No sufras si tus hijos no recogen sus juguetes: el problema son tus expectativas

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El sentido del deber o la obligación es lo último que establece de forma robusta y completa una persona a lo largo de sus etapas de desarrollo, pero es uno de los valores predominantes en la crianza, es lo primero que padres y adultos esperamos que los niños entiendan y que respondan por iniciativa propia incluso a los dos, tres, cuatro, cinco años.

Los adultos tienen la expectativa de que los niños desde esas edades entiendan el deber de recoger la habitación, ordenar los juguetes después de jugar, bañarse, cepillarse los dientes, hacer las tareas escolares…

“Tiene que entender, no tengo por qué estar detrás recordándoselo y machacándoselo mil veces para que lo haga”, palabras más, palabras menos, expresan con mucha frecuencia padres y madres.

(Getty Creative)
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Hay grandes expectativas cifradas sobre la idea de que los niños y adolescentes deben comprender y atender deberes y obligaciones. El problema es que estas expectativas no se corresponden con la lógica madurativa del niño. Esto no quita que eventualmente los niños cumplan con las obligaciones que les pedimos, pero entendiendo que lo hacen para complacernos o porque no les queda otro remedio que obedecer sin rechistar, cosa que al final puede terminar pasando factura, porque con ello no les estamos enseñando a autorregularse. Tampoco quiere decir que debamos renunciar a esperar que los niños y adolescentes a nuestro cargo asuman o integren ciertos deberes o responsabilidades, pero sí que es importante entender que siempre que sea posible lo intentemos a partir de interacciones respetuosas basadas en la comprensión de su lógica madurativa real, en lugar de esperar que ellos comprendan nuestra lógica madurativa adulta.

El principio del placer, la realidad y el deber, nace en el psicoanálisis y se relaciona también con las neurociencias que han podido demostrar a partir de estudios del cerebro humano, el momento de desarrollo madurativo en el que una persona es capaz de asimilar determinados conceptos o habilidades.

Placer, realidad y deber son tres instancias de la estructura psíquica que regulan al ser humano y que se van desarrollado y solapando, una sobre la otra, en la medida en que el niño madura, hasta convertirse en adulto.

El principio del placer aparece con la vida y permanece hasta la muerte. Pero no es hasta la infancia intermedia (a partir de los ocho años aproximadamente) que se desarrolla el principio de la realidad, y aunque rudimentariamente se comprenda el deber incluso antes de los ocho años, no es hasta la juventud temprana o la adultez que se integra esta instancia psíquica.

Principio del placer

Desde el vientre nos movemos del placer al displacer, y procuramos siempre el equilibrio intentando recuperar el bienestar. Los cuidados maternos, su voz, olor, el contacto con el cuerpo de la madre, succionar el pecho de la madre, son experiencias placenteras que procuran equilibrio al bebé.

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A lo largo de los siete primeros años de vida los niños buscan las experiencias placenteras a través del juego, la alegría, la expansión, orientados por sus deseos y su instinto de naturaleza inteligente que los guía hacia la satisfacción de sus necesidades.

El límite entre el deseo y la realidad no le queda claro aún a un niño pequeño porque desde su lógica madurativa todo es posible: los perros vuelan, Santa y el Ratón Pérez existen, su deseo de estar todo el día en el parque no concibe límites de tiempo, etc.

Cuando le decimos a un peque, lávate los dientes, ve a bañarte, ordena tus juguetes, ya nos tenemos que ir del parque… para él solo significa interrumpir su juego, dejar de estar donde experimentan placer. Todavía no tienen la madurez ni la experiencia vital para comprenden la importancia de evitar las caries o mantenerse o mantener limpios y ordenados los espacios o ir a cumplir con el resto de las rutinas. Entonces si queremos que se bañen o se laven los dientes, ordenen la habitación siguiendo su lógica madurativa, deberíamos proponerle ese “deber” mediante juegos del tipo primero me cepillas los dientes a mí, luego yo a ti, contando cuentos que los lleven de la habitación al baño para ducharse, animando o dándole vida a objetos como juguetes a los que le salen alas y vuelan del piso de la habitación a la cesta porque tienen que ir a descansar después de jugar…

El principio de la realidad

Alrededor de los seis años, pero más hacia los siete u ocho, los niños entran en una nueva etapa madurativa llamada la infancia intermedia en la que comienzan a alcanzar habilidades cognitivas que les permiten darse cuenta de la frontera entre fantasía y realidad. Por ejemplo, se dan cuenta de que Santa y el ratón Pérez no pueden estar en todas partes, por tanto comienzan a cuestionarse su existencia. Han madurado para comenzar a orientarse por el principio de la realidad que se solapa o entronca con el principio del placer. Ya entienden mejor que no pueden estar todo el día jugando en el parque porque tienen que ir a la escuela, aunque no les guste mucho la idea. Sin embargo sigue siendo una expectativa irreal pretender que siempre asuman por propia iniciativa el deber o las obligaciones que les asignamos. Aunque están mejor equipados madurativamente para adaptarse a las exigencias adultas, todavía el principio del deber no se ha integrado del todo.

El principio del deber

Hasta que el cerebro adolescente toma la configuración del cerebro de un adulto, (veinte a veinticinco años) y que ya se encuentran desarrolladas zonas relacionadas con funciones como la planificación, la toma de decisiones y la inhibición de conductas poco adecuadas, es cuando se asientan las bases para internalizar el principio del deber.

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Como adultos podremos recordar el momento en que comenzamos a asumir la responsabilidad y obligaciones de trabajar para pagar las cuentas, ocuparnos de nuestras cosas sin que mamá estuviera detrás insistiendo. Esto en conjunto suele ocurrirnos cuando nos vamos de casa a estudiar o nos emancipamos.

Cuando de niños o adolescentes hemos tenido que asumir obligaciones, como por ejemplo hacernos cargo de la casa o de los hermanos o de ayudar a proveer económicamente a la familia, lo más probable es que haya sido algo impuesto por nuestros adultos de referencia, tal vez por circunstancias difíciles o por abuso de poder. Pero en general no lo hemos hecho por propia iniciativa sino por la presión educativa de los adultos a nuestro cargo.

En este sentido la invitación es a resignificar las expectativas que nos orientan tras la transmisión de límites y normas durante la crianza, reconociendo la lógica madurativa de los niños, niñas y adolescentes.

Alcanzar el equilibrio

El principio del placer, de la realidad y del deber son tres instancias de nuestra estructura psíquica que se van desarrollando progresivamente en la medida en que van emergiendo hitos de madurez psicológicos y mentales. Se van entrelazando uno tras otro hasta completarse en nuestra estructura psíquica durante la adultez. Para poder integrar el principio del deber, primero hay que integrar el de la realidad. Como el ejemplo de los niños a partir de los ocho años que siguen en el placer (les gustaría estar todo el día en el parque) pero saben que tienen que ir a la escuela (principio de la realidad). Al alcanzar la adultez lo óptimo sería que se integren de forma equilibrada el placer con el deber mediados con el principio de la realidad en aras de una salud mental, emocional y física adecuadas.

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