NUESTRA CRÍTICA: 'Animales fantásticos: Los crímenes de Grindelwald' es un complejo y oscuro capítulo intermedio destinado a los fans

Veredicto: Los fanáticos del universo Harry Potter tienen una cita obligada con Newt y los jóvenes Dumbledore y Grindelwald –pero el espectador corriente se encontrará perdido en una secuela saturada de información.

Newt Scamander (Eddie Redmayne) vuelve a domar bestias fantásticas y a deshacer entuertos mágicos, esta vez en París.

Por fin llegó el momento: la esperada secuela de aquella Animales fantásticos y dónde encontrarlos de 2016 (y por tanto precuela de toda la saga Harry Potter) se estrena este 16 de noviembre con el hype de los Potterheads por las nubes y la promesa de una entrega más oscura y madura que su desenfadada precursora.

Pero, ¿realmente merecía la pena la espera, o estamos ante un episodio menor dentro de esta saga?

Con un imprescindible Eddie Redmayne empuñando la maleta mágica de Newt Scamander, un guion firmado de nuevo por J. K. Rowling y el veterano del universo David Yates de vuelta en la dirección, Animales fantásticos: Los crímenes de Grindelwaldc parecía una apuesta más que segura para Warner Bros. Si a estos credenciales sumamos el gancho de dos estrellas consagradas de la talla de Johnny Depp y Jude Law –que para más inri cumplen el sueño de los fans interpretando a unos jóvenes Gellert Grindelwald y Albus Dumbledore– y el regreso de personajes como Credence Barebone (Ezra Miller) o Leta Lestrange (Zoë Kravitz), la fórmula mágica para cautivar al público estaba servida. Pero hasta el alumno más novato de Hogwarts sabe que el secreto de la magia no está en lanzar todos los conjuros al mismo tiempo, sino en administrarlos con mesura y precisión.

Jude Law supera todas las expectativas como un joven Albus Dumbledore.

La historia de Grindelwald arranca unos 70 años antes del comienzo de las aventuras de Harry Potter, cuando Albus Dumbledore (Law) acude a su antiguo alumno, el brillante y bondadoso magizoólogo Newt (Redmayne), para pedirle que localice y derrote a Grindelwald (Depp). El malvado hechicero ha huido de su cautiverio y ahora se encuentra en París, donde junto a un puñado de poderosos esbirros se prepara para liderar la rebelión –y futura dictadura fascista– de los magos “sangre pura” sobre los no-magos. Para lograrlo, Grindelwald debe localizar al misterioso y atormentado Credence (Miller), a quien se daba por muerto. Con el fin de frustrar los planes de Grindelwald, Newt se embarca en la aventura acompañado de sus famosas criaturas mágicas y de su mejor amigo, el torpe pero bienintencionado Jacob Kowalski (Dan Fogler) –pareja de Queenie (Alison Sudol), la hermana de Tina.

Perseguido a su vez por su propio hermano, Theseus Scamander (Callum Turner), Newt se cruzará con multitud de personajes antiguos y nuevos que los seguidores del universo Potter reconocerán con entusiasmo –como Nagini (Claudia Kim), la maledictus que, según se reveló tras el lanzamiento del tráiler, se convertirá en la serpiente de Voldemort.


Hasta aquí, el planteamiento de Grindelwald parece relativamente sencillo e intrigante. ¿Cuál es el problema, entonces? Pues que enseguida la narración empieza a dispararse simultáneamente en multitud de direcciones, con frecuencia retrasando los acontecimientos y revelaciones más importantes para antes inyectar fuertes –y pesadas– dosis de exposición y “background” genealógico sobre el sinfín de personajes que entran y salen de la historia. En este sentido, Grindelwald padece el mismo mal que aquellas precuelas de Star Wars que nos diera George Lucas: J.K. Rowling parece haberse enfrascado en el universo que ella misma creó hasta ser incapaz de distinguir lo esencial de lo accesorio, y nos entrega una historia sencillamente sobrecargada de misiones por cumplir, que arranca con ímpetu brillante para pronto enredarse en un complejísimo entramado de referencias al universo Potter y confusas subtramas que solo engancharán a los fans más avezados.

Se trata, en definitiva, de la clásica maldición de los capítulos intermedios” en este tipo de franquicias (no olvidemos que se avecinan otras 3 secuelas entre 2020 y 2024): con la vista puesta más en el futuro que en consolidar una historia autónoma, Grindelwald invierte demasiado tiempo en explicar el pasado y preparar los acontecimientos futuros. Una decisión que no solo lastra el ritmo de la película –especialmente tedioso en su tramo medio–, sino también su duración total –nada menos que 134 minutos.


Con todo, la cinta no está en absoluto exenta de virtudes, y en primer lugar debemos celebrar el buen hacer de su extenso reparto. Eddie Redmayne mantiene todo el encanto y la melancolía que supo darle a su personaje en la primera entrega–y confirma su aptitud para liderar un blockbuster de este calibre. La imposible pareja (¡una de tantas en la peli!) que interpretan Dan Fogler y Alison Sudol ofrece alternativamente momentos de hilaridad y ternura, y protagoniza algunas de las escenas más memorables de la cinta. Y aunque no se le saque ni la mitad del partido que sus dotes interpretativas permite, Jude Law roza la perfección con su retrato de un Albus Dumbledore que aúna la picardía juvenil con la profunda sabiduría que le caracterizará en la vejez. Por su parte, Zoë Kravitz (Leta Lestrange), defiende con todos sus recursos la tremenda carga emocional que la historia pone sobre su personaje –lleno de oscuros secretos del pasado –y en general sale bien parada.

