'Un lugar en silencio 2' es mucho más que la mejor película de terror del año

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Originalmente programada para estrenarse en marzo de 2020, la película dirigida por John Krasinski y protagonizada por Emily Blunt, 'A Quiet Place Part II' —presentada en México y América Latina como 'Un lugar en silencio 2' — estaba a solo unos días de los cines cuando estalló la pandemia de COVID-19 y cerró los recintos cinematográficos, descarrilando los planes de distribución y estreno por muchos meses. 

Más de un año después, la película por fin llega a salas y no solo cumple la promesa de ser una secuela a la altura de la original —que fue uno de los mejores filmes de 2018 en el género del terror—, sino que va más allá. Se trata de un filme pleno de tensión, con sus propias características que, aún si comparten el mismo universo y personajes, se sostiene muy bien por sí misma.

Ambientada en un mundo en el que la tierra ha sido invadida por monstruos extraterrestres que no ven, pero sí perciben todo sonido, la cinta, también escrita por Krasinski, es una inquietante historia de terror con el corazón de un melodrama familiar y, en su mayor parte, la combinación funciona muy bien, sin embargo, igual que pasa con las familias de verdad, la película es bastante consistente tanto en sus fortalezas como en sus defectos, pero tiene su propia personalidad y en realidad no se parece a nada, excepto (claro está) a la historia que le precede, pero eso es de esperar. 

La trama comienza con una escena extendida que se ubica cronológicamente antes de la primera película, que describe la llegada de los extraterrestres asesinos y casi indestructibles que para cuando empezamos a ver la primera parte, ya han acabado con gran parte de la población mundial. 

En estos 15 minutos que inician con una engañosa sutileza mostrándonos la vida suburbana en la Norteamérica de clase media, Krasinski reaparece al lado de la familia Abbott: los amorosos padres Lee (él mismo) y Evelyn (Emily Blunt), junto con los hijos Beau (Dean Woodward), Marcus (Noah Jupe) y Regan (Millicent Simmonds). Mientras la familia se reúne para ver un partido de béisbol infantil en el pueblo en que residen, también se nos recuerda que los Abbotts están preparados (aún sin saberlo) para manejar lo que se avecina: Lee sabe de supervivencia y toda la familia habla lenguaje de señas para comunicarse con Regan, que perdió el oído (todo esto son puntos de la trama que conocimos antes, pero no se sienten repetitivos; de hecho sirven para dar matices a los personajes en sus apariciones posteriores). 

Además de ser la ocasión para traer de vuelta, aunque sea brevemente al heroico Lee —quien, como se sabe, se sacrificó por los suyos en el clímax de la primera parte—, el prólogo también ayuda a presentar a los espectadores que no han visto la primera película las reglas de este apocalipsis en particular, y les recuerda a los que regresan y necesitan un repaso las causas y consecuencias de la crisis que nos ocupará por la próxima hora y media. Esta secuencia funciona como una gran película de desastre, una reintroducción aterradora de las criaturas ciegas que cazan brutalmente a los humanos mediante el sonido, mientras arrasan con la población

El ritmo que se logra en esos primeros 15 minutos es realmente trepidante y al punto de que termina la escena, el corazón del espectador está a todo latir, aunque esto es (hay que recordarlo) solo el comienzo.

Como protagonista absoluta de la cinta, llevando la trama sobre sus hombros, Emily Blunt es una proeza: su personaje no solo es una madre — y reciente, dio a luz un bebé en la secuencia climática del filme anterior y como elemento de la trama el recién nacido es un foco de tensión natural constante —, es una cazadora de dragones, obligada por las circunstancias a dejar su refugio para buscar un lugar para ella y sus cachorros en el mundo agreste en que se convirtió el apacible rincón del mundo en que Evelyn y su esposo decidieron criar una familia.

