'Nueve semanas y media', un rodaje lleno de sudor y lágrimas que casi acaba con Kim Basinger

Teresa Aranguez
·11 min de lectura

Los años 80 fueron agitados e innovadores lo mires por donde lo mires. Una revolución a la que también se sumó el séptimo arte con atrevidas propuestas cinematográficas. De repente los guiones subiditos de tono, tipo Fuego en el cuerpo o El cartero llama dos veces, se pusieron de moda y así fue como un buen día a alguien se le ocurrió hacer Nueve semanas y media. La historia de Adrian Lyne no era especialmente brillante, pero tenía todos esos ingredientes facilones para enganchar y triunfar: sexo y unos actores de muy buen ver. La cinta protagonizada por Kim Basinger y Mickey Rourke se convirtió en la panacea del placer y el erotismo, dos ingredientes que, irónicamente, brillaron por su ausencia en el rodaje, de todo menos agradable y placentero.

Porque el fuego que desprendían sus atormentados personajes en la ficción se alejaba bastante de la cruda y fría realidad que vivieron tras las cámaras. Una experiencia descrita por su protagonista femenina como una de las más duras y crueles de su vida.

Kim Basinger en Nueve semanas y media (1986, ©MGM/Courtesy Everett Collection, Gtres)
Kim Basinger en Nueve semanas y media (1986, ©MGM/Courtesy Everett Collection, Gtres)

¿Quién lo hubiera pensado? Pues, aunque no lo parezca, es más frecuente de lo que parece. Muchas de esas historias idílicas que han alegrado los sentidos del gran público esconden grabaciones que son verdaderas pesadillas. Este fue el caso para Kim Basinger, quien aseguró haber vivido auténticas humillaciones como actriz y mujer en este clásico del cine. Su físico arrebatador como chica Bond en Nunca digas nunca jamás no pasó inadvertido para los productores de la industria hollywoodiense, y mucho menos para los directores de casting de esta cinta. No había dudas ni otras en la lista, ella era la persona perfecta para encarnar a Elizabeth, esa mujer dependiente que termina enganchada a John, el personaje chulesco y dominante interpretado por Rourke.

El estreno de Nueve semanas y media en 1986 la convertía, a sus 33 años, en todo un símbolo erótico a nivel mundial que todavía no sabemos muy bien si la perjudicó más que benefició pues, salvo en contadas ocasiones, los papeles recibidos después dejaban mucho que desear. Pero ese ya es otro cantar. Su melena rubia y labios carnosos eran tema de conversación entre ellos y ellas, gustaba a todos los géneros sin rechistar. La película fue un chasco en la taquilla de Estados Unidos, pero la pegó en el resto del mundo superando los 100 millones de dólares de recaudación. Si tenemos en cuenta que el presupuesto para hacerla no superó los 17 millones, podemos decir que fue todo un éxito desde cualquier punto de vista.

Y la verdad es que todavía no sabemos muy bien por qué. Aunque sus actores eran un caramelito para la vista, el guion no tenía ni pies ni cabeza. La idea era buena pero al no estar bien contada y meterle tanta morralla acabó siendo acribillada por la crítica. Allí la única que se salvaba junto con su compañero de aventuras sexuales era Kim Basinger. Su escena mítica del hielo, la de la masturbación frente a un viejo proyector y su célebre striptease al ritmo de la inolvidable You can leave your hat on, de Joe Coker, es lo más destacable. Aunque eso no es lo que pensó el público por aquel entonces, que la recibió con los brazos abiertos y mucha curiosidad, principalmente en Europa.

La popularidad y buena acogida de la película no coincide con lo vivido por la ganadora de un Óscar por L.A. Confidencial. La cosa ya empezó fatal en la prueba de casting. Según contó a The New York Times hace 35 años, cuando entró en la habitación para hacer su parte, el director prácticamente la ignoró. Solo hablaba con Rourke para darle las indicaciones. Una situación nada agradable para Basinger teniendo en cuenta que la escena que tenía que hacer era de pura sumisión y, hasta cierto punto, humillación. Como buena profesional, intentó que no le afectara y se limitó a hacer todo lo que le pidieron.

