La película de Netflix para recordar cómo era vivir cuando las cosas eran más sencillas

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Recurrir a la nostalgia en el cine puede ser un elemento limitador dado que solo funciona cuando se apela al espectador que vivió la época plasmada. Sin embargo, cuando se usa con elegancia y delicada simpleza se pueden conseguir obras trascendentales que tocan el corazón de varias generaciones. Es el caso de Apolo 10 ½: una infancia espacial, la nueva maravilla del director de Boyhood que nos lleva en un viaje al pasado plasmando en imágenes cómo vivimos nuestra infancia aquellos que crecimos en décadas pasadas.

La película navega por la infancia de un niño en 1969 creciendo en un barrio cercano a la NASA, en plena conquista espacial. Sin embargo, todos aquellos que crecimos entre los 60 y 90 podemos fácilmente reconocer lo mucho que Apolo 10 ½ y su disfrute de lo cotidiano nos representa en nuestra infancia.

Apollo 10 1/2: A Space Age Childhood - Cr: Netflix © 2022
Apollo 10 1/2: A Space Age Childhood - Cr: Netflix © 2022

Pasar las mañanas de los sábados viendo el contenedor de dibujos Disney o peleando con tus hermanos por qué canal sintonizar cuando solo existían dos. Ver las mismas repeticiones de Bonanza, Superagente 86 o Embrujada, entre tantas otras series repetidas hasta la saciedad. Así como pasar las horas muertas viendo con pavor películas de cine B como La masa devoradora o El ataque de la mujer de 50 pies. Jugar bromas con el teléfono llamando un número al azar o salir a andar en bicicleta sin miedos, para volver a casa sin encontrar a una madre preocupada por los peligros del mundo exterior. Todo esto y más nos recuerda la nueva maravilla de Richard Linklater a través de una película semi biográfica, que a pesar de transcurrir en un momento y lugar específico, representa pinceladas compartidas de millones de infancias pasadas. Las de aquellos que fuimos niños hace más de tres, cuatro o cinco décadas.

Apolo 10 ½ recurre a la rotoscopia -una técnica de animación que aporta realismo a los movimientos- para dotar de más nostalgia visual a esta historia que, si bien parte de una estructura que gira en torno a la fascinación cultural de los 60s por la carrera espacial y el primer viaje a la Luna, lo que realmente trasciende son los detalles humanos que le rodean. Con una infancia despreocupada, donde los problemas de guerras y amenazas nucleares “son cosas de grandes” y el futuro se antojaba brillantemente ilimitado.

Es decir, la película recurre al auge social en torno al primer viaje de la NASA a la Luna desde la perspectiva de un niño que crece en un barrio cercano al centro espacial en Texas. Allí todo gira en torno a la conquista del espacio, desde las profesiones de los adultos al diseño moderno del lugar, la enseñanza escolar y el impacto cultural diario. Su vida está rodeada de promesas tecnológicas y un futuro donde todo es posible. Sin embargo, todo esto sirve como escenario para un retrato de la vida americana a finales de los 60s, las diferencias en clases sociales, el fenómeno de la despreocupación del movimiento hippie y las libertades mundanas a través de la inocencia de una infancia a finales de los 60s. Niños que veían guerra en las noticias, asesinatos de líderes y participan en ensayos escolares en caso de un ataque nuclear, pero aun así la inocencia y optimismo infantil primaba sobre todas las cosas. El hombre iba al espacio ¿qué había de malo en el mundo si conseguíamos semejante logro?

Apollo 10 1/2: A Space Age Childhood - Cr: Netflix © 2022
Apollo 10 1/2: A Space Age Childhood - Cr: Netflix © 2022

La película transcurre como si fuera un repaso a los recuerdos de una infancia en particular, donde los adultos bebían alcohol mientras conducían, los maestros golpeaban a los niños y no existía el miedo a dejar que los pequeños de la casa se aventuren al mundo exterior. Tampoco había conciencia ninguna ante el peligro que suponía llevarnos sentados en la parte trasera de una furgoneta sin protección alguna. Situaciones que vivieron mis padres y yo misma siendo una niña de los 80s (menos los golpes escolares que ya por entonces no estaba permitido). Es decir, situaciones que hoy están prohibidas por normas y leyes, que son terribles y denunciables pero que entonces eran parte de la vida misma. Y, por lo general, no pasaba nada.

Infancias en las que éramos libres de dejar volar nuestra imaginación sin tecnología infiltrándose en nuestras vidas, con la simpleza y el aburrimiento como parte irremediable de la cotidianidad de los días. Es decir, jugando en la calle, inventando juegos con los vecinos, explorando en bicicleta sin miedos sociales. Un retrato que representa los recuerdos de millones de adultos en la actualidad, esos que somos los vestigios vivientes de aquellas eras tan diferentes.

Apolo 10 ½ es, sencillamente, un derroche de nostalgia que captura la alegría y espíritu de la inocencia a través del lente de una infancia como cualquier otra en los 60s, 70s u 80s (incluso diría que los primeros años de los 90s). Sin miedos sociales ni exigencias de perfeccionismo moral, en una época de optimismo hacia el futuro.

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El refranero popular dice que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, y si bien no estoy de acuerdo en aplicarlo para todo y en su totalidad -dado que ese pasado también tuvo otras connotaciones negativas como el racismo, la discriminación a la homosexualidad o la falta de igualdad para la mujer, entre otras perlas negras- cuando se trata de la infancia creo, cuando lo comparamos con la modernidad, muchos lo gritamos en alto.

Podría decir que Apolo 10 ½ sirve como una especie de diario íntimo de un niño de otra era, que comparte en imágenes y con un relato cercano (con la voz de Jack Black en versión original), cómo era ser niño cuando tú lo eras. Por eso, con la magia que reside en la nostalgia, la película nos recuerda que sí, que aquel pasado fue mejor para los que vivimos aquel tipo de infancia, mientras me parece una pieza audiovisual obligada para compartir entre padres e hijos.

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