La nueva película de terror (española) de Netflix esconde un logro más allá de su historia

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Después del éxito que tuvieron cintas de género españolas como El hoyo, Verónica, Malasaña 32, El practicante y Hogar en Netflix, la plataforma acaba de estrenar otra apuesta más para la colección. Les hablo de El páramo, la ópera prima de David Casademunt que nos traslada al seno de una familia del siglo XIX aislada en el medio de la nada, consumidos por el miedo y la sugestión ante el acecho de una bestia monstruosa.

Sin embargo, no estamos ante una película que haya recibido aplausos unánimes de la crítica ni probablemente convenza a los espectadores de forma general. Sino que se trata de una producción que fácilmente puede dividir al público al alejarse de las fórmulas más comerciales del género. No obstante, a pesar de la ausencia de aplausos globales El páramo alberga un logro mucho mayor que perdura más allá de sus 92 minutos de metraje.

El páramo: Inma Cuesta como Lucía, Asier Flores como Diego. (Cr. Lander Larrañaga/Netflix © 2021)
El páramo: Inma Cuesta como Lucía, Asier Flores como Diego. (Cr. Lander Larrañaga/Netflix © 2021)

Rodada en un paraje aislado que encontraron en la zona de Blancas de Teruel, Inma Cuesta y Roberto Álamo interpretan a los padres de esta familia que vive con su niño (Asier Flores, el pequeño protagonista de Dolor y Gloria de Pedro Almodóvar) y animales de granja. Están solos en el medio de la nada viviendo bajo la sugestión constante del padre de familia, quien sufre consecuencias mentales tras la muerte de su hermana cuando eran niños. La culpa, en su versión de los hechos, la tiene una bestia aterradora y brutalmente sangrienta.

La madre y el niño intentan vivir ajenos al pavor que se palpita en la casa, mirando hacia otro lado aunque las semillas del miedo se han ido sembrando con cada mención de la historia y la bestia. Así como la simple presencia deprimida y aterrada de un padre consumido por el recuerdo, acechado por la prisa de hacer de su pequeño “un hombre” que pueda defenderse. Sin embargo, todo cambia cuando el padre decide salir de viaje para llevar a un moribundo, aparentemente atacado por la bestia, hasta su familia. La madre y el niño -Lucía y Diego en la historia- se quedan solos, haciendo que la sugestión y el miedo contagiado eche raíces, florezca y crezca con cada ruido y penumbra.

Asier Flores como Diego en El páramo. (Cr. Lander Larrañaga/Netflix © 2021)
Asier Flores como Diego en El páramo. (Cr. Lander Larrañaga/Netflix © 2021)

La dirección de fotografía de Isaac Villa juega con la luz de las velas y el fuego en la gran chimenea para crear un ambiente de penumbras que contagia la claustrofobia de esos protagonistas atrapados entre los muros asfixiantes del miedo. Mientras el catalán David Casademunt disfraza su historia de película de terror para esconder en sus entrañas un drama sobre el poder de la sugestión transmitida, los monstruos de la soledad y sus consecuencias mentales.

Sin embargo, más allá de esta reflexión, no estamos ante la mejor película de terror del año ni la que vaya a convencer a los amantes del género por igual. La ausencia de grandes efectos especiales, o sustos prácticos, puede derivar en el rechazo de aquellos que busquen una cinta de horror con la que pasar sustos de muerte. No obstante, como decía al principio, El páramo tiene algo que la hace destacar: y es que aunque no vivas sustos o momentos de terror extremos al verla, logra quedarse contigo después de haberla visto.

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El ambiente claustrofóbico que envuelve toda la historia, con sus penumbras y personajes arrinconados por la desesperación del miedo, van sembrando sensaciones a lo largo del metraje en el espectador, haciendo que una vez terminada sientas el acecho de la oscuridad emocional que envuelve a los protagonistas.

No se trata de que una escena se quede grabada en la memoria por hacerte saltar del sofá, sino de las sensaciones que van penetrando por la piel hasta hacer nido por dentro. Es al terminar de verla que te das cuenta que El páramo se ha quedado dentro tuyo, y no tanto por su mensaje de alerta sobre el miedo transmitido a los hijos, las consecuencias de la sugestión en la salud mental o la valentía de afrontarlo llegado el momento, sino porque la claustrofobia que crea para elevar su historia logra inundarnos de incomodidad de dentro hacia fuera. Pero solo te das cuenta al terminar de verla. Y creo que ya por eso merece la pena.

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