Oda a la sobremesa veraniega

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Photo credit: Flashpop - Getty Images
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No suele ser el beso final o el monólogo triunfante: de las películas elijo las sobremesas como lugar donde quedarme a vivir. Mis favoritas son las veraniegas. Las de Call me by your name, por ejemplo, o las de Memorias de África –Karen y Denys son narradores imbatibles–. El pelo mojado, el color en las mejillas, la ropa ligera, la conversación desenfadada. ¿Lo huelen? Ese perfume es jazmín y bergamota. El verano es la estación de la sobremesa. Es la más social de las estaciones. En verano la urgencia queda en un paréntesis, la vida se dilata, siempre hay tiempo para más. Relajamos los hombros, nos brillan más los ojos y solo tenemos un cometido: entretener al otro.

Photo credit: Distribuidora
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Para que una sobremesa funcione, todos han de tener clara esta misión. La escritora Milena Busquets dice que no hay nada peor que resultar aburrido y estoy de acuerdo. A una invitación no se acude con las menos vacías, pero peor es acudir con la cabeza hueca. Sobre todo si es verano. Un buen invitado llegará con un montón de anécdotas y curiosidades bajo el brazo para cumplir su cometido.

Es inevitable juzgar al otro por su conversación. Están los tímidos, maestros de la escucha. Los que tienen el don de la palabra y captan la atención sin esfuerzo. Los que acapararán la atención contra viento y marea. Los que harán reír con su humor ácido. Los que abrirán la puerta a los grandes temas. Una sobremesa es una réplica en pequeñito de la vida misma, algo de lo que Miguel Herrero, fundador de Nunca comas solo, es testigo cada semana. A su club uno puede apuntarse si le apetece cenar con un grupo de desconocidos, un grupo de personas dispuestas «a celebrar la vida, conocer gente nueva y compartir experiencias». Una situación propicia para lucirse en el arte de conversar. Con su ayuda, he recopilado una serie de ingredientes para una buena conversación:

1. Empecemos por la base, la curiosidad. Le parecerá increíble, pero no lo sabe todo, ni lo ha vivido todo. Escuche lo que otros tienen que contarle. «No solo con los oídos, también con la vista», explica Herrero. «La comunicación no verbal nos da mucha información».

2. No escatime en espontaneidad. «No tener miedo al ‘qué dirán’, ser provocador para que los demás puedan mostrar sus puntos de vista».

3. Añada una buena dosis de tolerancia. Respete esos puntos de vista. Pertenecer a la misma burbuja social no ayuda especialmente a avivar una conversación. «El no tener un prejuicio influye mucho en que la conversación sea más libre». No busque siempre un espejo con el que hablar(se).

4. Espolvoree unas pizcas de sabiduría. Un poco sobre muchas cosas o mucho sobre pocas cosas, da igual.

5. Evite «el ruido, los acaparadores de atención, la mentira y la sobreactuación». Domine el peloteo. El balance entre escuchar, aprender y aportar (que solo se consigue cuando ponemos más de lo primero). El ego suplicará remates imposibles y piruetas. No le deje.

6. Échele cuento. No es lo mismo decir «he comprado pan», que contar si hacía un día soleado o qué, que si este pan es tal y cual, que si el trajín que había esta mañana por el barrio. Verán, en realidad nuestras vidas se parecen bastante, rara vez hay novedades grandilocuentes o estímulos escalofriantes. Vivimos atrapados en la cotidianidad, así que más vale darle algo de brillo. Adornen la anécdota. Y la vida, de paso.

Hay pocas cosas más estimulantes que una buena conversación. Vivian Gornick lo escribió en Mirarse de frente: «Nada me hace sentirme más viva, y más en este mundo, que el sonido de mi mente dándole a los engranajes en presencia de alguien que es receptivo». Una buena conversación ensancha el alma. La manera de mirar al otro es completamente distinta después de una buena conversación: enfocamos el detalle, rebajamos prejuicios, nos dejamos sorprender.

Ahora estamos de suerte: el verano es la estación de la sobremesa y las sobremesa, un estandarte de la vida en comunión con el otro. Una bandera que se planta contra la productividad y las ideas dibujadas con trazo grueso y a mano alzada. Una invitación a la sutileza, a ir más allá, a la soltarse, a entender, a entretener. Es una frivolidad –como todas– de enorme importancia. Es un arte, y este un momento idóneo para ejercitarnos en él.

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