Ahí estaba Rourke tirándole los billetes al suelo mientras ella, que debía fingir ser una prostituta, los recogía arrastrándose a cuatro patas. Después llegaba el desnudo y finalmente la culminación del acto sexual cuando al señorito de turno se le antojaba. Recordemos que John es un sinvergonzón que se aprovecha de la actitud sumisa e insegura de Elizabeth para conseguir de ella todos los favores sexuales que se le ocurrían. Pero la pobre Kim acabó muy tocada después de la prueba. “Era muy sexual y muy extraño. No estaba nada contenta cuando salí. Me metí en el coche, llamé a mi agente y le dije: ‘ha sido la peor experiencia’... Lloré en el coche de camino a casa”, explicó en una entrevista a la revista Interview en 2014.

Lo que ella no se imaginaba es que la parte contraria había quedado encantada con ella. Minutos después de su marcha Lyne llamó de inmediato al agente de la artista para decirle que el papel era de Kim y nadie más. Ella lo tenía claro, no iba a hacer esa película en la que sin apenas comenzar el rodaje ya se había sentido humillada. “Fue como un terremoto para mí”, le dijo furiosa a su agente según recoge The NY Times. Así que se fue para su casa con el fin de dejar este feo episodio atrás. No se lo iban a poner fácil, ni aceptar un no por respuesta. Al entrar en su apartamento se encontraría con centenares de rosas acompañadas de una tarjeta firmada por el director y Rourke. Una jugada muy perspicaz que dio buenos resultados.

Kim había conseguido el papel. Ese enfado con el que salió de la prueba era precisamente la reacción que el director quería provocar en ella. “Resulta que Adrian quería que yo reaccionase exactamente como reaccioné, porque el personaje de Elizabeth era así. Una mujer que no entraba en el juego, pero a la vez ingenua y transformada después por un hombre en lo que él quería de ella. Esa es la verdadera historia de Nueve semanas y media”, contó la protagonista de La huida.

Finalmente, después de un largo paseo por la playa, dijo que sí y se embarcó en una de las experiencias más enriquecedoras a la vez que turbulentas a nivel personal. “Sabía que si superaba esto me haría más fuerte y sabia”, explicó a la publicación neoyorquina.

Y así comenzaba su pesadilla. Y no precisamente la de Elm Street. Para empezar, Lyne exigió a los protagonistas no verse ni quedar fuera de las grabaciones bajo ningún concepto. Tenían que ser dos perfectos desconocidos que llegasen a plató sin contacto alguno. Solo así podrían desarrollar las atrocidades escritas en el guion sobre esta extraña relación basada en la dominación y sumisión. “Ella [Basinger] debía tenerle [a Rourke] miedo. Si salieran a tomarse un café juntos perderíamos esa tensión”, explicó el director a dicho periódico. Le hicieron caso y funcionó, pero la broma les costó lágrimas, pataletas y alguna que otra bofetada entre los actores. Sí, como lo están leyendo.

Lo más gracioso de todo es que el intercambio de bofetadas fue en una escena que ni siquiera sale en la versión final de la película. En ella se supone que ambos intentan suicidarse juntos, una de las estrambóticas ideas de John. En realidad, él tan solo estaba jugando y quería poner a prueba a Elizabeth. Las pastillas que los dos ingerían no eran mortales, eran caramelos. La cosa era llevar a la mujer al límite. El asunto se les fue de las manos y Lyne finalmente la quitó tras hacer un visionado y ver la malísima acogida. Demasiado hardcore. De los 1000 que asistieron a verla se fueron más de 900. “Terminaban odiando a John por hacer algo así, a Elizabeth por aceptarlo, a mí por crearlo y en general les hacía odiar a toda la película”, explicó el director The New York Times.

¿Pero qué pasó exactamente para provocar el enfrentamiento entre sus actores? Tal y como contó el exigente director, mientras rodaban esa escena se suponía que Kim tenía que verse devastada, sin embargo, lucía dulce y preciosa. Es lo que tiene Kim, desprende cierta inocencia que le hace ver incluso más sensual. Había que tocarle las narices y sacar lo peor de ella para calentarla en esta complicada toma. A Lyne se le ocurrió la brillante idea de pedir a Rourke que la cogiera del brazo con fuerza y que no la dejara marchar como parte del teatrillo. Basinger empezó a llorar desconsoladamente y terminó dando una leche en la cara a su compañero que, ni corto ni perezoso, se la devolvió de la misma forma. El berrinche que cogió la actriz fue de dimensiones astronómicas, estaba inconsolable. “Ahora empecemos a rodar la escena”, dijo Lyne.

