La película olvidada de Macaulay Culkin con la que descubrí el amor por la lectura

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Macaulay Culkin vuelve a estar de actualidad gracias a su participación en la décima temporada de American Horror Story, estrenada recientemente en Disney+. La exestrella infantil regresa después de un tiempo alejado de la pantalla (salvo por algún que otro proyecto esporádico) con un jugoso papel en la popular serie antológica de Ryan Murphy, experto en rescatar viejas glorias y darles una segunda vida a sus carreras.

Por eso, aprovechando el celebrado regreso del actor de Solo en casa, toca recordar una de sus últimas películas antes de su sonado retiro a mediados de los 90, cuando todavía era un niño. Y no estoy hablando de Niño Rico, ni de El buen hijo, sino de una pequeña película fantástica que pasó mucho más desapercibida y acabó cayendo en el olvido, pero que guardo en un lugar especial por disparar mi imaginación y animarme a descubrir el amor por la lectura: El guardián de las palabras.

Cartel de 'El guardián de las palabras' (1994, Turner Pictures, Hanna-Barbera, 20th Century)
Cartel de 'El guardián de las palabras' (1994, Turner Pictures, Hanna-Barbera, 20th Century)

Tenemos que remontarnos a 1994, el año que Macaulay Culkin dijo “basta” con tan solo 14 años. Poco después del fiasco en taquilla de Niño Rico, el niño prodigio dejó la actuación y se emancipó legalmente de sus padres, con los que se enzarzó en una sonada batalla legal por su custodia y fortuna. En sus últimos años como actor infantil, su estrella se fue apagando con proyectos cada vez menos exitosos y el mundo le dejaba claro que no estaba interesado en verlo crecer. Pero antes de abandonar su carrera, nos dejó unos cuantos títulos que algunos recordamos con cariño a pesar de su fracaso comercial, entre ellos la película que hoy nos ocupa.

El guardián de las palabras es un híbrido de imagen real y animación en el que Macaulay da vida a un niño temeroso y obsesionado con las estadísticas de accidentes que se embarca en una peligrosa aventura a través de los géneros fantásticos de la literatura, personificados en un trío de libros parlantes (Fantasía, Terror y Aventura), para encontrar su valor. La película está dirigida por Joe Johnston y el animador de Disney Pixote Hunt. Johnston -realizador de clásicos para toda la familia como Cariño, he encogido a los niños o Jumanji, además de la primera entrega de Capitán América- realizó las escenas de acción real, mientras que Hunt se encargó de las partes animadas.

El film, producido por Turner Pictures y Hanna-Barbera, contaba con un reparto de excepción para acompañar al pequeño Culkin, con el reclamo de Christopher Lloyd (el mismísimo Doc Brown de Regreso al futuro) y Ed Begley Jr. en la parte de carne y hueso, y las voces de Whoopi Goldberg, Patrick Stewart y Leonard Nimoy dando vida a los personajes animados. La película contó con animadores que habían trabajado en producciones muy queridas de los 80 y los 90 como Fievel y el nuevo mundo, En busca del valle encantado y Aladdin, y destacó por ser una de las primeras en usar acción real, animación tradicional y CGI en un mismo proyecto.

Sin embargo, la experiencia de los animadores que trabajaron en ella fue de todo menos positiva. La producción se pasó del presupuesto aprobado y hubo que hacer numerosos cambios a la historia durante el proceso de animación, lo que supuso un quebradero de cabeza para los artistas y acabó reflejándose en el resultado final. Además, Johnston desveló más adelante que el estudio había retocado el montaje y eliminado escenas sin su permiso, lo que le llevó a renegar de ella y tacharla de su filmografía. Y por si eso fuera poco, la película se vio envuelta en una disputa legal cuando el productor David Kirschner intentó atribuirse para sí solo la creación de la historia, negando su crédito al otro guionista original, David Casci.

