'The Good Place' nos enseña a decir adiós en uno de los finales más redondos de la televisión

Todos hemos experimentado la pérdida que supone terminar una serie que nos ha acompañado durante años, haciendo más llevaderos los peores momentos, aportándonos un instante de respiro a la semana, haciéndonos soñar con una vida que no sea la nuestra, o como en el caso de The Good Place, haciéndonos reflexionar sobre nuestra propia vida y por qué debemos apreciarla y cuidarla mejor. Ese ha sido uno de los mayores aciertos de una serie que ha hecho del optimismo su bandera y ha propagado positividad en tiempos oscuros, es decir, cuando más lo necesitábamos. The Good Place ha terminado, pero siempre que estemos dispuestos a escuchar y mejorar como personas, su legado perdurará.

Ted Danson y Kristen Bell de 'The Good Place' (AP Photo, Richard Shotwell, GTRES)

“¡Bienvenida! Todo está bien”. Así nos recibía The Good Place en su piloto, estrenado el 19 de septiembre de 2016 en NBC y posteriormente en Netflix para el resto del mundo, incluida España, donde ha encontrado toda una legión de fans devotos gracias a la plataforma. Aunque a lo largo de cuatro temporadas dio tiempo para que las cosas se complicasen enormemente para los personajes, aquel mensaje tranquilizador estuvo siempre presente, desde una primera temporada que sentaba las bases de su peculiar lógica hasta una tanda final de episodios en los que todas las piezas han encajado a la perfección -pasando por algún tramo en el que pareció perderse el rumbo, todo hay que decirlo.

The Good Place proviene de la mente de Michael Schur, uno de los guionistas y productores de The Office y creador de las comedias de culto Parks and Recreation y Brooklyn Nine-Nine. La serie se centra en Eleanor Shellstrop (Kristen Bell), una joven descarriada que, tras fallecer, es enviada por error al Lado Bueno, una especie de utopía diseñada para recompensar una vida de buenas acciones. Allí conocerá a Chidi (William Jackson Harper), Tahani (Jameela Jamil) y Jason (Manny Jacinto), que se encuentran en la misma situación que ella. A través de una serie de pruebas ideadas por el arquitecto del lugar, Michael (Ted Danson), y con la ayuda del ser artificial omnisciente Janet (D’Arcy Carden), el grupo deberá analizar su comportamiento en la Tierra y aprender a ser mejor persona, lo que les llevará en última instancia a tomar las riendas del lugar y tratar de arreglar el sistema que rige la vida después de la muerte.

Nominada a varios premios Emmy y Globos de Oro, The Good Place ha sido una de las sitcoms en abierto más celebradas de la televisión reciente. Tanto la crítica como el público han caído rendidos a una propuesta muy singular y refrescante que ha creado un universo propio gracias a sus inolvidables personajes principales y secundarios (todos los actores están brillantes, en especial Bell y Danson), sus coloridos escenarios, sus ocasionales estallidos de fantasía y su lenguaje inventado (los eufemismos fork o shirt, la medida de tiempo Jeremy Bearimy)… Con cada temporada, la serie fue asentando su propia identidad a la vez que se reinventaba una y otra vez cambiando sus reglas. Así transcendía su concreto punto de partida para desarrollar una enrevesada trama que explora las relaciones sociales, el amor, la amistad y la familia con humor surrealista y también mucho corazón.

Continuando el espíritu buenrollista de sus anteriores sitcoms, Schur ha llevado más allá su fe en la bondad intrínseca del ser humano con una historia que nos habla sobre cómo ser buena persona y vivir en un mundo en el que no siempre nos lo pone fácil. Para desarrollar esta idea, la serie no recurre a la religión, sino a la filosofía, la metafísica y la ética, utilizando los postulados de diferentes pensadores y diversos dilemas morales para guiar a los personajes y vertebrar la historia. Esto da lugar a una de las comedias más originales que hemos visto en muchos años, una serie que además de divertir, nos ha hecho pensar y hacer balance de nuestro propio comportamiento.

En una época en la que el odio se propaga como una epidemia por las redes sociales y en la sociedad, The Good Place nos proporcionó un escudo contra la negatividad. No es de extrañar que la serie haya desarrollado una comunidad fan tan entregada. La necesitábamos, y el tiempo que estuvo con nosotros, fue muy útil para recordarnos que no nos rindiéramos. A través de sus personajes, The Good Place nos ofreció muchas lecciones vitales, siempre con tacto e inteligencia, nunca cayendo en la moralina o el sermón condescendiente. Hablo por experiencia personal. Siento que gracias a The Good Place soy mejor persona. O al menos tengo las herramientas necesarias para intentar serlo en el día a día. Porque no es algo que se pueda cambiar encendiendo y apagando un botón, sino un trabajo diario que requiere esfuerzo y paciencia.

Entre las muchas lecciones que nos ha aportado The Good Place (la mayoría provenientes de ese ser de luz y sabiduría que es Michael), me quedo con estas:

Cuando nos enseñó que errar es humano y no hay que tirar la toalla: “Te equivocas e intentas algo diferente. Y entonces te vuelves a equivocar, una y otra vez, y así hasta mil veces. Pero lo sigues intentando porque quizá la idea número 1.001 funcione”.

Cuando derribó la cultura de la cancelación y nos recordó que hay que dar oportunidades a los demás para cambiar y arreglar los errores del pasado: “Lo que importa no es si la gente es buena o mala. Lo que importa es si están intentando ser mejores que ayer”.

Cuando descartó la idea de las almas gemelas como algo predestinado y nos habló de la importancia de cultivar las relaciones: “Si las almas gemelas existen, no son encontradas, son creadas. La gente se conoce, tiene buen feeling, y entonces se ponen a trabajar en construir una relación”.

Y cuando nos recordó que, por muy triste que sea la muerte, nos da sentido: “Dijiste que todos los humanos están un poco tristes siempre porque saben que van a morir. Pero saber eso es lo que la sentido a la vida”.

Pero quizá la lección más valiosa que nos ha enseñado The Good Place es la que resume su precioso episodio final: saber cuándo decir adiós. En lugar de alargar la serie innecesariamente, Schur ha decidido concluirla en su cuarta temporada, con “solo” 51 episodios (una cantidad muy accesible para aquellos que quieran descubrirla en el futuro). En televisión, como en la vida real, hay que saber cuándo algo ha llegado a su fin, y en el caso de The Good Place era el mejor momento para terminar. Sus personajes habían llegado al final del camino de forma orgánica y la serie no se podía estirar más. Pero Schur no solo ha sabido cuándo concluir, sino también cómo hacerlo, dándole a cada personaje un cierre perfecto, lleno de entendimiento y cariño, al igual que hizo en Parks and Recreation.

El último episodio, Whenever You’re Ready, condensa a la perfección las ideas que definieron a la serie, afirmándose así en su propósito: ayudarnos a ser mejores. Aunque duela decir adiós a Eleanor, Chidi, Tahani, Jason, Janet y Michael, no lo hacemos con tristeza, sino con la felicidad por lo mucho que nos ha aportado haberlos conocido. The Good Place ha terminado cuando se lo pedía la historia, no cuando se lo ha impuesto la cadena, y esto ha hecho que su final sea incluso más trascendental. En Whenever You’re Ready, Chidi describe a Eleanor una sensación de plenitud y paz en su interior que le indica que está listo para marcharse. Y eso es justo lo que uno siente viendo el final de The Good Place, un rumor en el estómago que nos dice que estamos preparados para dejarla marchar porque ya está completa, porque no hay nada más que añadir y, efectivamente, “todo está bien”.  

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