Pasión por la buena mesa

Esther Bedia Alonso

Eva se dedicó al periodismo durante quince años. Un trabajo “absorbente y esclavo” que acabó dejando por decisión propia. Probó luego con algo más tranquilo, en una oficina y por cuenta ajena. “Hubo un tiempo en que detestaba la sola idea de tener un negocio propio, era algo absolutamente impensable para mí”, confiesa. Pero las cosas y las personas cambian. Diversas circunstancias y, sobre todo, su afición a la gastronomía la empujaron a cruzar la frontera del asalariado. Ahora compra, vende, decora, diseña, negocia, cocina, factura y barre en su tienda gourmet de León: Dolcetriz.



“Venía de una vida relativamente tranquila, con mis horas de gestiones y tareas varias, y mi nómina a final de mes”, recuerda Eva. Ahora las preocupaciones y las responsabilidades son otras pero se siente feliz con lo que hace. También tiene una visión muy práctica de la vida, así que nunca despega los pies de la tierra: “La coyuntura hace muy difícil el día a día y a ella se suman las pequeñas complicaciones que surgen en el devenir normal de las cosas (elecciones en las que te equivocas, decepciones personales, reveses inesperados...) más las contiendas de la vida personal”.

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A la hora de emprender esta aventura y convertirse en su propia jefa contaba con varios activos, tal vez un poco intangibles. Tenía el amor, las ganas, la ilusión y el alma para llenar su proyecto. Le faltaba el dinero. Buscarlo fue “difícil y agobiante”, y llegó a pensar que no lo lograría. Sin embargo, según Eva, conseguirlo fue casi peor: “Recuerdo una noche en la que me desperté y pensé con pánico: Mañana voy al banco y mejor les digo que no lo quiero, que se lo devuelvo todo ahora que no he empezado a gastarlo. Sí, mejor, y ya está, paso página y me olvido”. Obviamente, y para fortuna de los amantes del buen comer y la dolce vita, no lo hizo.

Jamás bajar la guardia

De acuerdo con su concepción poco autocomplaciente del trabajo, esta leonesa de 42 años procura mirar siempre de frente y no perder la visión lateral. “He visto un anuncio de un coche que lleva un sistema para contrarrestar el peligro de los ángulos muertos... ¡ojalá lo tuviéramos incorporado nosotros!”, exclama. Por desgracia no es así, por lo que ella opta por ser crítica y exigente con lo que hace: “Hay que tener presente que nada es seguro y no se puede bajar la guardia”. En la inauguración de Dolcetriz facturó casi 800 euros. Cuenta que cuando cerró la caja se sintió la reina de Saba, pero una semana después hubo un día en el que sólo consiguió por las ventas 90 euros. No daba crédito pero le sirvió para ajustar su visión personal “de lo que es un negocio y cómo funciona”.

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Con el tiempo su criatura ha ido evolucionado. Ahora parte de la tienda es un salón de té y, además, ha decidido franquiciarla. Precisamente, este paso, que comportará mucho trabajo, ha sido la última alegría de Eva. La posibilidad se está haciendo real antes de lo que esperaba y ha tenido muy buena acogida. “Son cosas que te hacen pensar que has acertado”, comenta Eva, que en Dolcetriz ofrece clases de cocina para adultos y niños, de cata de vinos, de cervezas, charlas sobre nutrición o monográficos sobre etiqueta en la mesa.

Ella opina que marcarse objetivos y metas “es motivador y estimulante” pero siempre sin perder la perspectiva de la realidad, porque entonces uno puede terminar “aborreciendo lo que fueron esos sueños”. Además, ninguno es preferible a otro: “Lo importante es saber lo que a ti te hace feliz”.

Eva eligió un nuevo camino y aún está aprendiendo a caminar por él. Cree que si sintiera que ha llegado a su tope la “asolaría la idea del aburrimiento y tendría ganas de salir corriendo”, porque “lo mejor (y lo peor) de la vida es que no sabes cómo se va a presentar”.