Noah Baumbach destripa el sueño americano con la ácida 'White Noise'

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Photo credit: 'White noise'
Photo credit: 'White noise'

En uno de los pasajes más clarividentes de 'Ruido de fondo', la profética novela con la que Don DeLillo radiografió, en 1984, los horrores de la sociedad de consumo, el autor neoyorquino describía de la siguiente manera el proceder alelado de sus desvalidos protagonistas: "Inmersos entre los estantes alterados (de un supermercado), el rumor del ambiente, y la cruda y despiadada realidad de su propia decadencia, intentaban abrirse paso a través de la confusión". Un estado de profundo desconcierto y alienación que ahora Noah Baumbach lleva a la pantalla en la exuberante 'White Noise', probablemente la obra más ambiciosa y lograda del director de 'Frances Ha' e 'Historia de un matrimonio'. El reto era mayúsculo: ¿cómo adaptar una novela que zigzaguea salvajemente entre la corrosiva sátira social, el psicodrama familiar y la fantasía de tintes apocalípticos? La solución que halla Baumbach a este imponente desafío artístico es, en primer lugar, elemental, ya que opta por adaptar de manera extremadamente fiel el texto de DeLillo, asumiendo sin titubeos el aura literaria de los diálogos, una estructura episódica que amontona escenas absurdas, y una combinación alquímica de situaciones claramente reconocibles y giros flagrantemente grotescos. Ahí residía la clave del triunfo de DeLillo en su disección de los males del mundo capitalista, en una combinación de familiaridad y extrañamiento que Baumbach abraza con convicción y que permite al director de 'Mistress America' cincelar un filme que inspira en el espectador el vértigo que provoca el descubrimiento de los horrores que anidan en nuestra cotidianeidad.

En 'White Noise', Baumbach comete la feliz temeridad de mantenerse muy cerca del espíritu y las formas DeLillo, pero al mismo tiempo aprovecha las notorias diferencias que existen entre la literatura y el cine (aun cuando DeLillo siempre ha reconocido la influencia del séptimo arte en su escritura). Así, por ejemplo, cuando la familia protagonista debe huir de su hogar en la suburbia yanki por culpa de un accidente ferroviario que provoca una fuga de productos tóxicos, Baumbach juguetea con la estética de las películas ochenteras de Steven Spielberg. El guiño cinéfilo podría generar en el espectador una sensación de seguridad, pero el director de 'The Meyerowitz Stories', inspirado por la negativa de DeLillo a complacer a sus lectores, rompe el encantamiento spielbergiano introduciendo estampas que remiten a las películas de la saga de los muertos vivientes de George A. Romero. Es como si los personajes de 'White Noise' quisieran vivir en el mundo apacible de Hollywood (y cabe decir que la película, realizada bajo el amparo de Netflix, tiene visos de gran producción) pero de repente se vieran atrapados en el terrorífico universo del gótico americano.

No cabe duda de que estamos ante una obra de madurez en la que Baumbach despliega todo el savoir faire acumulado durante décadas. Controlando con precisión el timing del filme, el autor de 'Una historia de Brooklyn' convierte las escenas domésticas en una suerte de versión disfuncional de una sitcom (los seriófilos pueden llegar a ver ecos de 'Bruja Escarlata y Visión' en las reuniones del clan), mientras que el campus universitario en el que da clases el neurótico patriarca parece una delirante recreación a gran escala de los decorados de un programa del Club Disney. Ácido como siempre, implacable como nunca, Baumbach construye un siniestro retrato robot de una sociedad (la americana, pero también del mundo occidental en su conjunto) que se va al garete y que, en su obtusa miopía, decide que el show debe continuar. Allí donde el Adam McKay de ‘No mires arriba’ naufragó en su blando intento de denunciar la ignorancia con la que el mundo enfrenta la actual crisis climática, Baumbach se sale con la suya gracias a la fuerza alegórica del planteamiento de DeLillo, quien desnudó los terrores de una familia americana de mediados de los 80 a través de su histérica y errabunda respuesta a una catástrofe industrial. Consciente de la fuerza del original literario, Baumbach mantiene la premisa argumental lo suficientemente abierta como para que, en las imágenes de esta tétrica tragicomedia, se cuelen las tremebundas huellas de la América de Trump, las resonancias de la epidemia del Coronavirus o las sacudidas de la cultura de los ansiolíticos. Todo está ahí, en el modo en que 'White Noise' dibuja, con tonos pastel y rojo sangre, un mundo poblado por charlatanes y ególatras, una realidad en la que la felicidad se presenta empaquetada en tetrabrik y en la que el saber se destruye a golpe de rayo catódico.

Y el lector se preguntará, ¿dónde queda la humanidad en una película que parece destapar con furia todas las pandemias del mundo actual? Baumbach, pese a la determinación con la que abraza la cruda perspectiva de DeLillo, se guarda un cálido as en la manga: la templada interpretación de Greta Gerwig. Así, mientras Adam Driver se dedica a caricaturizar con mala uva la infundada altivez de su patético personaje –el “mayor especialista en la figura de Hitler” en el mundo académico estadounidense–, Gerwig compone una figura bastante más compleja: una ama de casa que asiste al naufragio de su inocencia a manos de un indomable miedo a la inminencia de la muerte. La deliciosa aura naif de Gerwig permite empatizar con la aparente joie de vivre que emana de su teñida permanente y de su atlética vestimenta, pero cuando el vacío existencial agrieta su eterna sonrisa soñadora al espectador le quedan pocos asideros para seguir creyendo en la posibilidad de que el sistema pueda salvarnos de la catástrofe. Y, pese a todo, Baumbach nos indica, con incuestionable ironía, que es necesario seguir adelante como sea, con pocas esperanzas en el mañana, pero bailando entre las ruinas de nuestro presente al vibrante son del dance-punk de LCD Soundsystem.