Seamos sinceros, 'La casa de papel' no es para tanto

La casa de papel era uno de los estrenos más esperados del mes de abril entre los usuarios de Netflix, con una cuarta temporada que, como era de esperar, ha vuelto a convertirla en la serie de moda. Tendencia en redes sociales, número 1 entre lo más visto de Netflix, polémica incluida por la revelación de un personaje Y yo sigo sin entender cómo se ha convertido en semejante fenómeno. Lo confieso: me costó horrores terminar cada temporada para poder escribir este artículo.

Tiene características pensadas para hacerla adictiva, y por eso engancha, pero no logro encontrarle el punto. En mis ojos veo una serie plagada de clichés, con una fórmula repetitiva y personajes que por momentos rozan el absurdo. Veo una serie perfecta para el binge-watching (tanto que muchos fans proclaman haber visto sus ocho nuevos episodios en el mismo día del estreno), pero reconozcamos que hay mejores películas de atracos. Que hay series mejor desarrolladas y más originales. Vamos, que La casa de papel es una de las series más sobrevaloradas del streaming.

(Tamara Arranz Ramos, cortesía de Netflix)

El auge que rodea a la serie es tal que ha conseguido dividir a los seriéfilos como si se tratara dos bandos, dos equipos de fútbol, dos ideologías políticas o dos tendencias religiosas. De eso que no se habla a la hora de la cena. Están aquellos que la aman con locura, y los que dicen odiarla. Y cada punto defiende su postura con un fervor que no se veía desde los años de Team Jacob y Team Edward. Solo hay que hacer una búsqueda en redes sociales para ver los comentarios insultantes y agresivos entre fans y detractores, como si no pudiera existir un punto intermedio. Una consecuencia clara de lo que provoca un producto rodeado de fanatismo. Y en eso le doy el mérito a Álex Pina que ha creado un producto que mueve masas, de esos que, por casualidad o no, solo se dan muy de vez en cuando.

Cada cual es libre de ser fan de lo que quiera. Faltaría más. Pero reconozcamos que La casa de papel no va a terminar con el patriarcado y que su mensaje político de resistencia es provocación como herramienta de entretenimiento. A la gente le gusta el mensaje antisistema y así, lo repiten en cada temporada. Estoy convencida que más de un fan que se pone la careta de Dalí en Halloween o proclama las frases del Profesor (Álvaro Morte) ahora vengativo de las últimas temporadas, jamás había oído Bella Ciao en sus vidas o desconocía su significado en la historia de la resistencia de los partisanos italianos contra la ocupación nazi y el fascismo. Al menos, es mi opinión.

Antes que los fans de la serie se me tiren al cuello, sepan que al llevar más de 15 años escribiendo sobre cine y series, me resulta imposible ver historias con ojos de fan. Tiene que gustarme muchísimo un largometraje o una serie, desde la trama a las actuaciones y apartado técnico, para poder pasar esa línea. Lamentablemente son gajes del oficio. Cualquier crítico se los diría. Ojala pudiera ver una película o serie con los ojos y la mente relajada. Pero no, hace mucho tiempo que me resulta imposible. A los críticos, el cerebro nos hace run-run con cada plano, cada luz, cada música, cada actuación, cada ángulo… Y reconozco que con La casa de papel no dejo de llevarme las manos a la cabeza ante los clichés, los posados heroicos con la música perfecta y los giros dramáticos sin sorpresa. ¿O me van a decir que de verdad pensaron que Lisboa había muerto en los pocos segundos que dejaron que asimiláramos la escena al final de la tercera temporada?

(Tamara Arranz Ramos, cortesía de Netflix)

La serie tiene elementos que la hacen adictiva, no lo niego. La música es magnífica, eso es cierto, siendo el recurso más recurrente a la hora de revelar momentos de acción venideros, quitando la sorpresa en muchas ocasiones. Mientras los cliffhangers constantes -prácticamente al final de cada capítulo- hacen que sea imposible no seguir viendo el siguiente, y luego otro y así hasta el final. Para eso están colocados al final, para enganchar, continuar y no frenar y así se genera más fanatismo. Eso que les enseña el propio profesor a la banda de divide y conquista. Pues lo mismo. Mira sin frenar, olvida que hay otras series y te tenemos enganchado para siempre.

El problema es que la serie no da tiempo para que esos cliffhangers cobren sentido. Casi todos tienen solución al comienzo del siguiente episodio, sin dar tiempo a que el espectador los saboree, los analice y espere con paciencia a una revelación impactante, sino todo lo contrario. Lo que yo veo son cliffhangers de solución rápida que muchas veces ni siquiera alcanzan el impacto que pide un buen cliffhanger, como lo hacía The Walking Dead en sus mejores años (el garrote de Negan en la hoguera ¡eso sí fue un cliffhanger de los buenos!) Esa rapidez le quita gracia al suspense, que a mi parecer es inexistente.

