El derecho a sentirse mal: el por qué de la fobia social al dolor y al sufrimiento

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La presión por sanar añade una capa extra de sufrimiento. [Foto: Getty Images]
La presión por sanar añade una capa extra de sufrimiento. [Foto: Getty Images]

 

No te sientas mal”, “tienes que pasar página”, “no tiene sentido que sigas así”, “anímate”… Es probable que en algún momento te hayan dicho frases similares. Quizá con el objetivo de hacerte sentir mejor y ayudarte a salir de una situación complicada. Sin embargo, a veces las buenas intenciones no bastan y esas frases tienen un efecto paradójico: te hacen sentir peor.

Cuando sientes presión por sanar, ya sea porque los demás invalidan tu dolor o porque te culpas, es probable que te sientas peor. Así puedes terminar en un bucle tóxico en el que cada vez que te recriminas por sentirte mal, a las emociones negativas primarias se les suman sentimientos como la frustración, el abatimiento y/o la impotencia.

La fobia social al dolor y el sufrimiento

Esconder el dolor y el sufrimiento tras una máscara de bienestar no es la solución. [Foto: Getty Images]
Esconder el dolor y el sufrimiento tras una máscara de bienestar no es la solución. [Foto: Getty Images]

La relación que establecemos con el dolor y el sufrimiento define la sociedad en que vivimos. La sociedad moderna pretende, cual cirujano meticuloso, escindir el dolor, olvidándose que forma parte de la vida.

Las redes sociales son la expresión perfecta de ello, convirtiéndose en la vitrina donde se expone una felicidad enlatada mientras se exilia la tristeza. Se intenta silenciar y esconder el sufrimiento porque resulta desagradable y no contamos con las herramientas psicológicas que nos permitan lidiar con esas emociones inquietantes.

Esa incapacidad para afrontar los aspectos más desagradables de la vida nos lleva a enfocar nuestros esfuerzos en evitar sentirnos mal, pero no de manera adaptativa, sino eludiendo la propia existencia y el significado del dolor emocional. Hemos estructurado nuestra sociedad para expulsar el sufrimiento y dar cabida solo a los sentimientos que nos resulten agradables. Eso, obviamente, conduce a una patología social.

De hecho, el filósofo Byung-Chul Han cree que nuestra sociedad padece una auténtica fobia al dolor y el sufrimiento, dos estados que intentamos eliminar a toda costa, incluso en aquellas situaciones en las que son inherentes a la condición humana. Pensamos que el dolor es un síntoma de debilidad, de manera que no lo ventilamos e incluso nos sentimos avergonzados de sentirnos mal durante más tiempo del debido.

Hablamos poco de nuestras penas y escondemos nuestro pesar mientras encumbramos las emociones positivas. Sometidos al imperativo de ser feliz, a menudo esa prisa por sanar y pasar página genera una presión devastadora que nos conduce en la dirección opuesta.

De hecho, un estudio desarrollado en la Universidad de Denver comprobó que las personas que más valoraban la felicidad eran menor felices tanto en condiciones de estrés como en actividades placenteras.

Psicólogos de la Universidad de California concluyeron que “aceptar las emociones propias y no esforzarse inflexiblemente por experimentar un tipo específico de emoción, como la felicidad, parece contribuir causalmente a una mejor salud psicológica”. O sea, aunque es comprensible que deseemos sentirnos mejor, presionarnos por sanar y ser felices no es la solución.

El sufrimiento no tiene fecha de caducidad

El tiempo no es un bálsamo sanador suficiente, lo que realmente cuenta es lo que hacemos a través de ese tiempo. [Foto: Getty Images]
El tiempo no es un bálsamo sanador suficiente, lo que realmente cuenta es lo que hacemos a través de ese tiempo. [Foto: Getty Images]

En el imaginario popular se ha asentado la idea de que el tiempo cura las heridas y que existe una especie de “fecha de caducidad” pasada la cual debemos recuperarnos de manera natural de los golpes emocionales sufridos. Creemos que no deberíamos sentirnos mal simplemente porque ha pasado mucho tiempo, como si el paso de los días fuera una medicina milagrosa. Sin embargo, ese tipo de pensamiento suele conducir a la frustración, en especial cuando nos damos cuenta de que la herida sigue supurando, aunque pase el tiempo.