Emily Blunt in A Quiet Place II
Emily Blunt en 'Un lugart Tranquilo Parte 2'. (Paramount Pictures)

Blunt es una actriz completa; lo mismo puede en su rango transmitir ternura y empatía, que una desesperada necesidad de proteger, sin perder la compostura que a duras penas consigue retener. Krasinski la dirige con sobriedad, pero sin perder de vista los elementos de humanidad que hacen de Evelyn un personaje de carne y sangre que es el vínculo inmediato del espectador para adentrarse en este mundo de angustia y zozobra.

Como Regan, Millicent Simmonds es el gran apoyo de Blunt en el filme. La determinación del personaje por ir más allá, poniendo a prueba la cautela de sus seres queridos, es el motor de la segunda trama. Mientras tanto, Noah Jupe se queda corto en términos de interpretación, pero el actor es convincente de modo suficiente como un niño asustado e imprudente en un mundo aterrador. 

Por otra parte, en un giro particularmente astuto, el brillante Cillian Murphy reemplaza a John Krasinski como una nueva figura paterna en la dinámica de la cinta, donde genera una gran cantidad de tensión con solo aparecer y lanzar una mirada. Su personaje, Emmett, aparece en la primera escena como un padre cariñoso en el juego de beis, pero cuando lo reencontramos, es otra persona, es un superviviente, casi un zombi emocional; el memorable actor aporta tal ambigüedad a cualquier papel que aquí es exactamente el polo opuesto a la confiabilidad paternal de Krasinski (que hasta en su persona real da la vibra de ser un tipo entrañable), por lo que sacude la balanza y provoca una terrible ansiedad en la atmósfera, mientras que el siempre sólido Djimon Honsou aparece brevemente en un rol sustancial, y Scoot MacNairy, el versátil actor de 'Argo' y 'Monsters' aquí atraviesa el espectro y se roba sus tres escenas con la mano en la cintura, metiéndole miedo no solo a Regan, sino también al espectador que lo verá asomándose entre los dedos.

Al igual que en la primera película, el diseño de sonido es clave y está hecho de manera experta. Desde la caótica apertura, la película cambia hábilmente entre una masacre ruidosa y un silencio abrumador, aunque no se basa tanto en la perspectiva silenciosa de la hija sorda como en la primera película. Lo que fue innovador y único entonces se despliega a la ligera aquí, aunque Krasinski no vacila en usar el susto ocasional para mantener al espectador alerta.

En todo caso, esta cinta demuestra que lo vital en ella es mucho más que un diseño de sonido sofisticado. La cinematografía de Polly Morgan va maravillosamente con el sonido y la música del veterano Marco Beltrami, que tiene abundante experiencia en cintas de género de terror: en los momentos más tensos, la cámara se desliza impecablemente, el encuadre se llena de movimiento y, en su punto máximo, se cruza entre diferentes hilos de la historia para aumentar la tensión. Hay una gran toma en la que la cámara gira desde arriba a un personaje aterrorizado (no diré quién), un ángulo discordante que combina las imágenes con el sonido para sumergirnos en la desorientación y el miedo que experimenta el personaje.

Aunque concebidas mucho antes de la pandemia, las películas de la saga han adquirido una nueva resonancia en la era COVID. El cataclismo comienza con informes de noticias vagos y mal interpretados de China antes de llegar dramáticamente más cerca de casa. La supervivencia depende de las precauciones más pequeñas y sencillas. Habiéndose acostumbrado a estar encerrada en su burbuja, la familia Abbott da sus primeros pasos tentativos al aventurarse, cuando deben arrastrarse por el mundo sin tocar nada, ya que los objetos más inocuos y los impulsos más cotidianos podrían matarlos. Y tan malo como la amenaza en sí es el estrés constante sobre cómo reaccionan otras personas.

Se trata pues de una cinta de calidad, comprometida con su narrativa, muy lograda y muy entrañable. Es tan angustiosa como la anterior, pero no pierde la brújula para recordarnos que el horror sin la esperanza como contrapeso, no puede ser. Y eso lo consigue, sin que sea tan fácil, cumpliendo su objetivo de perturbar, pero también de satisfacer la necesidad que tiene el que paga boleto para entrar a la sala, de alcanzar, aunque sea momentáneamente, alguna catarsis.

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