'El Practicante', la película de Mario Casas que te hará dudar de tu vecino antipático

Valeria Martínez
·5 min de lectura

PUNTUACIÓN: 82/100

Brutal, así podría definirse en una palabra el nuevo thriller psicológico que aterriza en Netflix el 16 de septiembre. Dirigida por Carles Torras, El Practicante es una película de género puro, de esas que no se andan con rodeos y mantienen nuestros sentidos en alerta. Lo consigue de tal manera que al llegar a su final logra que todavía nos aceche la mirada fría de Mario Casas con el primer villano de su carrera.

El Practicante (cortesía de Netflix)
El Practicante (cortesía de Netflix)

A diferencia de otros thrillers en donde el héroe y el villano están bien definidos, aquí el centro de la trama es un personaje oscuro llamado Ángel, un paramédico que desde el primer momento que aparece en pantalla nos produce repelús. La frialdad con que hace su trabajo podría resultar creíble al lidiar a diario con tragedias humanas como trabajador de una ambulancia, pero al verlo llevándose trofeos de los accidentes que asiste, la violencia que roza en momentos íntimos con su pareja o la manipulación que ejerce sobre ella, sabemos que no es trago limpio. Todo esto sumado al rechazo prepotente que muestra a su vecino abuelete por tener un perro que ladra toda la noche al verse obligado a dejarlo solo para cuidar de su esposa internada en el hospital. A él nada le conmueve y si fuera tu vecino seguramente evitarías cruzártelo en el pasillo.

Sin embargo la vida de Ángel da un vuelco radical en los primeros minutos de metraje cuando la ambulancia que lo lleva asistiendo a un paciente sufre un accidente. La lesión lo deja en silla de ruedas, parapléjico, intensificando aún más su frialdad y su faceta manipuladora ante la pérdida de control de su cuerpo, su vida y la de quienes le rodean. Tras la introducción del personaje resulta imposible desarrollar empatía por su tragedia (aunque la película sí despierta conciencias sobre la realidad que vive una persona discapacitada en la vía pública y la solidaridad que a veces no llega), es evidente que la forma en que trata a su novia Vane (Déborah François) es fruto de una persona psicópata y no de alguien que solo está sufriendo las consecuencias de la pérdida física. Postrado en su silla de ruedas maneja los hilos de su relación a base de manipulación, consumido por los celos ante la libertad de su pareja y la sospecha que crece en él cada vez que sale de casa.

Para el señor mayor de edad que comparte el mismo edificio, Ángel bien podría ser un vecino antipático, de esos que más de uno hemos tenido en el mismo edificio y que jamás se molestan por entablar conversación. Mucho menos ofrecer su ayuda. El pobre perro ladra por estar solo, y él también lo está por las noches ¿por qué no ofrecer una mano al vecino solitario que también está sufriendo una tragedia personal, llevarse al perrito unas horas por la noche y asunto arreglado? No. Para Ángel los animales “no tienen sentimientos”. Pero él tampoco. Si tan solo ese vecino mayor supiera lo que se esconde tras la puerta del paramédico en silla de ruedas...

La obsesión crece hasta cruzar límites insospechados, alimentada por la traición que Ángel siente al descubrir la nueva vida de Vane tras romper la relación. En Ángel, la empatía y comprensión por el prójimo son nulas. Ni las siente ni las espera, más bien las fuerza cuando le conviene.

El Practicante (cortesía de Netflix)
El Practicante (cortesía de Netflix)

Después de subir 10 kilos para su papel en La piel del lobo y de bajar 22 para El fotógrafo de Mauthausen, Mario Casas sigue demostrando que va camino a convertirse en el Christian Bale español al volver a cambiar su físico con 8 kilos menos. En esta ocasión, el actor se mete de lleno en un personaje que vuelve a romper con la imagen de héroe romántico de sus primeros éxitos, ampliando su horizonte interpretativo aun más todavía. Pasó todo el rodaje metido en el personaje, apoyándose en los consejos de psiquiatras y personas que sufren la misma lesión que su personaje, aprendiendo a moverse en silla de ruedas, entregandose por completo a la mente y frialdad de un psicópata.

El Practicante es el segundo largometraje de Carles Torras tras su magnífico debut de 2016, Callback, y nos adentra en la historia recordándonos otros largometrajes centrados en personajes oscuros como Nightcrawler o El maquinista, con un poco de la desesperación del secuestro que transmite Misery. Hasta podemos detectar un momento “a lo ducha de Psicosis”. Sin embargo, la película que probablemente sirvió de mayor inspiración es El coleccionista de 1965, aquella obra inolvidable de William Wyler sobre un joven tímido que secuestra a la chica que lo tiene obsesionado. Evidentemente todas ellas son peliculas de intenciones diferentes pero coinciden en ese retrato centrado en la figura de un personaje detestable pero que atrapa.

Hace tiempo que Netflix se convirtió en el nicho perfecto para el género thriller, pero también parece que Mario Casas le ha encontrado el gustito a estas historias oscuras. Lo hizo con Contratiempo y Hogar, subiendo el listón aun más todavía con El Practicante.

Ángel manipula a su novia y a quienes le rodean solo para tener la vida que espera, pero no manipula al espectador. Su maldad y egoísmo quedan latentes desde el principio. La película no nos engaña pero alberga momentos inesperados que logran hacerla más efectiva todavía.

Eso sí, así como Trimagasi hizo que "obvio" se convirtiera en palabra insigna de El hoyo -uno de los fenómenos virales de Netflix en 2020- El Practicante hará que más de uno sospeche de ese vecino antipático que nunca sonríe, que ni saluda y todo parece molestarle. Y el mérito es de Mario Casas que logra meterse dentro de la piel de un personaje que no transmite emociones naturales, sino miradas penetrantes que lo dicen todo. Su rostro es un poema de terror.

Con tan solo hora y media de metraje, El Practicante nos mantiene en vilo a cada minuto, sin dejarnos ir incluso cuando ha terminado la historia. La sensación de venganza y la actuación acechante de Mario Casas consiguen quedarse en el aire, algo que solo consigue un buen thriller psicológico. Sin dudas, es uno de ellos.

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