Más complicado lo tiene Ezra Miller como Credence, la misteriosa pieza en el plan maestro de Grindelwald, que en realidad funciona más como un signo de interrogación que como un personaje de carne y hueso (¡ahora entendemos sus ganas de expresarse en las premieres de París y de Londres!).

El exceso de personajes con tramas individuales: uno de los principales lastres de esta secuela.

Pero sobre todo, y a pesar del relativo declive que sufre su estrellato, Johnny Depp está simplemente sensacional como Grindelwald. Atrás quedan las bufonadas y la verborrea de Jack Sparrow y del Sombrerero: estamos ante un Depp en modo villano supraterrenal, con una rotunda presencia que domina cualquier escena en la que esté presente, y que apenas necesita moverse o abrir la boca para intimidar al auditorio entero –eso sí, cuando le toca arengar a las masas uno recuerda por qué Depp fue la estrella nº 1 que fue en su día. Gracias a la impronta que dejan las escenas de Grindelwald, la sombra de su siniestro plan “a lo Magneto” se cierne incluso sobre los tramos más farragosos y prescindibles de la historia.

Además, es el protagonista absoluto de lo que –para nosotros– son los dos mejores momentos de la película: tanto la espectacular secuencia inicial en la que Grindelwald ejecuta su plan de fuga mientras es trasladado de una cárcel a otra, y el escalofriante –pero seductor– discurso demagógico que el hechicero recita ante sus seguidores (un claro guiño al auge de los populismos intolerantes y totalitarios que están resurgiendo en todo el mundo).

Johnny Depp se come la pantalla cada vez que el siniestro Grindelwald entra en escena.

También a destacar es el espectacular alarde de creatividad e imaginación visual que despliega la película –a la altura de lo que se espera de la saga de la magia y el encantamiento por excelencia. El talento del equipo técnico y artístico queda fuera de toda duda ante la cuidadísima ambientación en un París de los años 20 teñido de mitología Potter –con deliciosos toques de estética steampunk– y los sobrecogedores efectos visuales y sonoros que lucen especialmente en las secuencias de acción. Con su aparentemente infinita variedad de criaturas extraordinarias, artefactos mágicos y lugares maravillosos, Grindelwald es un festival de ideas audiovisuales y un deleite para los sentidos del espectador –y en ese aspecto cada dólar de su presupuesto de 200 millones se nos antoja bien invertido. ¡Las cosas como son!

Sin duda, uno de los temas más discutidos por los Potterheads en relación con esta precuela es si –o hasta qué punto– se haría explícito en ella que Grindelwald y Dumbledore fueron algo más que buenos amigos en el pasado. Hace cosa de un mes, el director David Yates, se retractaba de sus declaraciones iniciales –en las que aseguró que la película no aludiría a una relación homosexual– para confirmar que la película sí dejaría clara una relación que la propia J.K. Rowling ha descrito. Pues bien, sin ánimo de hacer spoiler, podemos decir que en este sentido Grindelwald acusa especialmente esa condición de paso intermedio en una historia mayor: hay alusiones y pistas para quien sepa captarlas, pero nada que nos haya parecido definitivo o incluso irreversible –que todo podría ser. Una vez más, la puerta queda abierta de cara a las próximas secuelas, en las que el enfrentamiento directo entre Dumbledore y Grindelwald desempeñará un papel central (y que, según ciertos rumores, podría tener lugar en Brasil).

Estamos pues ante un capítulo secundario dentro de una gran saga épica, que no logra consolidarse como historia autónoma y que sufre su condición de plataforma de lanzamiento para futuras aventuras. Más allá del espectáculo visual –y pesar del talento y la evidente implicación de su reparto coral–, solo los quienes conozcan al dedillo la extensa mitología de este universo lograrán conectar emocionalmente con lo que la historia tiene que ofrecerles. Sencillamente hay demasiados frentes abiertos, demasiadas cosas en juego –muchas de ellas de díficil comprensión para el profano–, demasiados personajes con pasados misteriosos que demandan, cada uno, más tiempo para desarrollarse en profundidad (pero que luego apenas intervienen en la historia). Además, tras un lioso cruce de historias personales, la resolución se nos antoja algo precipitada –e incluso simplona–, pues deja descolgadas las tramas de varios personajes importantes.

No obstante, insistimos: los fans del mundo Harry Potter –sobre todo aquellos que hayan leído todos los libros de Rowling– tendrán mucho que disfrutar, y en todo caso no deberían perderse esta entrega si planean acercarse a las futuras secuelas… ¡aunque solo sea para entenderlas!


Para seguir leyendo:
¡Abracadabra! Ezra Miller vuelve a dejarnos sin palabras
El ranking definitivo de TODAS las películas de Harry Potter de la PEOR a la MEJOR
La gran metedura de pata de Jude Law en Animales Fantásticos: Los crímenes de Grindelwald
RUMOR MÁGICO: Animales Fantásticos 3 podría trasladar la historia a un país de Latinoamérica

Imágenes: ©Warner Bros.