Una película marcó tanto a una generación que no pudo volver a verla

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Hay muchos motivos para no volver a ver una película. El más obvio es que no te ha gustado y no tienes intención de volver a pasar por ahí otra vez, claro. Otra razón puede ser la falta de tiempo, tienes tantas cosas que ver, que por mucho que te haya encantado algo, tienes que dejar hueco a otras películas que te esperan en tu interminable lista. Pero hay otro motivo para no revisitar una obra, que no tiene necesariamente nada que ver con la calidad de la película: lo mucho que te ha hecho sufrir.

¿Cuántas veces lo has dicho o lo has escuchado? “Esa película me dolió tanto que no he podido volver a verla”. Seguro que tienes un (o más de un) ejemplo. Experiencias tan traumáticas, tan dolorosas que, por mucho que consideres la película en cuestión una obra maestra, jamás serás capaz de volver a pasar por ella otra vez. Para muchos, una de esas películas es sin duda Réquiem por un sueño, el aclamado film de Darren Aronofsky que marcó a la generación millennial y que, 20 años después, muchos no se atreven a volver a vivir porque las heridas que nos dejó aun siguen abiertas.

Detalle del cartel oficial de 'Réquiem por un sueño' (Summit Entertainment)
Detalle del cartel oficial de 'Réquiem por un sueño' (Summit Entertainment)

Darren Aronofsky irrumpió en la escena indie cinematográfica a finales de los 90 con Pi, su largometraje debut. La película, hecha con dos duros, supuso un gran trampolín para el cineasta neoyorquino, triunfando en el Festival de Sundance (donde ganó el premio a Mejor Director) y recibiendo críticas excelentes. Además, Pi hizo historia al ser la primera película disponible para descargar en pay-per-view por Internet, después de un discreto pero rentable paso por taquilla. Las puertas se abrieron de par en par para su segunda película, en la que Aronofsky disparó su ambición y pudo contar con estrellas de Hollywood. Réquiem por un sueño, protagonizada por Jared Leto, Ellen Burstyn y Jennifer Connelly, se estrenó en 2000, marcando un antes y un después en su filmografía. Y en la vida de muchos cinéfilos.

Réquiem por un sueño es un drama psicológico basado en la novela homónima de Hubert Selby Jr., que participa además en la película escribiendo el guion junto a Aronofsky. El film es un crudo e impactante retrato de la adicción, contado a través de cuatro personajes y cómo las drogas los afectan física y emocionalmente; un torbellino visual y sonoro que nos atrapa en un mundo de angustia y dolor del que parece imposible salir. A medida que la película avanza, la historia se vuelve cada vez más difícil, sumiendo a los personajes en una espiral de autodestrucción y desesperanza que nos lleva hacia lugares muy incómodos, golpeando al espectador con imágenes que se quedan para siempre grabadas en la retina. Imposibles de borrar.

Aronofsky desde la dirección y los actores desde sus interpretaciones entregadas y a flor de piel nos hacen partícipes del deterioro de los personajes y la muerte de sus sueños, mostrando sin ningún tipo de tapujos los devastadores efectos de las drogas. La intención es precisamente esa, plasmar en pantalla lo que ocurre cuando la adicción se apodera del cuerpo y la mente, cuando destruye la vida del adicto y la de aquellos a su alrededor, cuando los lleva al abismo. Aronofsky nos lleva también a mirar directamente a ese abismo, para luego empujarnos hacia el vacío con sus personajes, construyendo así una experiencia visceral e inmersiva en la que podemos sentir todo lo que sienten los protagonistas en nuestra propia piel.

Réquiem por un sueño obtuvo el beneplácito de la crítica, pero sobre todo impresionó a la comunidad cinéfila, que en la etapa comprendida entre finales del pasado siglo y principios del nuevo, quedó sellada por la impronta de varias obras decisivas e influyentes para el cine moderno (Matrix, Mulholland Drive, El club de la lucha, El viaje de Chihiro, Donnie Darko…), entre las que se encontraba la de Aronofsky. Réquiem por un sueño destacó por sus interpretaciones (Ellen Burstyn recibió la única nominación al Oscar del film), pero también, y sobre todo, pasó a la historia por dos elementos principales: su montaje y su banda sonora.

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Continuando lo que ya había hecho en Pi, Aronofsky llevó un paso más allá su por aquel entonces característico estilo de edición: montajes con planos muy cortos y cercanos (ese omnipresente ojo con la pupila dilatada que también vemos en el cartel oficial), transiciones híper-rápidas y repetición machacona de imágenes de las drogas y sus efectos para transmitir la ansiedad y la paranoia de la historia. Lo habitual es que una película de aproximadamente 100 minutos tenga unos 600-700 cortes, pero Réquiem por un sueño cuenta con más de 2.000, además de usar pantalla partida y técnicas propias del videoclip como el time-lapse o planos secuencia con la cámara atada a los actores. Usando todas esas herramientas, Aronofsky creaba un chocante universo visual en el que la realidad y la fantasía (o la pesadilla) se fusionaban en nuestras aturdidas mentes.

