Los peligros de la obsesión con la productividad en el trabajo

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Photo credit: Westend61 - Getty Images
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Cuando ‘El club de las cinco de la mañana’ (Grijalbo) se convirtió en un superventas, el universo laboral se vio obligado a replantearse sus horarios y rutinas. En este popular libro, el experto en liderazgo y desempeño Robin Sharma habla de un concepto que desarrolló hace más de veinte años a partir de los revolucionarios hábitos con los que asegura que sus clientes han incrementado su productividad y mejorado su salud. “Es un hábito científicamente probado que nos permitirá levantarnos mientras los demás siguen durmiendo y disponer así de unas horas preciosas para pensar, potenciar nuestra creatividad y empezar el día con calma y sin prisas”, asegura.

¿Es el sueño el enemigo de la productividad?

Esta filosofía envía el mensaje de que dormimos demasiado, una idea que nos hace pensar de forma inmediata que Margaret Thatcher presumía de dormir únicamente cuatro horas cada noche y Benjamin Franklin decía con orgullo en sus memorias que no sólo se despertaba cada día a las cinco de la mañana, sino que dedicaba al menos 10 horas diarias a "asuntos relevantes y productivos", una filosofía que señala que la clave para ser productivos, una auténtica obsesión en nuestra sociedad, radica en recortar horas de sueño. Pero… ¿Cuántas son nuestras horas de sueño perfectas? ¿Es posible entrenar la mente para necesitar dormir menos? “No es fácil enseñar a dormir menos. Necesitamos cumplir fases del sueño profundo cada noche en ciclos de noventa minutos, y un mínimo de cinco por noche. Por la cuenta aproximada con menos de seis horas y pico no nos da para recuperar el organismo, salvo en algunos pocos agraciados que tienen mutaciones genéticas que favorecen la restauración acelerada. Así que es probable que se paguen secuelas de ese intento de aprender a acelerar el reloj interno para ser más productivos. Que yo sepa, el único reloj con el que se juega cada año es con el de las campanadas de Navidad. Pero con el reloj del organismo no se puede hacer lo mismo”, asegura Raquel Marín, autora de ‘Alimenta el sueño para un cerebro sano’ (Roca Editorial), un libro con el que aprender a regular el sueño y descansar mejor.

“Cuando el trabajo me estresa, me descubro resintiéndome de la cantidad de sueño que necesito. Aunque sé que dormir aumenta la productividad me quedo con que reduce la cantidad de horas de trabajo disponibles”, señala Anne Helen Petersen en ‘No puedo: cómo los ‘millennials’ se convirtieron en la generación quemada’ (Capitán Swing). “¿Sabéis quiénes no necesitan dormir? Los robots. Puede que digamos que odiamos la idea de terminar convertidos en uno de ellos, pero en el caso de muchos ‘millennials’ nos robotizamos de buen grado con la esperanza de lograr esa elusiva estabilidad que con tanta desesperación anhelamos”, asegura.

Photo credit: Morsa Images - Getty Images
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Lo cierto es que a las cinco de la mañana nuestra capacidad cognitiva y nuestro rango de atención no se encuentran en su momento álgido, por lo que quienes aseguran estar bien despiertos también han de plantearse si esa situación se debe a la ansiedad o al estrés y cuánto tiempo les dura tal productividad, así como el efecto real que tiene el despertar tan temprano en el resto del día. Vivimos inmersos en una cultura que antepone la productividad al descanso cuando paradójicamente, cada vez más empresas se esfuerzan por poner en marcha un plan de bienestar bien estructurado y ejecutado en línea con las necesidades concretas de los trabajadores a todos los niveles, dando paso e importancia a la salud mental. De hecho, según la Organización Mundial de la Salud, la depresión, la ansiedad y el síndrome del ‘burnout’ cada vez son más frecuentes en los ambientes laborales y tienen un coste estimado de hasta un 1 billón de dólares anuales por su impacto en la productividad.

Cómo ser más productiva... Sin dañar la salud

“Hoy en día es preciso poner en marcha un plan de bienestar bien estructurado y ejecutado en línea con las necesidades concretas de los trabajadores a todos los niveles, dando paso e importancia a la salud mental. Estos planes deben contar con una estrategia clara e integradora que ofrezca beneficios para captar la atención de los equipos, mejorar su bienestar y que proporcionen una mejora de la salud, así como una reducción del estrés entre otras posibles patologías”, asegura Ana Sánchez, HR Manager de Cigna, empresa que defiende que para alcanzar la productividad, existen otras claves mucho más importantes.

Desde adaptar los planes de salud de manera correcta a cada persona, siendo la empatía clave para lograr una mayor productividad, eficiencia y sentimiento de pertenencia a la compañía, hasta abogar por una mayor autonomía al fomentar y adaptar los modelos de trabajo híbridos en lo que el teletrabajo tenga cabida, creando situaciones flexibles y fáciles para los trabajadores, sus claves abogan por abandonar la esa obsesión con la productividad imperante que se empeña en mermar el descanso, pues el aumento de la carga de trabajo y la interrupción del tiempo de reposo debilitan la salud mental de muchos trabajadores y generan altos niveles de estrés y baja productividad.

Edwin Locke y Gary Latham investigaron sobre la impor­tancia de marcarse objetivos desde 1974 y llevaron a cabo la teoría de la fijación de metas, que propone que tener objetivos puede ser una forma efectiva de incrementar la productividad… Siempre que se utilicen correctamente. “¿Cuál es la clave? Un «qué» claro y suficientemente estimulante, así como un «cuándo» específico, además de un ‘feedback’ periódico que te permita saber cómo lo estás haciendo”, escribe al respecto Rick Pastoor en ‘El método GRIP’ (Roca Editorial).

Photo credit: Morsa Images - Getty Images
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Hemos romantizado la productividad hasta tal punto que esta obsesión es la responsable del aumento de los los casos de ansiedad y a su vez, ahonda en la división sexual del mercado de trabajo al menospreciar de forma inmediata los cuidados. Por eso es vital luchar en contra de la cultura de la hiper productividad para abrazar el placer de no hacer nada o de hacer una actividad concreta sin lamentarnos por no estar siendo productivos. Hemos de dejar de ignorar nuestras necesidades para intentar alcanzar un supuesto nivel superior de productividad para evitar que incluso nuestro sueño, como explica Anne Helen Petersen al hablar del teórico Jonathan Crary, se parezca cada vez más “al estado de las máquinas en modo suspensión, que no es tanto descanso como una condición diferida o disminuida de operación y acceso”.

En resumidas cuentas: dejemos de criminalizar el sueño y el descanso, pues la obsesión por ser productivos nos conduce precisamente a una improductividad asegurada.