La película más adelantada a su tiempo que vi en mi vida

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Si existe un denominador común entre clásicos cinematográficos como Blade Runner, 2001: una odisea del espacio, Adivina quién viene a cenar, Metrópolis o El show de Truman (una vida en directo) es la etiqueta de haber sido películas adelantadas a su tiempo. Son clásicos indiscutibles del séptimo arte que dejaron un legado generacional imborrable en la historia del cine, y todas ellas suelen ser de las más nombradas a la hora de comentar aquellas producciones que, queriéndolo o no, terminaron pronosticando detalles de nuestro presente como sociedad. Sin embargo, en la cima de mi lista se encuentra una joyita de la ciencia ficción dramática de la se habla muy poco. O más bien nada.

Recordé su título tras conocer la muerte de su director, el francés Bertrand Tavernier, el pasado 25 de marzo a los 79 años tras una vida dedicada por completo al mundo del cine. Y mientras muchos espectadores celebran sus películas más aclamadas como La vida y nada más (1989) u Hoy empieza todo (1999), mi memoria cinéfila me remontó a otra cinta de 1980. La más adelantada a su tiempo que vi en mi vida. Se titula La muerte en directo.

Era una tarde gris de Londres, de esas que vemos en postales y películas, cuando el hartazgo de estar viviendo mi primer invierno oscuro y eterno en Inglaterra me llevó a refugiarme del cielo en una sala de cine. Con esto de ser periodista cinematográfica no suelo encontrar estrenos en cartelera que no haya visto previamente por trabajo, así que mi herramienta más infalible en estos casos es una filmoteca. Sin pensarlo dos veces me fui a ver una película de 1980 al BFI de Londres, y para mi fortuna cinéfila no tenía idea de que estaba a punto de ver una obra desconocida por el gran público que aun hoy, casi diez años después de aquel día, recuerdo exactamente lo mucho que me impactó.

La muerte en directo (Death Watch) está basada en una novela de ciencia ficción de D.G. Compton publicada en 1973 y protagonizada por un trío portentoso formado por Harvey Keitel, Romy Schneider y Max von Sydow. Era el sexto largometraje de Bertrand Tavernier como director y contaba una historia que prácticamente adelantaba el afán del voyerismo televisivo que engloba el fenómeno de los realities.

Antes de contarles la premisa quiero hacer hincapié en que la historia se escribió en 1973, la película se rodó en 1980 y yo la vi en 2012. Es decir, me senté a verla como espectadora que llevaba más de una década conviviendo con el auge de los realities en televisión.

La película nos traslada a un futuro no muy lejano en donde la muerte por enfermedad ha prácticamente desaparecido. La gente solo muere por vejez o de forma natural, y el sufrimiento de una enfermedad mortal es algo que el mundo lleva mucho tiempo sin ver a su alrededor. Por eso, cuando una mujer llamada Katherine de repente es diagnosticada con una enfermedad incurable, se convierte en el centro de atención de los medios y la curiosidad mediática, siendo perseguida por la prensa mientras ella quiere vivir su nueva realidad a puertas cerradas.

El mundo descubre su historia porque una cadena de televisión filma la consulta médica donde el doctor le notifica el diagnóstico. Resulta que el médico está colaborando con la empresa, que ya tiene impresos carteles promocionales con el rostro de Katherine anunciando un reality show centrado en sus últimos días de vida. La cadena incluso le ofrece una gran suma de dinero a la mujer con tal de que permita que filmen cada minuto de sus últimos días con vida. Pero ella se niega rotundamente tras descubrir que habían actuado a sus espaldas.

Y aquí entra en acción lo más impresionante de toda la historia: Katherine huye de la cadena con un desconocido llamado Roddy, sin saber que el hombre es en realidad un camarógrafo de la cadena que se ha sometido a una cirugía experimental implantándole cámaras dentro de sus ojos. Todo lo que vive a su lado es grabado y transmitido a la televisión que, a sus espaldas, sigue adelante con la emisión del reality show.

Sin embargo, el efecto secundario de la cirugía es que Roddy puede perder la visión por completo si pasa mucho tiempo a oscuras. Es decir, no puede descansar ni dormir, manteniéndose despierto a base de pastillas y una linterna que utiliza para iluminarse los ojos cuando siente quedarse dormido. Ambos huyen mientras Katherine desconoce que toda su historia está siendo vista por el mundo, y lo que se desarrolla a continuación es un análisis sobre el interés social en la observación del prójimo como entretenimiento público, la falta de escrúpulos a la hora de aprovecharse del sufrimiento ajeno y el voyerismo que convive en la esencia del fenómeno reality. Y haciendo la película cuando los realities aún no existían. Al menos no como se presentan en la historia.

Los primeros programas de telerrealidad eran más bien documentales sociales o concursos, mientras que el primer experimento televisivo que creó el concepto de visualizar personas en su rutina diaria tuvo lugar en 1973. Fue con An american family, una serie documental que siguió a una familia de California durante 12 episodios. Sin embargo, este programa no trascendió más allá de EE.UU. y la novela de Compton fue publicada meses después, por lo que si existe conexión alguna es muy dudoso. El siguiente reality de convivencia recién se emitió en 1991, más de diez años después de esta película. Fue un show danés titulado Nummer 28, al que le siguió The real world un año más tarde, Expedición Robinson en 1997 y por supuesto el padre de todos los realities modernos, Gran Hermano, en 1999.

La muerte en directo nos presenta un análisis social que, al momento de plasmarlo en la gran pantalla, se definía como ciencia ficción. No había ningún reality que transmitiera la vida en directo, sino que el género de la telerrealidad recién comenzaba a dar sus primeros pasos con programas que eran más bien concursos o documentales que seguían a policías en acción.

Esa película, que en su nacimiento pertenecía al género de ciencia ficción, se convirtió en análisis social veinte años más tarde como si el autor y el director hubieran tenido una bola de cristal. Las consecuencias psicológicas que vive Katherine ante el acecho e interés mediático conforman un análisis espeluznante de nuestra realidad actual que ni Nostradamus habría imaginado. Es decir, el sufrimiento de la protagonista al sentir que pasará su muerte siendo observada y acechada por el mundo sirve de reflejo al despertar consciente que estamos viviendo en la realidad. Me refiero a la noción repentina que el mundo comparte sobre el acecho sufrido por Britney Spears a raíz del documental, o el relato de Rocío Carrasco impactando al país completo contando su versión tras recibir la sentencia pública de mala madre durante muchos años sin haber sido escuchada.

Recuerdo salir de aquel cine tras ver La muerte en directo y quedarme perpleja. Desde entonces suelo nombrarla a menudo en mis conversaciones cinéfilas y nunca encontré que alguien me dijera haberla visto también. Actualmente no está disponible en ningún catálogo streaming pero pueden encontrarse copias en DVD en diferentes sitios de compra.

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