "La Vanguardia Española", "Destino", "España de Tánger"), y sus firmas hasta coincidieron alguna vez en las mismas páginas, lo que obligó a Pla Cárceles a usar en más de una ocasión el sinónimo cervantino "Gines de Bracamonte" para diferenciarse del cada vez más famoso autor de "Viaje en autobús".

También compartieron amistades como Ortega y Gasset, Marañón, Carlos Esplá, Gonzalo de Reparaz y Madariaga y muchas de ellas fueron catalanas, como Eugeni Xammar, Gaciel, Joan Estelrich, Josep Pijoan y Carlos Sentis, entre otras.

"En otoño de 1936, tanto Pla Cárceles como Pla Casadevall estuvieron refugiados en hoteles de la Cannebière, en Marsella, más o menos, más que menos, relacionados con los servicios de propaganda antirrepublicana, y hasta puede que volvieran a coincidir, unos meses después, en Biarritz...", dice Xavier Pla en uno de esos párrafos que, en tan raras ocasiones, pueden convertir un estudio crítico en una auténtica novela de las que nada tienen que envidiar a las de Graham Greene.

Alfredo Valenzuela

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