Niños más independientes y responsables, los efectos positivos del cierre de las escuelas

Jennifer Delgado
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“La educación no es preparación para la vida; la educación es la vida en sí misma” -John Dewey [Foto: Getty Creative]
“La educación no es preparación para la vida; la educación es la vida en sí misma” - John Dewey [Foto: Getty Creative]

El cierre de las escuelas puso del revés la vida muchos niños y sus padres. La ruptura abrupta de las rutinas a las que estaban acostumbrados y la imposibilidad de ver a sus amigos del colegio sin duda han representado un cambio drástico para muchos niños y es probable que a algunos les haya costado más que a otros adaptarse a la vida entre cuatro paredes.

Sin embargo, todo no fue tan negativo. Mientras los niños estaban en casa también experimentaron cambios positivos. Y dado que muchas escuelas han vuelto a abrir sus puertas en condiciones excepcionales, no hay mejor momento para replantearnos las jornadas infantiles desde una perspectiva diferente y, con un poco de suerte, más equilibrada y positiva para el bienestar infantil.

Niños más felices, autónomos y responsables

“La primera tarea es agitar la vida, pero dejarla libre para que se desarrolle” – Maria Montessori [Foto: Getty Creative]
“La primera tarea es agitar la vida, pero dejarla libre para que se desarrolle” – Maria Montessori [Foto: Getty Creative]

Peter Gray, psicólogo e investigador del Boston College, llevó a cabo una serie de encuestas algunas semanas después del cierre de las escuelas y meses más tarde. A través de los cuestionarios - aplicados a casi 1.500 padres y un número similar de niños de entre 8 y 13 años - quería constatar si se había producido algún cambio en los niños que no habían podido acudir al colegio.

Gray afirmó que “en general, el bienestar psicológico de los niños pareció mejorar después del cierre de la escuela”. En su última encuesta, el 51 % de los niños afirmaban estar más tranquilos en casa que en el colegio y el 90 % de los padres describieron a sus hijos como felices.

Pasar tiempo en casa también hizo que “los niños adquirieran un mayor sentido de independencia y responsabilidad personal”. El 72 % de los niños indicaron que se sentían más independientes porque sus padres les permitían hacer más cosas por su cuenta y el 78 % de los padres reconocieron que sus hijos eran más responsables y ayudaban más con las tareas del hogar.

El cierre de las escuelas dejó más tiempo libre a los niños, por lo que también tuvieron que gestionarlo de manera creativa. ¿Cómo lo hicieron? El 74 % de los niños afirmaron encontrar nuevas actividades para pasar el tiempo. De hecho, el 67 % de los padres confirmaron que su hijo había desarrollado nuevos intereses o habilidades y el 70 % indicaron que tenía más iniciativa para emprender actividades nuevas o desafiantes.

Vidas dirigidas y sobrecargadas

“Enseñar a niños a contar es bueno, pero enseñarles lo que realmente cuenta es mejor” - Bob Talbert [Foto: Getty Creative]
“Enseñar a niños a contar es bueno, pero enseñarles lo que realmente cuenta es mejor” - Bob Talbert [Foto: Getty Creative]

Nuestros niños pasan demasiado tiempo en la escuela y destinan demasiadas horas a las actividades extraescolares. Nos obsesionamos tanto con prepararlos para entrar en el mundo de los adultos que olvidamos que son niños. Mientras los preparamos para el futuro, dejamos que se les escape su infancia.

En poco más de una década, los niños de 6 a 8 años han visto cómo el tiempo en la escuela ha aumentado un 18 % y han tenido que dedicar un 145 % más a hacer los deberes escolares mientras su tiempo de juego se ha reducido un 25 % - y se trata fundamentalmente de un juego dirigido y/o con dispositivos electrónicos, según diferentes estudios.

Así hemos terminado convirtiendo la vida de los niños en una secuencia de actividades programadas donde siempre hay un adulto que les indique lo que deben hacer. Antes de la pandemia muchos niños estaban tan estresados con la escuela, tan ocupados en las actividades extraescolares y tan agobiados por la presión de obtener buenas calificaciones que les quedaba poco tiempo libre para ser niños.

