El Juego del Calamar esconde una crítica feroz al capitalismo salvaje que está pasando desapercibida

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¡Atención! Este artículo incluye spoilers de El juego del calamar. ¡Estás avisado!

A menos que hayas pasado las últimas dos semanas debajo de una piedra, estoy completamente seguro de que habrás oído hablar de El juego del calamar. Esta serie surcoreana de Netflix se ha convertido en tiempo récord en uno de los mayores fenómenos globales del streaming del año -y de los últimos tiempos-, causando verdadera sensación en Internet, donde los memes y los análisis pormenorizados inundan las redes sociales.

Toda la serie está dando que hablar, pero si hay un episodio que ha provocado el mayor aluvión de reacciones y momentos virales es el sexto, sin duda su hora más devastadora y dolorosa, un capítulo en el que la codicia y la traición nos asestan un duro golpe en el estómago y el sacrificio se alza como uno de los temas principales de la serie. 

Fotograma de 'El juego del calamar' (Youngkyu Park; cortesía de Netflix)
Fotograma de 'El juego del calamar' (Youngkyu Park; cortesía de Netflix)

El juego del calamar nos sumerge en un mundo distópico en el que cientos de personas con problemas económicos acceden a participar en una sangrienta competición para ganar una cuantiosa recompensa. En la estela de Battle Royale o Los juegos del hambre, solo uno puede quedar con vida. Para ello, los participantes se enfrentan a sádicas pruebas mortales basadas en juegos infantiles, donde harán todo lo posible por sobrevivir, poniendo así a prueba sus sistemas morales. Llegados al sexto capítulo, los concursantes que quedan en pie ya han superado tres juegos, mientras que la criba ha dejado cientos de muertos en el camino. Y el cuarto juego introduce un giro que sirve como punto de partida al episodio más íntimo y personal, en el que se desarrollan una serie de conversaciones que nos dan las claves principales de la serie y sus protagonistas.

Llegados a este punto de la historia, El juego del calamar ya nos ha demostrado que es una serie de emociones fuertes, pero resulta que nos tenía reservada la mayor puñalada para este episodio. El cuarto juego es el juego de las canicas, pero por supuesto, hay giro. Como ha ido ocurriendo hasta ese momento en la competición, el anfitrión no explica las normas hasta que se han formado los equipos. En primer lugar, los concursantes deben elegir una pareja para competir juntos y el sexismo vuelve a hacer acto de presencia, ya que muchos no quieren a una mujer o a cualquiera que sea percibido como débil como pareja. Y el primer golpe no tarda en aparecer: el número total de concursante es impar, y el que quede sin pareja será fulminantemente eliminado (con este capítulo, muchos tuvimos flashbacks de las clases de educación física en las que éramos siempre el último en ser elegido).

Las parejas más importantes en las que se centra el episodio está formadas por Gi-hun, el protagonista, y el Jugador 001, anciano con un tumor cerebral que prefiere jugar en lugar de esperar a la muerte fuera; Sang-woo, antiguo compañero de estudios de Gi-hun, y Ali, inmigrante pakistaní que entra en el juego para ayudar a su familia; y por último, las jóvenes Sae-byeok, desertora norcoreana que quiere reencontrarse con su familia, y la jugadora 240, una joven y solitaria exconvicta.

Fotograma del sexto episodio de 'El juego del calamar' (cortesía de Netflix)
Fotograma del sexto episodio de 'El juego del calamar' (cortesía de Netflix)

Es después de que los concursantes han elegido su pareja para participar cuando se desvela el giro: en realidad competirán el uno contra el otro. Teniendo en cuenta que muchos se han emparejado por afinidad, amistad o incluso amor, esta se convierte en la prueba más dolorosa de toda la serie. La mitad de concursantes morirá en este capítulo sí o sí, y con ellos algunos de nuestros personajes favoritos. Además, el escenario en el que se desarrolla el juego está diseñado basándose en el barrio de la infancia de uno de los concursantes, lo que añade además un cruel componente extra de nostalgia. Pero sigamos con las reglas. El objetivo es quedarse con todas las canicas del rival. Tienen treinta minutos y los concursantes pueden elegir el juego.

El desarrollo de la prueba contrasta con las anteriores, más físicas y sangrientas, creando en el centro de la historia un remanso de reflexión y humanidad en el que la serie encuentra otra manera de impactarnos más allá de la violencia. Mediante las conversaciones que se desarrollan entre los concursantes, El juego del calamar nos habla de dos elementos opuestos en juego: la codicia y el sacrificio, dos maneras de aproximarse a la competición que separan moralmente a los concursantes y nos indican quiénes (a priori) son mejores o peores personas. Pero claro, nada es tan simple en esta serie, donde casi nadie es enteramente bueno o malo y casi todos, al final, son víctimas del sistema.

Por un lado tenemos a Sang-woo, uno de los personajes más complejos de El juego del calamar. Tramposo y amoral, el antagonista de Gi-hun juega sucio, haciendo de “El fin justifica los medios” su lema. En el lado opuesto, Ali es uno de los personajes más bondadosos e inocentes de la serie -además de uno de los más queridos por la audiencia-. Durante el juego, Sang-woo intenta convencer a Ali de que pueden aliarse para ganar a los demás. Ali accede a darle sus canicas, pero Sang-woo lo traiciona para asegurarse su supervivencia, cambiándolas por piedras y quedándose él con todas, lo que lleva a Ali a perder y ser ejecutado. Sin duda la de Ali es una de las muertes más devastadoras de la serie (si no la que más), como se puede comprobar por el océano de lágrimas que ha provocado en redes sociales.

