Las condiciones que soportaron las chicas del cable de la vida real

El desenlace de la serie española Las chicas del cable está cada vez más cerca ya que, como se ha anunciado a través de redes sociales, el estreno de la segunda parte de la quinta temporada llegará a Netflix a finales de julio. Si bien la plataforma streaming aún no ha anunciado la fecha exacta del lanzamiento, la descripción de la publicación alienta a la imaginación de los seguidores: “Nuestro destino será no olvidarlas”. Y es que, efectivamente, no será tan sencillo decir adiós a las teleoperadoras protagonistas que son intermediarias entre emisor y receptor, sobre todo si tenemos presente que estas mujeres existieron en la vida real y las condiciones que sufrieron distaban parcialmente del retrato que vemos en pantalla.

¿Qué hay de real en la imagen de aquellas primeras trabajadoras de la Compañía Telefónica Nacional de España? Indagamos en la historia de una figura clave para las telecomunicaciones.

Manuel Fernandez-Valdes/Netflix

Las chicas del cable, la serie protagonizada por Blanca Suárez, Ana Fernández, Nadia de Santiago, Ana Polvorosa y Maggie Civantos (esta última integrante principal hasta la cuarta temporada) se despedirá de sus espectadores cinco meses después de que se emitieran tan solo cinco capítulos de la última tanda. Una despedida por todo lo alto que ha dado un salto temporal de siete años y se ambienta en plena Guerra Civil, ahondando mucho más en la España dividida.

Ahora, que la primera serie española original de Netflix es un escaparate al pasado que no solo muestra la historia del país a grandes rasgos sino que nos adentra, a golpe de emoción, drama e intensidad, en la vida de varias mujeres empleadas de la Compañía Telefónica Nacional de España (CTNE), fundada el 19 de abril de 1924 y ubicada en la calle Gran Vía de Madrid. Unas teleoperadoras cuya amistad y lucha por la igualdad marca el ritmo y el carácter de las cinco temporadas.

En otras palabras, los espectadores nos topamos con la realidad de aquel momento a través de una historia real y muy interesante que obviamente se ha ficcionado para plantearnos en esta última temporada, por ejemplo, si Lidia Aguilar (Blanca Suárez) logra salvar a Sofía (Denisse Peña), la hija de Ángeles Vidal (Maggie Civantos), o si Óscar (Ana Polvorosa) sobrevive a la represión de la época, una trama muy necesaria y a la vez muy valiente sobre la transexualidad.

En este sentido, la historia feminista más potente de la plataforma de Reed Hastings nos sirve para profundizar sobre algo que a mí personalmente no deja de asombrarme y ponerme el vello de punta: las verdaderas condiciones que sufrían las chicas del cable reales, esas manos femeninas con nombre y apellidos que conectaban cables de las centralitas para establecer las llamadas. Y es que una vez más Netflix se ha inspirado en casos de la vida real, una de sus bazas más habituales. ¿Qué fue entonces lo que pasó con esta suerte de heroínas que mantuvieron dicho rol hasta sus últimas consecuencias?

Manuel Fernandez-Valdes/Netflix

-¿Quién fue la primera chica del cable de carne y hueso?
Las telefonistas que aparecen representadas en Las chicas del cable, conocidas coloquialmente como las Hello girls!, son el icono de una época y de unas mujeres que gracias a este trabajo pudieron ser más libres y poseer una autonomía que no todas las jóvenes de inicios del siglo XX pudieron disfrutar.

Aunque la serie de Netflix arranca en el año 1928, cuando una moderna empresa de telecomunicaciones arranca sus funciones en Madrid, si echamos la vista atrás la primera vez que se contrató a una fémina para este puesto fue en el año 1878 en la compañía estadounidense de Alexander Graham Bell (el inventor del primer teléfono funcional). Hago referencia a Emma Nutt, una bostoniana que con 18 años se convirtió en la primera telefonista americana. Pero no sería la única ya que, si bien al principio esta labor era desempeñada por hombres (jóvenes que hasta entonces se habían encargado de entregar telegramas), con el paso del tiempo fueron las mujeres quienes se encomendaron a encajar las clavijas para comunicar varios puntos del mapa.

A Emma Nutt le siguió su propia hermana Stella que también quiso incorporarse al mundo laboral y beber de esa independencia que en la ficción española tanto se esfuerza en conseguir la heredera multimillonaria Carlota Rodríguez de Senillosa (Ana Fernández), un personaje que representa a esas primeras mujeres que marcaron un antes y un después en el mercado laboral huyendo de los estándares marcados en un mundo dominado completamente por los hombres.

