Padres, ¿por qué es un error esconder la tristeza a los niños?

Los niños no recuerdan lo que tratas de enseñarles. Recuerdan lo que eres - Jim Henson [Foto: Getty]

“Normalmente me esfuerzo para no llorar delante de mi hijo. No quiero que se preocupe por su papá. Quiero ser una roca para él. Fuerte y estable. Pero un día no pude evitarlo.

“Cuando mi hijo de tres años se dio cuenta de que estaba llorando, no pude sentirme más orgulloso. Se acercó a mí y me preguntó: ‘¿Por qué lloras papá?’ Yo le respondí entre sollozos: ‘No lo sé’.

“Me dio un abrazo tan grande como pudieron sus pequeños brazos y dijo: ‘Está bien, papá’.

“Corrió hacia las toallitas, me las trajo e intentó secarme los ojos.

“Lo agarré y lo apreté fuerte contra mi pecho. Me preguntó: ‘¿Estás mejor ahora?

“’Sí, estoy mejor ahora’”, le respondí.

“Soy muy afortunado”.

Es la historia que Clark, un padre que padece depresión, compartió emocionado en Reddit. No ha sido el único. Otros padres y madres también han compartido momentos similares, momentos en los que se han venido abajo y sus hijos pequeños, lejos de asustarse, los han consolado mostrando una gran entereza y madurez.

Estos casos nos demuestran que los niños pueden llegar a sorprendernos y que el imperativo de esconderles las emociones negativas – a como dé lugar – no siempre es la mejor estrategia. La ciencia lo confirma: reprimir la tristeza, la frustración o el enfado es una espada de doble filo que puede hacer más mal que bien a los niños.

Los niños aprenden sintonizándose emocionalmente con sus padres

La capacidad de expresar los propios sentimientos constituye una habilidad social fundamental - Daniel Goleman [Foto: Getty]

Los niños son capaces de percibir el estado emocional de sus padres desde una edad muy temprana, sobre todo las emociones “negativas” como la tristeza, el miedo, la frustración y la ansiedad. No comprenderán por qué sus padres se sienten mal, pero pueden percibirlo a través de pequeñas señales que enviamos inconscientemente. De hecho, un estudio realizado en la Universidad de California concluyó que “la reactividad fisiológica de los bebés refleja la reactividad de sus madres”. O sea, los bebés imitan las reacciones afectivas de sus padres, de manera que son particularmente propensos al contagio emocional.

Se trata de un mecanismo natural que les permite detectar, a través de sus padres, un peligro potencial en su entorno. A medida que los niños crecen, esa sintonía emocional se va afinando. No solo la usan para detectar posibles peligros sino también para orientarse en las situaciones nuevas e inciertas. La conexión afectiva que establecen los niños con sus padres es un auténtico entrenamiento emocional que funciona mediante el modelado afectivo. Los padres se convierten en los modelos emocionales de los niños, de manera que estos aprenden cómo deben responder.

Eso significa que esconder a los niños las emociones negativas implica privarles de una parte esencial de ese aprendizaje afectivo, cuya finalidad última debería ser aprender a gestionar asertivamente las emociones, tanto las positivas como las negativas. Como apuntó el neurocientífico Joseph LeDoux, “las emociones son una fuente crítica de información para aprender”. Y se refería a todas las emociones. No solo a las positivas.

Esconder las emociones negativas puede hacer más mal que bien

Esconder las emociones no hará que desaparezcan. [Foto: Getty]

Criar a los niños en una “burbuja feliz” al más puro estilo de la sociedad distópica de Aldous Huxley no es la mejor estrategia para prepararlos para el mundo y ni siquiera es beneficioso para los padres. Psicólogos de la Universidad de Toronto descubrieron que esconder los sentimientos negativos afecta el bienestar de los padres y su relación con los hijos. Cuando los padres se sentían tristes, frustrados o enojados e intentaban ocultarlo fingiendo emociones positivas, disminuía su capacidad de respuesta a las necesidades infantiles.

Reprimir las emociones es una tarea exigente - tanto desde el punto de vista cognitivo como emocional - que termina provocando un desgaste. Ese cansancio emocional provocado por la necesidad de fingir puede generar cierta insensibilidad haciendo que los padres se “desconecten” de sus hijos. Los niños percibirán una incongruencia y falta de autenticidad en sus padres, lo cual puede hacer que pierdan la sintonía emocional y la confianza en ellos o incluso pueden interpretar el lógico agotamiento emocional como desinterés o rechazo.