Como decía, otro elemento clave en el impacto de Réquiem por un sueño en el público fue su banda sonora. El hipnótico, intenso y precioso score, compuesto por Clint Mansell e interpretado por Kronos Quartet, no solo funcionó como revestimiento perfecto para la historia, sino que además trascendió la propia película para pasar a formar parte de la cultura popular, gracias a su aparición en anuncios y, sobre todo, en los tráilers de El señor de los anillos: Las dos torres, donde se usó una version de la icónica Lux Æterna, regrabada con coro y orquesta.

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Ahora bien, aunque el apartado técnico, estético y sonoro de Réquiem por un sueño es sobresaliente, la película no habría causado el mismo impacto de no ser por la crudeza de lo que cuenta y el trabajo kamikaze de sus actores, que se sumergieron a fondo en la adicción para preparar sus personajes. Para mí y para tantos otros fue especialmente traumático ver a Jennifer Connelly, a la que tantas personas de mi generación conocimos como Sarah de Dentro del Laberinto, en situaciones tan duras, entre ellas una perturbadora escena de sexo en el terrorífico clímax de la película que no nos hemos podido sacar de la cabeza. Connelly se aisló de los suyos para meterse en el papel de Marion y acudió a reuniones de Narcóticos Anónimos para hablar con adictos reales, describiendo más tarde su trabajo en el film como una experiencia “muy dura emocionalmente, muy agotadora, triste e incómoda” (BBC).

Conocido (e infame) por ser actor del método y llegar a grandes extremos en preparación para sus papeles, Jared Leto fue, obviamente, más allá. Para meterse en la piel del heroinómano Harry Goldfarb, el actor llegó a vivir en las calles de Nueva York, rodeado de adictos. Además, perdió 13kg para interpretar al personaje de forma realista. Por otro lado, Damon Wayans, que leyó la novela tres veces y luchó por el papel haciendo hasta cinco pruebas de casting, dejó de tener sexo y tomar azúcar a petición de Aronofsky (también se lo pidió a Leto) para que su síndrome de abstinencia pareciera genuino.

Por su parte, Ellen Burstyn, la veterana del elenco, rechazó inicialmente el papel por el contenido difícil del guion, pero cambió de opinión después de revisar el trabajo previo de Aronofsky. Su interpretación en la película es la más celebrada y reconocida por los premios, y no es para menos. Es escalofriante ver a la actriz de El exorcista deteriorarse y caer en la psicosis, un trabajo absolutamente estremecedor y angustioso que le mereció la nominación al Premio de la Academia entre otros muchos reconocimientos. Ser testigo de su extrema transformación en el papel de Sara Goldfarb, especialmente en la recta final del film, es completamente abrumador.

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Por todo lo mencionado aquí, Réquiem por un sueño dejó una huella muy profunda en muchos espectadores, entre los que me incluyo. Tanto es así, que forma parte -junto a La tumba de las luciérnagas o Bailar en la oscuridad- de mi lista de películas que solo he podido ver una vez. Eso sí, la cinta tiene sus detractores, que de hecho aconsejan no regresar a ella por otra razón: para no llevarse una desilusión al comprobar que no es tan buena como la recordabas. Con el tiempo, el montaje “hip hop” de Aronofsky empezó a ser criticado y a día de hoy son muchos los que sostienen que lo suyo no son más que trucos superficiales y efectistas con los que el estilo se antepone a la sustancia. Claro que, lo cierto es que, por aquel entonces, nuestras mentes impresionables se quedaron completamente arrebatadas por lo que teníamos ante nuestros ojos.

Y yo elijo quedarme con eso. Quién sabe, quizá si hoy, 22 años después y con mucha más experiencia vital y cinéfila, volviera a ver Réquiem por un sueño, comprobaría que el tiempo no la ha tratado bien. O quizá no. Pero para mí, lo importante no es eso, sino el impacto que causó en mí cuando la vi entonces, cuando no era más que un crío que estaba empezando a descubrir las posibilidades del cine y el lenguaje visual, cuando me empezaba a adentrar en otras experiencias más maduras y difíciles, cuando me di cuenta de que hasta qué punto el cine podía hacer daño, en el mejor sentido. Esa intensidad, esa adrenalina, esa incomodidad no se olvida. Y prefiero dejar ese recuerdo intacto.

Réquiem por un sueño está disponible en streaming a través de Filmin y Movistar+.

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