Todo había sido una provocación para sacar el lado más susceptible e incluso destructivo de la actriz y poder transmitirlo, sin embargo la escena tampoco llegó al metraje final.

Pero lo que no se borró jamás de la memoria de Basinger fue el horror que vivió en ese momento. Ese juego maquiavélico entre Rourke y Lyne le hizo bastante daño y en algún momento llegó a hacerle tener sentimientos encontrados con su compañero de reparto. “Llegué a odiarle en ocasiones, estaba muy confundida”, sentenció. Algo que, en cambio, Rourke no sintió en lo absoluto. De alguna manera se sentía el niño mimado de Lyne. “Adrian es un gran director de actores. Durante el rodaje se mostró muy preocupado por mí, asegurándose de que dormía lo suficiente, de que comía sano y de que me sentía cómodo con la gente que me rodeaba”, reveló el actor en una entrevista con The Telegraph.

Todo el desequilibrio se lo comió Kim, el malestar fue tal que le afectó de lleno a su matrimonio con el maquillador Ron Snyder. Kim recuerda que todo ese huracán que vivía en el rodaje se trasladaba con ella hasta casa provocando situaciones no precisamente muy agradables entre ella y su marido. “Mi esposo y yo lo pasamos muy mal durante la película... Le hubiera afectado a cualquier pareja. Lo rechacé emocionalmente durante un año, me quedé sin nada que dar y tú no puedes hacer eso en una relación”, reconoció triste al TNYT.

La actriz se tomó muy en serio su papel y eso le costó más de un disgusto. Pero no pudo hacerlo de otra manera, eran las reglas del juego en esa producción y muchas décadas antes de que las mujeres tuvieran la voz que tienen ahora gracias al movimiento MeToo y Time’s Up. Los límites llegaron tan lejos que en muchas ocasiones, incluso después del ¡corten!, su colega no se desprendía del papel y seguía tratándola igual que si fuera el despreciable John que la maltrataba psicológicamente. Una situación surrealista que al principio le espantaba pero que terminó adquiriendo ella misma. No le quedaba de otra. De ahí su estado de ánimo inestable, depresivo y distante que llegó a afectarle tanto en sus relaciones con los demás fueras del set. Kim reconoce que cuando acabó el rodaje no quería ver a sus compañeros ni en pintura. “Si llego a encontrarme con el tío que me traía el café le habría matado”, dijo a la revista Rolling Stone.

Con la perspectiva de los años, cuando echa la vista atrás, reconoce que la experiencia, a pesar de la dureza y en ciertos momentos hasta crueldad, valió la pena a nivel actoral, incluso personal. “Todas las actrices deberían experimentar algo así, salí más fuerte que en toda mi vida”, confesó a la revista Rolling Stone. Sí, fue una tortura psicológica que le dejó huella pero si tuviera que volver a repetir, lo haría con los ojos cerrados. “Hace unos meses me crucé con él por una calle de Beverly Hills. Le dije 'esa película cambió mi vida'. Él respondió 'a mí también'. Después se metió en su coche sin decir nada más. ¿No es precioso?”, compartía romántica la actriz en 2015 en otra entrevista a Net a porter sobre un encuentro inesperado con el director de la cinta.

La angustia, las lágrimas e incluso la crisis matrimonial valieron la pena viendo el éxito apoteósico que consiguió la historia, principalmente en Europa, y que años después se hizo incluso más grande. Solo hay una espinita que Kim todavía tiene clavada, y es el fracaso de la cinta en su propio país. “Demostró lo absurdos que son los americanos en esto del sexo y la desnudez. Fue ridículo. Siempre había sido muy liberal y más abierta sobre esos temas”, recogió la revista Interview.

Una década después quisieron repetir el éxito con Nueve semanas y media 2. Amor en París. Esta vez solo con Rourke. El papel femenino en esta ocasión fue para Angie Everhart. A pesar de los intentos por resucitar la historia se quedaron con las ganas. El fracaso no fue una sorpresa para nadie. La química explosiva entre sus protagonistas en la primera entrega y las locuras de su director, que tampoco repitió en la segunda parte, son ingredientes que solo se viven una vez. No, Nueve semanas y media no es un peliculón, pero sí es todo un clásico del celuloide del que se sigue hablando con pasión 35 años después. Da igual la década en que la veas, nunca pasa desapercibida. Y eso también tiene su mérito.

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