La serie ha ido avanzando, adaptándose a las exigencias del público, pero da la sensación que ya no tiene nada nuevo que contar. Se repite, temporada tras otra. ¿Por qué dar un segundo golpe cuando hicieron tantos millones? ¿Por qué volver cuando todos han podido librarse durante 3 años de la justicia? ¿Por qué añadir una agente de policía como la inspectora Sierra (Najwa Nimri), tan malvada y villana? Simple. Para cambiar la trama y coronar a los atracadores como los héroes que la historia necesita para renovarse. Esos mismos que vistos con ojos críticos jamás podrían ser héroes en la vida real. La mayoría abusó de su poder en el primer atraco en la fábrica nacional de moneda y timbre. Dispararon a rehenes, forzaron momentos sexuales y hasta hubo violaciones. La fórmula es evidente. No hay sorpresas. Tanto que ese Profesor que no quería sangre ni muertes, ahora se transforma por venganza.

Mi problema con La casa de papel es que veo una serie plagada de clichés. Y cuando has visto tanto cine y series, los clichés terminan aburriendo. Han americanizado la relación negociador-atracador, han dado debilidad a la figura del policía principal haciendo que pierdan la razón por culpa del amor (el subinspector Ángel Rubio cae en el alcohol, la inspectora Raquel Murillo se enamora del Profesor y adiós carrera). El dramatismo por momentos roza lo telenovelesco. ¿No aprendieron nada de películas como Rififi, Reservoir Dogs u Ocean’s Eleven? Se están jugando la vida con un atraco impresionante y se dejan llevar continuamente por emociones, celosía y orgullo.

(Tamara Arranz Ramos, cortesía de Netflix)

En cuanto a los personajes… Estoy de acuerdo con que Nairobi (Alba Flores) se lleva los mejores momentos, sin lugar a duda, siendo la única figura que rescataría como verdadera protagonista que brilla por sí sola. Y mientras Río (Miguel Herrán) aporta ternura y humanidad, el resto son una banda de sociópatas de cuidado. Y con esto no hay problema, que sintamos simpatía por los villanos protagonistas no es ninguna sorpresa. Ya fuimos victimas de esta jugarreta con Dexter (libros y serie), El silencio de los corderos, Misery y muchas historias más. La literatura, el teatro y el cine llevan siglos jugando con esta fórmula. Nos gustan los personajes extremos porque plasman en pantalla eso que nosotros nunca haríamos, y en eso radica parte de su gracia (y si los adornamos con una buena historia de suspense, pues mejor todavía). Sin embargo, en el caso de La casa de papel esos personajes tienen elementos formulados que quitan el elemento sorpresa: el grandote de físico enorme, extranjero y bruto, el jovencito enamorado más inocente, la feminista que canta las cuarenta, el villano sociópata de voz perfecta para doblaje, el héroe líder con debilidades, etc. Y entre ellos Tokio (Úrsula Corberó), una protagonista difícil de querer, egoísta y malcriada, como le dice Moscú (Paco Tous), con un infantilismo disfrazado de rebeldía que la hacen uno de los personajes más insoportables que he visto en el mundo de las series en mucho tiempo. Ese es el propósito, lo sé, y Úrsula Corberó hace un buen trabajo en crear un personaje que choca y divide tanto a la audiencia, pero a mí me costó horrores seguir sus escenas.

Aunque no puedo dejar de aplaudir el inmenso trabajo detrás de las localizaciones y escenarios, que rozan el lujo para cualquier producción de este calibre. No hay duda que no han escatimado en exprimir el presupuesto para crear temporadas que brillen en estética. El montaje, el diseño de producción y la fotografía de Migue Amoedo son de palma, dignos de una superproducción internacional. Y así, estandarizando con brillo los rincones de la serie han logrado traspasar fronteras y llegar a otros países con el mismo, o más, auge que en España.

En las últimas dos temporadas la serie ha aumentado su dosis de violencia pero ha mutado poco. La fórmula se sigue repitiendo y cuando no hay acción que mostrar, entonces recurren a los dramas personales, añadiendo la escena sexual de turno o los besos sensuales que tocan para dar otro tipo de explosión a la pantalla. Y como esto funciona ¿para qué cambiarlo, verdad?

Por momentos thriller de atracos, por momentos drama erótico, por otro drama personal y con poses constantes de héroes salidos de una película de Baz Luhrmann (lo de Hugh Jackman en Australia es inferior al lado de las poses de Úrsula Corberó en esta serie), así veo a La casa de papel. Sin embargo, si hay algo que no se le puede negar a Álex Pina y su equipo es que han sabido crear una fórmula que engancha. Pero no es más que eso. Una fórmula de entretenimiento que si no deja de estirar el chicle puede ver como el globo explota cuando menos lo imagine. ¿Se acuerdan del auge de Perdidos? ¿Se acuerdan cómo terminó? Pues eso.

Más historias que te pueden interesar: