No te sientas culpable si no te apetece hacer nada durante la cuarentena

Jennifer Delgado
·7 min de lectura
En medio de la pandemia nos han impuesto un nuevo imperativo social: aprovechar el confinamiento. [Foto: Getty Creative]
En medio de la pandemia nos han impuesto un nuevo imperativo social: aprovechar el confinamiento. [Foto: Getty Creative]

No nos deshacemos de las expectativas sociales ni siquiera estando confinados en nuestras casas. En medio de la pandemia un nuevo imperativo social se ha impuesto: aprovechar al máximo este periodo de aislamiento. Y los ejemplos motivadores no faltan.

Cuando la Gran Peste azotó Londres, Isaac Newton aprovechó la cuarentena en la granja familiar para realizar los descubrimientos que sustentarían sus posteriores contribuciones a la Física. Tres siglos antes, Giovanni Boccaccio vivió de lleno la peste que desangró Florencia y la tomó como punto de partida en su libro el Decamerón. Las inquietantes y originales pinturas de Edvard Munch también llevan la impronta de sus terribles experiencias con el brote de gripe española.

Sin embargo, la mayoría de nosotros no somos Newton, ni Boccaccio y mucho menos Munch, por lo que intentar estrujar al máximo el tiempo que nos brinda la cuarentena puede convertirse en una espada de Damocles que pende amenazante sobre nuestro equilibrio emocional.

La tendencia a replicar nuestra ocupada y acelerada vida pre-coronavirus en el confinamiento

Acostumbrados a una vida frenética, intentamos replicarla dentro de casa, en los balcones y en el universo virtual. [Foto: Getty Creative]
Acostumbrados a una vida frenética, intentamos replicarla dentro de casa, en los balcones y en el universo virtual. [Foto: Getty Creative]

Cuando el aislamiento comenzó, tras pasar el shock inicial, muchas personas se sintieron inspiradas por el entusiasmo contagioso que se extendió por las redes sociales. Nuestra primera reacción fue unir fuerzas y darnos ánimos. ¡Y eso fue genial!

Luego comenzaron a surgir tutoriales y planes virtuales que nos prometían pasar un confinamiento en compañía y más entretenido. Sesiones de fitness. Clases de guitara. Talleres literarios. Cursos de pintura puntillista. Festivales de música en streaming. Recorridos virtuales por museos… Todo para que no nos aburriésemos y pudiésemos aprovechar al máximo esos días.

Poco a poco se fue asentando la idea de que estos días de aislamiento en casa son una oportunidad que debemos “aprovechar al máximo”, ya sea para ponernos en forma, hacer cursos que nos permitan crecer profesionalmente, leer todos los libros que teníamos olvidados en un rincón desde hace años o incluso descubrir ese “yo” más profundo que no se ha revelado en toda la vida. Y si todo eso que hacemos es “instagrameable”, ¡mejor aún!

No es una mala idea. O al menos no lo parecía.

Sin darnos cuenta, hemos intentado trasladar nuestra ocupada y acelerada vida pre-coronavirus al encierro. Acostumbrados a una vida frenética en la que no parábamos ni un minuto, el encierro se convirtió en un reto con el que no sabíamos lidiar. Y así nos sumergimos en un intento - irreflexivo a todas luces - de replicar la actividad suspendida en las calles dentro de las cuatro paredes de la casa. Y eso solo puede conducir a la frustración.

Sin embargo, a medida que los días han ido pasando, los pilares del entusiasmo inicial han comenzado a ceder. No se debe únicamente a que estemos más agotados, sino a que nos hemos bajado del tren rápido en el que se movía nuestra vida y un nuevo equilibrio intenta abrirse paso.

Como resultado, ese maravilloso mundo de posibilidades iniciales se ha transformado en una gran presión para algunas personas. Se sienten obligadas a hacer cosas importantes, divertidas o creativas durante el aislamiento y les aterroriza perder un minuto de ese “don” que significa tener tiempo libre.

Y si bien es cierto que tener tiempo libre es un regalo precioso. Presionarnos por “aprovecharlo” no es la mejor idea.

La presión por hacer puede desestabilizar nuestro precario equilibrio emocional

El problema no es lo que hacemos, sino la presión a la que nos sometemos. [Foto: Getty Creative]
El problema no es lo que hacemos, sino la presión a la que nos sometemos. [Foto: Getty Creative]

No hay nada malo en ser productivo o creativo durante este periodo de confinamiento. De hecho, puede ser una estrategia muy útil para paliar el aburrimiento y/o canalizar de manera positiva sentimientos como la angustia, la tristeza o la desesperanza. Tampoco hay nada malo en disfrutar de las pequeñas cosas, que al final son las grandes cosas de la vida.

El problema radica en la presión. En sentirnos obligados a hacer algo que no nos apetece. En obligarnos a sentirnos bien, aunque no lo estemos. El problema es forzar las cosas. Forzarnos.

Cuando esos planes se convierten en una obligación abren paso al estrés y la ansiedad. Incluso podemos llegar a sentirnos frustrados o fracasados si no logramos aprovechar al máximo las opciones que se nos ofrecen.

Ese imperativo también refuerza el miedo a perdernos las experiencias virtuales gratificantes que otros están viviendo. Caemos en el pozo sin fondo del FOMO mientras se acumulan las invitaciones de amigos y familiares para acudir virtualmente al próximo concierto de la Filarmónica de Berlín o dar una vuelta por el Museo de Orsay de París.

Esa barahúnda de actividades que - supuestamente - debemos aceptar y disfrutar también genera culpa. Podemos sentirnos culpables porque no nos apetece participar en todas las videollamadas que nos hacen tres veces al día. Porque no tenemos ganas de hacer malabarismos en un estrecho pasillo para practicar zumba ni nos entusiasma la idea de hornear bizcochos como si no hubiera un mañana. Nos sentimos culpables porque no logramos amoldarnos a las expectativas sociales que también están dictando cómo deberíamos vivir esta cuarentena.

No te fuerces: Darte permiso para no hacer nada podría ser lo mejor que hagas

Permite que la vida siga su curso mientras te liberas de las obligaciones, aunque solo sea por un rato. [Foto: Getty Creative]
Permite que la vida siga su curso mientras te liberas de las obligaciones, aunque solo sea por un rato. [Foto: Getty Creative]

A veces simplemente no podemos con todo. Ni estamos obligados a ello. Y necesitamos reconocerlo.

Estamos afrontando una situación sin precedentes a nivel personal y social, por lo que es normal que nuestros estados emocionales fluctúen enormemente mientras intentamos adaptarnos a una realidad que, aunque aparentemente es la misma, cambia cada día.

Por eso, no pasa nada si no podemos ser tan productivos trabajando a distancia. Si la preocupación a veces nos gana la batalla. Si no se nos ocurren tantas buenas ideas como siempre. Si tenemos la mente desordenada. Si nos cuesta concentrarnos y no podemos gestionar las cosas a la perfección. O si no nos apetece hacer nada.

Por supuesto, es importante no sucumbir a esos estados durante mucho tiempo. No podemos bajar demasiado la guardia como para dejar entrar a la depresión y la ansiedad. Pero esconder las emociones detrás de la hiperactividad tampoco es la solución porque, como advirtiera Freud, “las emociones reprimidas nunca mueren. Están enterradas vivas y saldrán a la luz de la peor manera”.

Eso significa que necesitamos hallar un equilibrio que realmente proteja nuestra salud mental, no una cortina de humo tras la cual esconder nuestras inseguridades e incertidumbres. Y ese equilibrio se logra volviendo a reconectar con nosotros. Después de años mirando demasiado hacia afuera, hemos perdido la costumbre de mirar dentro. Pero ahora podemos hacer una pausa para preguntarnos qué nos apetece hacer realmente.

Ahora podemos ser más complacientes e indulgentes con nosotros mismos. Liberarnos de la presión por hacer o incluso de la presión por ser. Hacer las paces con nosotros mismos. Abrazar al “niño pequeño” que llevamos dentro. Prestarle más atención. Comprender que no es un buen momento para exigirle demasiado sino para calmarlo y transmitirle serenidad.

La cuarentena nos ofrece la excusa perfecta para “perder el tiempo” sin sentirnos culpables. Dejar de cazar los mejores planes o perseguir una escurridiza iluminación interior. Dedicarnos al dolce far niente de los italianos o el niksen de los holandeses. Relajarnos en el sofá. Mirar por la ventana. Disfrutar de una taza de té. Sin más pretensiones. Estar ociosos. Permitir que la vida siga su curso mientras nos liberamos de las obligaciones, aunque solo sea por un rato. Porque si eso es lo que nos apetece, ahora podemos permitírnoslo.

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