Enmascarar las emociones negativas también implica lastrar el aprendizaje emocional de los niños. Los padres deben ser conscientes de que su habilidad para expresar y gestionar sus sentimientos influye en la Inteligencia Emocional de sus hijos. Otro estudio realizado en la Universidad de Toronto reveló que los niños en edad preescolar cuyas madres mostraban expresiones emocionales más claras eran mejores reconociendo las emociones de otras madres.

De hecho, los pequeños que son capaces de reconocer y comprender las emociones propias y ajenas se desempeñan mejor en diferentes áreas. No solo son más sociables y cooperativos, sino que tienen un mayor autocontrol, son menos agresivos y suelen tener más éxito educativo. También son menos propensos a sufrir acoso escolar ya que cuentan con una buena red de apoyo social que les protege.

Los padres – lo quieran o no - son el espejo en que se miran sus hijos para aprender a gestionar sus emociones. No se trata únicamente de sus reacciones emocionales sino también de la importancia que le confieren a la esfera afectiva.

Cuando los padres creen que las emociones son valiosas y representan una oportunidad para crear un vínculo con sus hijos ponen en práctica comportamientos instructivos, receptivos y estimulantes desde el punto de vista emocional para los niños, pero si ven las emociones como un problema o piensan que son peligrosas, tendrán la tendencia a negar, ignorar o minimizar las emociones infantiles. Es lo que se conoce como “rechazo emocional”, una actitud que implica devaluar, minimizar e ignorar las emociones negativas de los niños.

El rechazo emocional transmite un mensaje claro: “no debes sentirte así”. Cuando el niño no recibe la validación emocional que necesita, cuando los padres no le enseñan que las emociones “negativas” son perfectamente normales y que no se deben esconder sino expresar de manera asertiva, crecerán pensando que hay algo de malo en ellos por sentirse frustrados, enfadados o tristes. Eso les genera una gran inseguridad que arrastrarán a su vida adulta.

Curiosamente, cuanto más intentemos negar, reprimir o enmascarar las emociones porque pensamos que son peligrosas, más daño provocarán. Como apuntara Sigmund Freud: “Las emociones reprimidas nunca mueren. Están enterradas vivas y saldrán a la luz de la peor manera”.

Lo confirman psicólogos del Virginia Tech, quienes concluyeron que “cuando los padres creen que las emociones pueden ser peligrosas, informan experiencias emocionales más intensas y mayores intentos de enmascarar sus emociones”. Como resultado, “los hijos muestran un reconocimiento menos preciso de las emociones de los padres”. O sea, los padres lo pasan peor intentando ocultar sus emociones y los niños no aprenden a reconocerlas, un escenario donde todos salen perdiendo.

Educar con el corazón, desde la autenticidad y la asertividad

Es más fácil construir niños fuertes que reparar hombres rotos - Frederick Douglas [Foto: Getty]

La enseñanza que deja huella no es la que se hace de cabeza a cabeza, sino de corazón a corazón” escribió el profesor estadounidense Howard G. Hendricks. Una crianza más auténtica, que deje espacio a las emociones, es beneficiosa - tanto para los padres como para los niños.

Los niños debes recibir dos mensajes importantes:

  1. Las emociones negativas no son enemigos, es normal que de vez en cuando nos sintamos tristes, enfadados o frustrados.

  2. Las emociones negativas no se reprimen, sino que se buscan soluciones para expresarlas asertivamente.

Para convertirse en un modelo positivo de gestión emocional los padres deben explicar a sus hijos por qué se sienten tristes o están enfadados. Esa transparencia validará las emociones “negativas” y sentará las bases para una relación de confianza mutua que durará toda la vida.

Por supuesto, no basta con expresar las emociones. Es importante expresarlas asertivamente, de manera que los niños aprendan a gestionar su propia ira o tristeza desde una edad temprana sin caer en comportamientos autolesivos. Eso significa que el enfado no justifica los gritos ni la frustración la agresividad.

Por último, pero no menos importante, los padres deben tener presente que la autenticidad emocional no significa cargar sobre los hombros de los niños nuestras preocupaciones ni crear un entorno inestable afectivamente, sino tan solo ser más transparentes y convertirnos en un modelo positivo de gestión emocional. ¿Es difícil? Sí. Pero vale la pena intentarlo.


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