El arte del cliffhanger avanza y mejora en el mundo de las series, ahora con 'Dead to Me' de Netflix

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¿Seguir viendo o detener la reproducción? He ahí la cuestión. A veces, la vida toma la decisión por nosotros (tenemos trabajo, los niños requieren nuestra atención, es hora de dormir…), pero la mayor parte del tiempo, está en nuestras manos. Las series no nos lo ponen fácil -sobre todo en esta era de confinamiento, con más tiempo libre que nunca por culpa del coronavirus. Y es que saben perfectamente cómo captar tu interés para obligarte a ver el siguiente capítulo.

Christina Applegate y Linda Cadellini en Dead to me (©2020; Saeed Adyani / Netflix)
Christina Applegate y Linda Cadellini en Dead to me (©2020; Saeed Adyani / Netflix)

Es el arte del cliffhanger, una técnica tradicional de la ficción desde hace mucho tiempo que las series de streaming han perfeccionado para asegurarse de que nos quedemos en el sofá hasta que terminemos la temporada. Series como Friends, Perdidos, The Walking Dead o Breaking Bad nos dejaron algunos de los finales de episodio o temporada más memorables de la historia de la televisión. Y ahora, la serie de Netflix Dead to Me ha convertido esta técnica en una de sus señas de identidad, llevando el arte del cliffhanger al siguiente nivel en cada episodio.

Pero empecemos por el principio. ¿Qué es exactamente un cliffhanger? Este término anglosajón que significa aproximadamente “quedar colgando de un acantilado”, hace referencia a un final en suspenso, un recurso narrativo de la ficción serial que consiste en interrumpir la historia en una revelación importante o una situación complicada al final de un capítulo, causando en el espectador la necesidad de saber qué ocurre a continuación. Es decir, un “Continuará” que nos deja en vilo y se asegura que la audiencia permanezca en sintonía para averiguar cómo se resuelve el dilema.

El cliffhanger es una técnica que se remonta siglos atrás. Ya se pueden encontrar estos finales en suspenso en la literatura medieval, las baladas chinas o clásicos como Las mil y una noches. No obstante, el recurso se popularizó en el siglo XIX gracias a las novelas seriales victorianas, publicadas en cuotas mensuales o semanales en revistas y periódicos. Muchos atribuyen el origen del cliffhanger moderno a Charles Dickens (si habéis visto Las ventajas de ser un marginado, recordaréis a Paul Rudd explicándolo a sus alumnos en una escena), pero en realidad, el término procede de la novela serial de Thomas Hardy A Pair of Blue Eyes (1873), en la que su protagonista se queda literalmente colgado de un acantilado al final de uno de sus capítulos (VictorianWeb).

Con la llegada del siglo XX, el cliffhanger se extendió a la radio, el cine, los cómics y más adelante a los videojuegos. Pero son las series las que lo han convertido un recurso imprescindible. Hasta hace unos años, un cliffhanger conllevaba esperar como mínimo una semana para saber cómo se resolvía la situación. Hoy en día, eso ha cambiado drásticamente. Con el éxito de las plataformas de streaming, la tensión por saber qué pasa después de una gran revelación o cómo se soluciona una situación imposible, puede durar apenas unos segundos, ya que en muchos casos tenemos a nuestra disposición las temporadas completas.

La televisión nos ha dado algunos de los cliffhangers más famosos, finales de capítulo o temporada que nos dejaron con la boca abierta y nos tuvieron especulando y teorizando durante meses. Nadie puede olvidar el “Yo Ross, te tomo a ti, Rachel” del final de la cuarta temporada de Friends. O el misterio de quién disparó al Sr. Burns en Los Simpson, precisamente un guiño a uno de los cliffhangers más míticos de la televisión estadounidense, ¿Quién disparó a J.R. en Dallas?

Buffy, cazavampiros nos dejó en shock con la aparición repentina de la hermana de Buffy al principio de la quinta temporada, y sobre todo con la muerte de la protagonista al final de la misma. Continuando con series fantásticas, Star Trek: La nueva generación tiene en el final de su tercera temporada (The Best of Both Worlds) el que está considerado como uno de los mejores cliffhangers de la historia de la televisión, cuando el comandante Riker toma la sorprendente decisión de destruir la nave de los Borg, que tienen preso a Picard.