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Por otro lado, el enfrentamiento entre Sae-byeok y la Jugadora 240 no es tal cosa. Las dos deciden jugar a un todo o nada, pero antes, mantienen una profunda conversación sobre sus familias, sus pasados y los motivos que las han llevado al juego. 240 desvela que su nombre es Ji-yeong y que fue a la cárcel por matar a su padre, que abusaba de ella. Sae-byeok le cuenta que huyó de Corea del Norte y necesita el dinero para recuperar a sus padres y su hermano. Tras la conversación, Ji-yeong, decide que Sae-byeok tiene más motivos para vivir y la deja ganar, sacrificándose por ella y dándole las gracias por jugar a su lado, lo único que ella quería en el fondo. 

La despedida entre ambas es una bala que va directa al corazón y la sonrisa de Ji-yeong antes de morir se quedará grabada en nuestra retina para siempre. Como consuelo, elijo imaginarme un final alternativo con las dos viajando juntas a la isla de Jeju y Ali reuniéndose con su familia.

Por último, pero no por ello menos importante, Gi-hun se aprovecha de la vejez y la demencia de 001 para ganarle. Ellos también mantienen una preciosa conversación en la que el anciano le dice a su contrincante que ahora es su Gganbu (el título del episodio), es decir, su mejor amigo del barrio, en el que más confiaba. Gi-hun no quiere hacerle daño, pero necesita ganar. Al final, resulta que 001 sabía en todo momento que Gi-hun estaba haciendo trampa, pero aun así le deja ganar, desvelando que su nombre es Oh Il-nam. Otro sacrificio, en este caso de la vejez por la juventud, de un hombre que no tiene nada que perder por otro que tiene una hija pequeña por la que luchar.

Pero de nuevo, no todo es lo que parece. Al final de la serie, en un giro sorpresa, se desvela que Oh Il-nam no fue ejecutado tras la prueba y es el hombre detrás del juego, lo que lo cambia todo. A su vez, en el séptimo episodio se anuncia la llegada de los VIPs, un grupo de hombres extranjeros de gran poder que observan el juego desde una de lujo y hacen apuestas con las vidas de los concursantes, simbolizando la idea de los ricos viendo sufrir a los estratos socioeconómicos más bajos como espectadores, en lugar de intervenir y ayudar a los más necesitados, desamparados ante un sistema que sigue favoreciendo a los favorecidos. Oh Il-nam está detrás de esta perturbadora maquinaria (también reminiscente de la saga La purga), lo que nos hace verlo de forma completamente distinta en retrospectiva. Pero aun sabiendo esto, del capítulo 6 podemos elegir quedarnos con la idea del sacrificio de una generación por otra en un mundo que nos está poniendo las cosas difíciles y en el que la brecha generacional es cada vez más ancha. Aunque en este caso sea parte de una elaborada mentira.

Esta serie es una feroz crítica al capitalismo y las diferencias de clase, y su sexto episodio sirve para subrayar ideales y valores opuestos. La codicia de Sang-woo resulta en la muerte de una de las personas más inocentes y moralmente rectas de la serie, Ali, reflejando así la realidad social de un mundo injusto en el que no hace falta jugar limpio para ganar, donde el empresario se aprovechará del inmigrante y se deshará de él cuando se interponga en su camino. En el polo opuesto, el sacrificio de Ji-yeong por Sae-byeok simboliza la solidaridad entre miembros jóvenes de la misma generación, víctimas del sistema corrupto e injusto, y también del patriarcado; mientras que la (falsa) muerte de Oh Il-nam reconcilia a dos generaciones y lanza el mensaje de que ahora es nuestro turno de encargarnos del mundo.

En todo caso y dejando todas estas lecturas a un lado, lo más importante es que el capítulo ha generado una avalancha de emociones en los espectadores, que han quedado completamente marcados por las tristes despedidas de unos personajes a los que habían cogido cariño en muy poco tiempo y a los que sin duda nos habría encantado ver más, aunque en el fondo supiéramos que un final feliz era imposible para casi todos ellos.

El juego del calamar se ha hecho famoso por sus retorcidas pruebas de vida o muerte y su contenido violento, pero su capítulo más desgarrador apenas tiene acción en el sentido tradicional de la palabra. En su lugar, nos da las escenas de mayor desazón y emotividad de la temporada, poniendo el foco en los dilemas interiores de los personajes y cómo estos conectan entre ellos, con la sociedad coreana y con el ser humano en general. Este episodio, el mejor valorado por los espectadores, lleva la historia a otro nivel, profundizando más en la crítica que hay detrás de su llamativo argumento, y elevando a los personajes por encima del juego, en una labor de introspección que no ha dejado indiferente a nadie.

Sin eso, la serie de Netflix habría sido otro divertimento efectista y sin mayor trascendencia para matar el tiempo. Pero gracias a este capítulo y sus momentos de ternura en el ojo del huracán nos damos cuenta de que detrás de la sangre, las muertes violentas y los giros impactantes, hay historias humanas que nos dicen que El juego del calamar es mucho más que un juego.

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