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La accidentada producción de El guardián de las palabras se saldó en su estreno con críticas negativas y una desastrosa recaudación en taquilla de 13,16 millones de dólares (€11,77 millones; Box Office Mojo), con un presupuesto de $34 millones (€30 millones), suponiendo enormes pérdidas para el estudio y dando así comienzo al ocaso de Macaulay Culkin como estrella infantil e imán de la taquilla. De hecho, el actor recibió una (cruel) nominación al Razzie por su interpretación en ella, compartida con Mano a mano con papá y Niño rico, del mismo año. Finalmente, tras su paso por cines y vídeo doméstico, la película desapareció de la memoria colectiva y para muchos fue como si nunca hubiera existido.

Pero, ¿de verdad era tan mala? Reconozco que no soy la persona más objetiva, ya que después de verla en el cine (recuerdo que no éramos ni cinco personas en la sala), me compraron la novelización -que leí varias veces-, me hice con ella en VHS y se convirtió en una de la películas de cabecera de mi infancia tardía, de esas a las que volvía una y otra vez. Me la sabía de memoria. Y aun con todo eso, reconozco que es difícil defenderla. Incluso por aquel entonces, mi mente sin apenas juicio crítico notaba que no era tan buena como otras, la animación no llegaba al nivel de otros estudios, siempre se me quedaba corta (apenas supera la hora de metraje) y cuando acababa, me dejaba con la sensación de que podía haber dado mucho más de sí. Pero aun así, había una extraña magia en ella que me enganchaba y no me soltaba.

Por encima de todo, lo que le debo a El guardián de las palabras es haber fomentado mi pasión por la lectura, y en concreto por las historias fantásticas. Desde que Richard (el personaje de Culkin) entraba en la majestuosa biblioteca donde tenía lugar la acción y una ola multicolor animada lo transportaba a ese mundo de fantasía inspirado en la literatura fantástica, lleno de piratas, dragones y monstruos, me embargaba una sensación de curiosidad e ilusión que después reconocería en los libros. Gracias a ella, la biblioteca se convertía en un lugar donde todo era posible y, aunque las que yo tenía a mi alcance no tenían nada que ver con la de la película, entendí pronto los tesoros que escondían. Algo muy parecido a lo que La historia interminable había hecho unos años antes, en los 80, con un mensaje muy similar sobre los libros y la fantasía.

El guardián de las palabras recorre diferentes tierras que corresponden a varios géneros de la literatura, historias de aventura, relatos de terror y cuentos de hadas, rindiendo homenaje con sus diferentes pasajes a clásicos como La isla del tesoro, Moby Dick, Alicia en el País de las Maravillas y la que más me impactó, El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson, que se convirtió en uno de los primeros libros adultos que leí. Mientras Richard hallaba su coraje gracias a las historias, yo encontraba mi refugio en ellas, reflejándome como él en las páginas.

Por todo ello le debo mucho a esta película, aunque nunca podré defenderla como una obra maestra ni nada parecido. Más de 25 años después de su estreno, pocos se acuerdan de El guardián de las palabras (aunque los que lo hacen, le guardan un gran cariño) y ni siquiera tenemos la oportunidad de redescubrirla en la era del streaming porque ninguna plataforma la tiene en su catálogo en España. Entiendo que ni Joe Johnston ni Macaulay Culkin estén especialmente orgullosos de ella, pero me encantaría decirles que, a pesar de las malas críticas y el batacazo en taquilla que empañan su recuerdo, tuvo un impacto muy positivo en la vida de, al menos, una persona. Y estoy seguro de que no estoy solo.

Lo más doloroso del fracaso de El guardián de las palabras es su potencial malgastado. Su premisa podría haber dado mucho de sí, pero se quedó a medias y, después de hundirse en taquilla, fue abandonada por completo. Si hay una película de la que me gustaría ver un remake o una serie es esta. Creo que, si se hiciera hoy, daría mejores resultados y se le sacaría mucho más partido, pero nadie en Hollywood querría tocar una propiedad que solo recordamos cuatro gatos. Por eso, pese a ser tremendamente imperfecta, solo me queda reivindicarla como el cuento lleno de imaginación que convirtió mi amor por la animación en amor por la lectura. No será un clásico del cine, pero sí es un clásico para mí.

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