Otros cliffhangers memorables incluyen a Rita en la bañera tras ser víctima del asesino de la trinidad en el final de la cuarta temporada de Dexter, Hank descubriendo la verdad sobre Walter en la mid-season finale de la quinta temporada de Breaking Bad, el enigma imposible de cómo Sherlock pudo sobrevivir a la caída en The Reichenbach Fall (final de la segunda temporada), la supuesta muerte de Jon Nieve al final de la quinta temporada de Juego de Tronos (aunque este último se considera uno de los peores cliffhangers de la tele, ya que todo el mundo sabía que volvería a la vida) o a quién mataba Negan con su garrote en el final de la sexta temporada de The Walking Dead. Y por supuesto, el que quizá sea el más representativo de la era moderna de las series, el final de la tercera temporada de Perdidos, en el que Jack pronuncia una de las frases más escalofriantes e icónicas de la televisión, “Tenemos que volver, Kate”, un giro maestro que nos volaba a todos la cabeza y del que aun no nos hemos recuperado.

Los cliffhangers a veces pueden aumentar la emoción por ver una ficción, pero en muchos casos también sirven para encadenarnos a series que, de no ser por ellos, ya habríamos abandonado hace tiempo. Es lo que nos pasó a muchos con The Walking Dead. La serie de zombies de AMC es conocida entre otras cosas por rematar episodios y temporadas poco interesantes con finales impactantes que impiden que su audiencia abandone. Es un truco infalible. Cuarenta minutos sin apenas acontecimientos que hacen que te preguntes por qué ves la serie y un final sorprendente que te deja con la necesidad de saber qué pasa después. Es algo parecido a lo que está haciendo Netflix con su fenómeno global La casa de papel. La serie española tiene muchos fans alrededor del mundo, pero también hay muchos espectadores que la consideran muy mala y solo la ven por satisfacer esa necesidad de saber qué pasa después de cada cliffhanger.

Y así llegamos a Dead to Me, comedia negra protagonizada por Christina Applegate y Linda Cardellini que acaba de estrenar su segunda temporada en Netflix, tras la buena acogida que tuvo la primera. La serie, creada por Liz Feldman (Dos chicas sin blanca), cuenta la retorcida amistad entre la estricta Jen, una viuda madre de dos hijos que está tratando de curar sus heridas, y la espiritual Judy, la mujer responsable de la muerte del marido de Jen en un accidente de coche. Con una trama llena de secretos, giros vertiginosos de guion y entregadísimas interpretaciones por parte de sus dos excelentes protagonistas, Dead to Me es una de las series más adictivas actualmente en emisión.

De hecho, es de esas series de las que puedes ver una temporada entera (10 episodios de media hora) en una o dos sentadas. Su argumento engancha y la relación de sus dos protagonistas es fascinante, pero lo que la hace ideal para ver en maratón son sus finales de infarto. Dead to Me ha hecho del cliffhanger su mayor especialidad. Casi todos los capítulos terminan con un golpe de efecto que plantea nuevas dificultades para Jen y Judy. Hoy en día es difícil sorprender al espectador que ya se conoce todos los trucos, pero de alguna manera, Dead to Me logra mantener el interés y nos obliga a pulsar el botón de “siguiente capítulo”, aunque a veces recurra para ello a clichés de telenovela, como la aparición de un hermano gemelo idéntico del que nadie había hablado hasta ese momento.

Christina Applegate y Linda Cadellini en Dead to me (©2020; Netflix)
Christina Applegate y Linda Cadellini en Dead to me (©2020; Netflix)

Pero Dead to Me es mucho más que sus cliffhangers. Esta comedia suburbana heredera de Mujeres desesperadas y Big Little Lies atrapa y divierte con su alocado misterio, pero lo que nos termina de enamorar de ella es la preciosa y complicada amistad entre Jen y Judy, así como su mensaje sobre la mujer, la maternidad y la sororidad. Es cierto que la serie está llena de giros que desafían la suspensión de la incredulidad, pero debajo de los momentos impactantes hay mucho peso emocional gracias al sobresaliente y apasionado trabajo de Applegate y Cardellini, lo que hace que la serie funcione más allá de sus mareantes volantazos de guion.

La segunda temporada de Dead to Me es una auténtica montaña rusa de emociones en la que la comedia y el drama están al mismo nivel de efectividad. No vamos a desvelar más, porque es mejor adentrarse en ella sin saber qué sorpresa nos espera a la vuelta de la esquina en cada capítulo, pero sí nos despedimos recomendándola. Eso sí, antes de darle al play es necesario que liberes unas cinco horas (diez si planeas ver las dos temporadas) y te asegures de que nadie te moleste, porque es muy posible que sus cliffhangers te obliguen a quedarte delante de la pantalla hasta que acabe. Como no podía ser de otra manera, la segunda temporada termina con otro vertiginoso giro final que nos deja con la necesidad de una tercera temporada. Ese es el poder de un cliffhanger bien hecho.

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