'Nine Perfect Strangers' y por qué no vale usar a Nicole Kidman para todo

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¿Qué no puede hacer Nicole Kidman, verdad? Esta actriz todoterreno que de repente nos hace llorar, sonreír de la emoción o nos deja en ascuas con sus efectivas caras de póker guarda-misterios, ha sabido coronarse como reina de las series al ser de las primeras súper estrellas en percatarse del filón de las series. Fue de lo mejorcito de las dos temporadas de Big Littles Lies, nos tuvo pendientes del misterio de The Undoing y ahora ha vuelto al streaming convertida en curiosa villana en la miniserie Nine Perfect Strangers.

A priori la serie debería ser un bombazo: adaptación de otra novela de la autora de Big Little Lies, con el creador de aquella serie (el experimentadísimo David E. Kelly) y un peso pesado como Nicole metida en la piel del personaje más misterioso del libro. Sin embargo, si hay algo que saco en claro después de haber leído el libro y devorar los seis primeros episodios de la miniserie, es que no todas las historias valen para usar a Nicole Kidman.

Nine Perfect Strangers (Nicole Kidman. Photo by: Vince Valitutti/Hulu)
Nine Perfect Strangers (Nicole Kidman. Photo by: Vince Valitutti/Hulu)

Nine Perfect Strangers, cuya novela se publicó en España como Nueve perfectos desconocidos, gira en torno a una escritora (Melissa McCarthy) que asiste a una especie de retiro saludable, espiritual o mindfulness, justo cuando está pasando por una crisis de identidad ante un revés profesional y la estafa de un novio de la red. Allí se encuentra con un grupo de extraños, algunos como ella han ido por su cuenta, otros en pareja o en familia, pero todos coinciden en la necesidad de cambios, auto descubrirse, sanar o recuperarse. El lugar lo maneja Masha, una mujer cautivadora (Nicole Kidman), rusa de nacimiento, que dejó su vida corporativa tras sufrir un disparo en un ataque callejero para crear un centro de sanación emocional que cuida la nutrición, las emociones, el físico, etc.

Sin embargo, los métodos de Masha son bastante cuestionables, ahondando en el dolor de sus huéspedes de forma abrupta, emocionalmente agresiva y por momentos violenta. Es más, incluso los droga sin su consentimiento para provocar alucinaciones y una complacencia que se transforma en una especie de lavado de cerebro. Pero Masha tiene una intención oscura detrás de todo esto, mientras sus pacientes comienzan a sospechar de ella.

Esa es básicamente la trama principal, con muchos arcos dramáticos para cada personaje, mientras Masha y sus súbditos viven un triángulo amoroso centrado en la adoración hacia la jefa que provoca algunos de los momentos más bizarros de la serie.

Mi debilidad por las miniseries me llevó a leer la novela cuando supe que Nicole Kidman había aceptado protagonizarla. Después de ampliar su rango interpretativo en los últimos años, me daba curiosidad descubrir cuál sería su papel en esta ocasión. Y, para empezar, la Masha del libro es muy diferente. Pero no tanto a nivel superficial (por ejemplo, el motivo que la lleva a abandonar su trabajo ejecutivo es un ataque cardíaco, no un disparo), sino en el halo de misterio que la rodea. En el libro, sabemos que Masha esconde algo oscuro, que es una mujer manipuladora e inteligente, pero sus intenciones las vamos descubriendo a cuentagotas hasta una catarsis final que deja todo en evidencia. Pero en la serie, Nicole se esfuerza tanto en capturar el aura misteriosa de su personaje que resulta irreal, ridícula. Hasta caricaturesca.

Masha se supone que es una mujer de apariencia perfecta, tan guapa e inteligente, que es un imán para cualquiera que se tope con ella. Sin embargo, la forma en cómo la serie se esfuerza en crear misterio alrededor de su figura termina forzando una sombra irreal en torno al papel de Nicole Kidman, en donde hasta su acento ruso resulta extrañamente chocante.