En este sentido, investigadores de la Universidad Estatal de Arizona echaron por tierra el mito de que todos poseemos una gran capacidad de recuperación natural. Concluyeron que “las trayectorias resilientes eran las más comunes, pero el número de trayectorias identificadas era diferente”. Constataron que muchas de las personas que habían vivido eventos vitales particularmente estresantes, como la pérdida de la pareja, un divorcio o la pérdida del empleo, seguían luchando con las consecuencias de la adversidad años después.

Eso significa que el tiempo no es un bálsamo sanador suficiente, necesitamos realizar un trabajo psicológico más profundo. De hecho, a menudo la angustia proviene más del intento de escapar del dolor, que del hecho doloroso en sí. Pensar que las cosas mejorarán pronto o que el dolor desaparecerá con el paso del tiempo perpetúa la idea de que curar una herida psicológica es una actividad pasiva. Sin embargo, lo que realmente marca la diferencia es lo que hacemos a lo largo de ese tiempo.

Aceptación y compasión, las claves para sanar a nuestro ritmo

Así como tenemos paciencia con las lesiones del cuerpo, también debemos tener paciencia con las heridas del alma. [Foto: Getty Images]
Así como tenemos paciencia con las lesiones del cuerpo, también debemos tener paciencia con las heridas del alma. [Foto: Getty Images]

Sufrir no es agradable, pero el camino hacia la recuperación no consiste en negar o esconder el dolor. Pensamientos como “no debería sentirme así” suelen ser contraproducentes. Cuando surge una emoción dolorosa, decirnos que no deberíamos sentirnos así simplemente no funciona. Si la tristeza ha llegado, ha llegado. Si la decepción nos ha hundido, nos ha hundido. Negarlo no mejorará cómo nos sentimos.

En cambio, ser conscientes de la emoción dolorosa puede ser útil. Un estudio realizado en la Universidad de Toronto indicó que “la aceptación habitual de experiencias mentales, incluso las negativas, predice ampliamente la salud psicológica” actuando como un factor protector contra las experiencias estresantes de la vida.

Estos psicólogos comprobaron que la ira, la decepción, la tristeza o el resentimiento infringen más daño a las personas que los evitaban o se criticaban a sí mismas por experimentarlos. Por tanto, pensar que no debemos sentirnos mal y culparnos por ello solo empeorará las cosas.

Practicar lo que se conoce como “etiquetado afectivo”, que no es más que poner nuestros sentimientos en palabras, no solo nos ayudará a comprender mejor nuestras emociones sino también la manera en que respondemos a estas. De hecho, se ha comprobado que poner las emociones en palabras es una forma de regulación emocional implícita que nos ayuda a sentirnos mejor.

Quizá no parezca que decir algo tan simple como “me siento triste” pueda servir de mucho, pero este acto tan sencillo reduce la actividad de la amígdala mientras activa las regiones prefrontales del cerebro, lo cual significa que nos permite interrumpir la respuesta emocional y procesar mejor la situación para comprender lo que nos ocurre.

Además de reconocer que nos sentimos mal, es fundamental tratarnos con compasión. No se trata de sentir pena por nosotros mismos, sino de consolarnos, en vez de recriminarnos. Culparse a sí mismo solo agrega una segunda capa de sufrimiento al dolor que ya estamos experimentando.

La autocompasión significa ser amables con nosotros, tan amables y comprensivos como lo seríamos con una persona cercana que lo está pasando mal. Cuando nos decimos “estoy triste por esta pérdida y tardaré un tiempo en recuperarme, pero no es mi culpa”, nos brindamos validación emocional. Nos estamos diciendo que nos preocupa nuestro sufrimiento y nos damos el permiso para experimentar esas emociones. Eso contribuirá a aliviar el dolor emocional.

Cuando nos sentimos mal, debemos acallar el crítico interior e imaginar que dentro de nosotros habita un niño pequeño asustado. A ese niño no le culparíamos ni le recriminaríamos, al contrario, le brindaríamos amor y comprensión. Seríamos pacientes y le ayudaríamos a recuperarse. Lo mismo debemos hacer con nosotros.

Necesitamos dejar de presionarnos por estar mejor y asumir que determinadas heridas sanan más rápido que otras. El dolor no nos hace débiles, nos hace humanos. Así como tenemos paciencia con las lesiones del cuerpo, también debemos tener paciencia con las heridas del alma. Por tanto, no te sientas mal por sentirte mal. Tómate el tiempo que necesites para sanar.

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