Por tanto, no es raro que en los últimos 50 años los síntomas de depresión y ansiedad en niños y adolescentes se hayan disparado. Basta pensar que en Estados Unidos el índice de suicidio en menores de 15 años se ha cuadriplicado entre 1950 y 2005.

Tiempo y juego, los dos valiosos regalos del confinamiento

“El instinto más grande de los niños consiste precisamente en liberarse del adulto” - Maria Montessori [Foto: Getty Creative]
“El instinto más grande de los niños consiste precisamente en liberarse del adulto” - Maria Montessori [Foto: Getty Creative]

Estas semanas en casa han devuelto a los niños tesoros que habían perdido: el tiempo y el juego. Lo normal es que un niño juegue, explore su entorno, sueñe despierto, descubra nuevas pasiones y, por supuesto, se aburra.

El aburrimiento, por ejemplo, una experiencia que prácticamente se ha desterrado de la vida infantil, es un poderoso motor impulsor de la creatividad, la originalidad y la iniciativa propia. Un estudio desarrollado en la University of Central Lancashire reveló que el aburrimiento puede catapultar nuestra creatividad haciendo que busquemos caminos alternativos y soluciones más originales.

Durante este tiempo los niños también han tenido más oportunidades para gestionar autónomamente su tiempo y actividades, lo cual les ha permitido desarrollar cierto nivel de independencia y autoconfianza, algo prácticamente imposible cuando llevan una vida programada al milímetro por los adultos.

También han podido desarrollar el juego libre, una herramienta a través de la cual pueden explorar y dominar un trocito de mundo, conquistar sus miedos y desarrollar nuevas competencias que apuntalan la confianza. El juego libre también estimula la toma de decisiones autónoma y el descubrimiento de nuevas pasiones.

Por desgracia, la vida moderna y las expectativas sociales sobre la formación infantil no suelen tener en cuenta la necesidad de juego que, para los niños, es tan importante como respirar. “Los principales factores que han reducido el juego son: un estilo de vida apresurado, cambios en la estructura familiar y una mayor atención a las actividades académicas y de enriquecimiento a expensas del recreo o el juego gratuito centrado en el niño”, según indicó un informe publicado en la revista Pediatrics.

Hoy, la mayoría de los estudiantes tienen menos tiempo libre y realizan menos salidas físicas en la escuela – donde se ha reducido el tiempo dedicado al recreo, las artes e incluso la educación física en un esfuerzo por concentrarse en materias más “importantes” como la lectura y las matemáticas.

Lo curioso es que ese cambio quizá no sea tan beneficioso ni prepare tan bien a los niños como pensamos porque se ha demostrado que la capacidad infantil para almacenar nueva información se ve reforzada por un cambio claro y significativo en la actividad. Eso significa que pasar de una materia a otra, sin tener un tiempo de descanso o juego intermedio, podría afectar su capacidad de aprendizaje.

Una educación que garantice el bienestar infantil

“Para un niño, jugar es la posibilidad de recortar un trocito de mundo y manipularlo” - Francesco Tonucci [Foto: Getty Creative]
“Para un niño, jugar es la posibilidad de recortar un trocito de mundo y manipularlo” - Francesco Tonucci [Foto: Getty Creative]

No cabe duda de que los niños necesitan involucrarse en actividades guiadas por los adultos, tener rutinas cotidianas, ir a escuelas donde puedan prepararse para el futuro y, por supuesto, relacionarse con sus coetáneos. De hecho, en la encuesta de Gray, el 73 % de los niños tenían ganas de volver a la escuela, pero fundamentalmente porque extrañaban a sus amigos.

El cultivo de la mente es tan necesario como la comida para el cuerpo”, dijo Cicerón. Sin embargo, la clave consiste en cómo cultivamos la mente infantil y qué tipo de competencias y valores deseamos priorizar y desarrollar.

A veces, estamos tan preocupados por lograr que los niños sean los mejores que nos olvidamos que el principal objetivo de la crianza es que sean felices para que se conviertan en adultos seguros de sí mismos, independientes y autodeterminados.

A los niños simplemente hay que dejarles ser niños. Entre un aprendizaje y otro deben tener tiempo para explorar, jugar y equivocarse. Deben disfrutar de su infancia y descubrir lo que les apasiona por su cuenta. Porque como dijera Maria Montessori, “una prueba de lo acertado de la intervención educativa es la felicidad del niño”.

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