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Para empezar, la novela no es una pieza fácil de adaptar en una miniserie creíble. La historia es bastante estrambótica y por momentos exasperante, pero los personajes huéspedes del centro son los que consiguen crear una trama coral interesante con los dramas, tan habituales, que presentan cada uno. Sin embargo, la serie los convierte en figuras de relleno, ahondando lo justo y necesario, haciéndolos menos creíbles precisamente por la figura de Nicole Kidman, tan irreal y exageradamente villanesca que quita cualquier dosis de realismo posible. Al menos, la novela sí nos hace más participes del sufrimiento de cada uno. En la serie se siente un tanto superficial.

Y ahora es cuando les digo que el problema no es Nicole Kidman. No. Ella lo da todo a un personaje que desde las páginas es misterioso y manipulador. Y ya sabemos que ella es experta en crear misterios y mantenerlos intactos a lo largo de sus historias, como hizo en Los otros, Big Little Lies o The Undoing (donde hasta último momento dudamos si ella había tenido algo que ver con el asesinato o no gracias a su cara de póker). El problema es que la miniserie crea una Masha evidente desde su origen, acentuando las facetas que la hacen sospechosa y extraña, exagerándolas hasta crear una serie que se divide entre la caricatura de villana ficticia y los dramas reales de sus pacientes.

Nicole hace su parte. Manipula, sonríe con picardía, observa con segundas intenciones y usa un acento ruso que por momentos me quita de mis casillas. Crea momentos de tensión, resulta malvada por momentos y carismática en otros. Nicole está perfecta, incluso con ese acento para el olvido, pero esta tipo de actuación hubiera tenido más sentido en una historia de terror o un thriller a toda máquina. Es más, la metían en el centro de Midsommar y le daba el Óscar. Pero al colocarla en el centro de personajes de carne y hueso, poco interesantes en la presentación que hace la serie, sin lograr que ninguno realmente nos interese (ni siquiera otro peso pesado como Melissa McCarthy) y en un plano más realista y creíble, es donde Nicole desencaja. Y al final llego a mi conclusión de que no se puede usar a Nicole Kidman para todo. Que la actriz es magnífica y se entrega como siempre, pero no todas las historias están hechas a su medida. Y al final solo porque el streaming y las adaptaciones de novelas en forma de miniserie tienen su tirón, no significa que Nicole deba estar en todo.

Si la serie hubiera acompañado su actuación exprimiendo las locuras de la historia más a fondo, o hubiera evitado darle un protagonismo exagerado esperando hasta el final (como hace la novela para mantener el misterio), entonces quizás hubiera funcionado mejor. Y toda esa parafernalia villanesca no se sentiría tan fuera de lugar.

Al final, Nine Perfect Strangers relata los dramas de una decena de personajes pero sin profundizar en la faceta más humana de cada uno, provocando la sensación de estar viendo una serie superficial, vacía, aunque repleta de dramas. Incluso al tratarse de una trama que expone el privilegio de los ricos retratado en la prepotencia inicial, la manera en tratarse mutuamente con recelo y sarcasmo, el dar el servicio a sus pies por sentado, se siente muy sosa cuando la comparamos con otra serie que hace un análisis similar, The White Lotus (recientemente terminada en HBO), con una crítica mucho más inteligente.

A diferencia de Kate Winslet que encontró en Mare of Easttown un diamante en bruto perfecto para comerse el mundo de las series, o a Reese Witherspoon que se mantiene segura repitiendo personajes de ama de casa privilegiada en todas sus series, Nicole arriesga. Pero no todo riesgo da sus frutos, por mucho que sea Nicole Kidman. Es como si hubiera un malentendido entre las intenciones de la serie y la creación que ella hizo del personaje y, al final, no está en sus manos cómo queda el producto definitivo.

En resumen, Nine Perfect Strangers no logra destacar entre la marea de adaptaciones literarias en forma de miniseries que hemos visto recientemente. Y aunque tengamos a Nicole Kidman comandando la orquesta, resulta evidente que no todas las historias saben aprovechar su talento.

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