Un año más tarde (1879) en Michigan ya había varias telefonistas como Bassie Snow Balance, Emma Landon, Carrie Boldt y Minnie Schumann. Como vemos, en la serie española las protagonistas tienen nombres más modernos como Alba (cuyo seudónimo es Lidia) o Carlota para una profesión que en nuestro país arrancó en 1881 con la llegada de las primeras centrales manuales a España, aunque no fue hasta 1886 que las teleoperadoras desarrollaron este rol en el servicio telefónico (como se observa en la ilustración del dibujante Manuel Alcázar en el escrito de Manuel de Foronda y Aguilera de la Sociedad Geográfica de Madrid titulado Jornaleras del Estado que se publicó en La Ilustración Española y Americana) y a partir de 1877 en Cuba (territorio español en esa época).

España contó con centralitas manuales prácticamente durante todo el siglo XX hasta 1988 siendo Magdalena Martín la última telefonista antes de que se produjera la automatización de la línea telefónica. Como recogió El País, esta mujer jubiló dicha profesión en nuestro país el 19 de diciembre de aquel año dejando atrás su puesto en Polopos (Granada) con una última conexión para llamar al mismísimo Felipe González, presidente del Gobierno entre 1982 y 1996.

Manuel Fernandez-Valdes/Netflix

-Los requisitos machistas de la vida real
Asumiendo que todavía quedaban unas cuantas décadas para la revolución de WhatsApp y la progresiva automatización que hizo que el trabajo de las telefonistas fuera desapareciendo, Las chicas del cable nos traslada a una época en la que estas mujeres tuvieron una gran responsabilidad en momentos históricos. Por ejemplo, durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) era imprescindible la labor de las teleoperadoras para garantizar las comunicaciones telefónicas, conectando las voces de los generales y otros miembros del ejército.

En dicha ficción basada en los años veinte de Madrid este papel transcendental se puso de relieve en el capítulo piloto (Los sueños) cuando los espectadores presenciamos la primera llamada transoceánica que se hizo en España allá por 1928, desde el edificio de la Gran Vía madrileña, con el rey Alfonso XIII descolgando el teléfono y la teleoperadora Lidia haciendo la maniobra correspondiente para escuchar la voz del presidente de Estados Unidos Calvin Coolidge. “Se producirá un hecho que marcará un antes y un después en la historia”, se narra en el episodio acerca de esta histórica llamada.

Sin embargo, hay algunos datos que difieren de la vida real. Según recoge Laura O. Sánchez en Sen Enderezo, por aquel entonces una telefonista no podía ser afroamericana o judía y para optar al puesto las candidatas debían tener una edad comprendida entre los 17 y los 36 años, ser solteras y sin hijos. Algo que no se aplica en el título de Netflix. Recordemos que Ángeles tiene una niña y está casada con Mario (Sergio Mur). Es decir que si no fuera un personaje de ficción su carrera como teleoperadora hubiera terminado al contraer matrimonio.

Más allá de esta licencia que la serie se toma, sí que se ha tenido en cuenta que se exigía un mínimo de altura de 1,55 metros con los brazos en cruz para alcanzar las clavijas más altas. Además, como también se refleja en Las chicas del cable, las mujeres podían vivir con sus amigas y compañeras como es el caso de la joven pueblerina Marga Suárez (Nadia de Santiago) y Lidia que realmente es una criminal profesional que se infiltra en la compañía telefónica para robar el dinero de la caja fuerte.

En el caso real de las chicas del cable españolas debían cumplir los mismos requisitos que las americanas e incluso algunos más ya que eran más jóvenes, estableciéndose la edad límite en 27 años, y aceptaban la condición de que no podían portar gafas. Asimismo se les exigía un certificado de buena conducta, que superaran un dictado rápido y otro lento con auriculares, y que aprobaran un examen de geografía, cultura general e historia. Ahí es nada.

Manuel Fernandez-Valdes/Netflix

-¿Qué condiciones tenían las verdaderas chicas del cable?
Si bien la serie estrenada mundialmente el 28 de abril de 2017 se ambienta en unos idílicos y poco realistas años veinte, uno de los aspectos que más llama la atención de las protagonistas reales es el sueldo que percibían a finales del siglo XIX: un 1/4 del que cobraban los hombres. Para que nos hagamos una idea, aunque era un oficio para el que se necesitaba un alto nivel de paciencia y que generaba mucho estrés, el salario de Emma Nutt y sus compañeras era de 10 dólares al mes (9,13 euros) por 54 horas semanales. Es decir, que la mano de obra femenina resultaba muy barata resumiéndose de este modo por qué las empresas telefónicas decidían apostar por mujeres.

Ahora que tras la Primera Guerra Mundial algunas telefonistas se mostraron en contra de las duras condiciones laborales que debían soportar a cambio de bajos salarios. Es por esto que Julia O’Connor organizó las huelgas generales de 1919 y 1923 contra los abusos de New England Telephone Company aunque la Ley de Igualdad de Salario no se promulgó hasta el 10 de junio de 1963. En la serie, durante la segunda temporada (concretamente el cuarto episodio titulado La culpa), se aborda un paro de las trabajadoras, dejando los puestos desatendidos para pedir la dimisión de Sebastián Uribe (Ernesto Alterio) al grito de “fuera represión” y con Carlota como líder exponiendo que “las telefonistas de esta compañía estamos aquí para reivindicar nuestros derechos que están siendo pisoteados”.

-¿Cómo trabajaban las verdaderas chicas del cable?
Pues bien, como sigue sucediendo en la actualidad, las llamadas no entienden de horarios así que las chicas del cable reales ofrecían un servicio de 24 horas durante los 365 días del año. Las mujeres se organizaban por turnos y, debidamente uniformadas de azul (como bien ilustra la ficción de Netflix), esperaban el timbre que les indicaba que podían pasar a la sala y arrancar la jornada. En este sentido, la impuntualidad no se perdonaba ya que el cuadro nunca podía quedar vacío porque se trataba de un puesto de mucha responsabilidad. De este modo, la actividad no cesaba porque todas las trabajadoras estaban bajo las órdenes de una gobernanta que vigilaba que su labor funcionase correctamente.

En la ficción lo cierto es que el trato de las telefonistas con los jefes dista de lo que sucedía en la vida real y, aunque se sobreentiende la disciplina de las teleoperadoras, la relación de Carlos Cifuentes (Martiño Rivas) o Francisco (Yon González) con las protagonistas de la historia resulta muy estrecha. Eso sí, lo que se mantiene es la esencia del compañerismo entre las chicas y la confidencialidad para con este empleo.

Si prestamos atención a los episodios de Las chicas del cable que se ambientan en la compañía descubriremos cómo las mujeres manejaban los cables con asombrosa rapidez y, en definitiva, aprendemos de qué manera se llevaba a cabo este trabajo rutinario que arrancaba con una persona llamando desde alguna parte de España y solicitando una conexión. Así, las mujeres conectaban un extremo del cable a la clavija de la luz que se encendía y, tras comunicarse con el abonado en cuestión, conectaban con el destinatario al que deseaba llamar introduciendo el cable en la clavija que correspondía. Y así una y otra vez siempre que el teléfono volvía a sonar.

Como contó Celina Ribechini (1924-2018), una de las primeras telefonistas de España, en una entrevista con eldiario.es, la jornada era de siete horas y las mujeres tenían dos pausas, una para ir al servicio y media hora para tomar un bocadillo. “Cuando tenías que ir al servicio se lo tenías que decir a la vigilanta para que viniera otra. El cuadro no se podía dejar libre”, rememoró esta mujer que trabajó en la Central de Pamplona de la Compañía Telefónica Nacional de España tras aprobar una dura oposición en 1942.

Manuel Fernandez-Valdes/Netflix

Como vemos, las historias reales son infinitas pero todas coinciden en que están protagonizadas por mujeres llenas de coraje y de modernidad que fueron capaces de sortear los cánones de la época y alzarse como las pioneras de su tiempo. Es por eso que las protagonistas de Las chicas del cable representan un ejemplo de feminismo, siendo unas jóvenes que se alejaron de los estándares que durante años se les había impuesto para convertirse en mujeres preparadas y competentes que marcaron un antes y un después en el mundo laboral que hoy muchas seguimos empeñadas en conquistar.

En resumidas cuentas, a pesar de que estamos a punto de conocer el desenlace definitivo, la exitosa ficción creada por Gema R. Neira y Ramón Campos se despide con una historia y un discurso que, lejos de quedar antiguo, seguirá conectando con un montón de países y culturas. Porque estoy segura de que aunque esta serie made in Spain ofrece una versión endulzada de las verdaderas condiciones laborales que sufrían las protagonistas reales (en una profesión que, como todas, tenía sus luces y sus sombras), seguiremos hablando de estas chicas del cable durante mucho tiempo ya que es una historia que, por verdadera, seguirá envejeciendo bien.

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