'El farmacéutico', la historia real del padre coraje que terminó enfrentándose a la epidemia de opioides

Un padre coraje luchando contra la policía, el mercado de las drogas y una empresa de fármacos multimillonaria. Ese es Dan Schneider, un hombre obstinado y motivado por el dolor que se enfrentó a la misión de su vida tras el asesinato de su hijo en 1999. Su incansable lucha es el protagonista de El farmacéutico, el nuevo true crime de Netflix que esconde una historia real tan triste como espeluznante.

Su historia y su personalidad extrovertida plagada de carisma son los ingredientes perfectos para protagonizar este nuevo true crime de cuatro episodios que, a pesar de estar marcado por la tragedia, descubre hasta dónde puede llegar la valentía del ser humano cuando el dolor más profundo es el motor de nuestros actos.

(Cortesía de Netflix)

No podemos negar que si algo se le da bien a Netflix, verdaderamente bien, es el true crime. Aunque estas historias suelen contar con asesinos o personas cumpliendo condena por un crimen que no cometieron como protagonistas, en esta ocasión, el gigante streaming le da la vuelta al género para traernos la historia del padre que se enfrentó a los criminales que de un día para el otro se toparon en su camino. Dan Schneider es un farmacéutico de pueblo. Un tipo normal y corriente con una familia modesta. Un hombre que básicamente vivía la misma vida de Clark Griswold -el personaje de Chevy Chase en Las vacaciones de una chiflada familia americana-. Es decir, un padrazo de vida sencilla que dividía sus días entre su trabajo y su devoción por su mujer y sus dos hijos. Pero todo cambió en 1999, cuando la policía lo despertó a él y a su esposa en plena madrugada con la noticia de que su hijo de 22 años, al que creían que estaba durmiendo en su habitación, lo habían encontrado en su furgoneta asesinado de un disparo. Había intentado comprar crack en el 9th Ward de Nueva Orleans, el barrio más peligroso de la zona.

Ellos desconocían la adicción de Danny haciendo que la muerte en sí misma y el descubrimiento de las tendencias de su hijo colmaran los primeros días de luto de ambos que, sumidos en el dolor, llegaron a pensar en el suicidio. Y fue poco después cuando el padre cayó en la cuenta de que su hijo había sido asesinado. Que alguien le había quitado la vida. Que había un culpable suelto en las calles y que la policía no parecía interesada en dar solución al caso. Para las autoridades no era más que otro tiroteo en una zona peligrosa, siguiendo el estereotipo de que por tratarse de drogas, Danny se lo habría buscado.

El padre no daba crédito al rechazo de la policía local y decidió que él encontraría al asesino. Con el coraje que solo el dolor profundo puede provocar, cogió una grabadora y grabó todas, absolutamente todas, sus conversaciones. Y es gracias a todos esos testimonios que llenan cajas y cajas en el altillo de su casa que esta docuserie de 4 episodios puede contar su historia. Grabó a la misma policía y a todos aquellos que entrevistó mientras buscaba al culpable. Condujo día y noche por el 9th Ward, topándose con muchas puertas cerradas debido al miedo que ejerce el narcotráfico en la zona. El que hablaba podía acabar muerto. La policía intentó detenerlo, su familia temía por su vida, pero él necesitaba cumplir su misión en honor a su hijo. Pasaron muchos meses sin ninguna pista y antes de darse por vencido tomó el listado telefónico y comenzó a llamar a todas las casas cercanas a la esquina del crimen. Hizo entre 40 y 50 llamadas al día hasta que en una de ellas dio con la casa indicada. Tenía una testigo.

(Cortesía de Netflix)

Dan Schneider acosó e insistió tanto y durante tanto tiempo que logró que la mujer señalara oficialmente al culpable, a pesar de las amenazas de muerte y de haber sido encontrada por el asesino incluso estando en el programa de protección de testigos. Pero la insistencia acosadora de ese padre en busca de justicia logró su cometido. No voy a contarles quién fue el asesino ya que se trata de uno de los giros inesperados de la historia. Solo les diré que fue un joven que por entonces tenía 15 años y sirvió 13 de los 15 años a los que fue condenado, pero Dan Schneider logra conquistarnos con esta primera mitad de la serie gracias a la emoción que emana delante de la cámara a través de sus ojos llenos de lágrimas y una personalidad carismática. Un justiciero de la vida real que no esperaba que la muerte de su hijo lo llevara a expandir su investigación y convertirse en pieza clave en la lucha contra la epidemia de opioides.

SU LUCHA NO TERMINÓ AHÍ
A pesar de encontrar justicia por el asesinato de su hijo, la lucha de este padre coraje no terminó ahí. A raíz de su investigación, fue capaz de detectar la epidemia de opiáceos que poco después azotó a la zona y más tarde el país. Tanto que actualmente mata a más personas que el SIDA en EEUU. Y es que El farmacéutico cuenta con dos historias en una. La primera relata la investigación de tono policial que él mismo llevó a cabo para encontrar al asesino de su hijo con un tono de true crime dramático, siendo el prólogo de una segunda parte de tono más documental.

Cómodo en su nuevo rol de justiciero, Schneider -que era farmacéutico desde 1975- comenzó a notar un incremento llamativo en la cantidad de clientes con recetas para comprar OxyContin (oxicodona). Se trata de un analgésico opioide altamente adictivo desarrollado por Purdue Pharma que más tarde se relacionó directamente con la epidemia opioide que arrasa con miles de vidas en EEUU. Las sobredosis y muertes por el abuso de este medicamento (y la adicción que provoca) son responsables de decenas de miles de muertes, llevando a demandas en diferentes estados del país en contra de diferentes gigantes farmacéuticos, en este caso Purdue Pharma que, finalmente, presentó la bancarrota en septiembre de 2019.

Pero volvamos a Dan. OxyContin fue muy popular entre los finales de los 90 y finales de los años 2000 y a través del mostrador de la farmacia en donde trabajaba, Schneider detectó el nacimiento de una epidemia que todavía sigue devastando al país. Tras ver que cada vez eran más los pacientes de entre 18 y 25 años que llegaban con recetas médicas pidiendo este analgésico cuando parecían sanos y sin dolores extremos (para lo que supuestamente se recetaba), recordó lo ciego que había estado con su hijo y los problemas con el crack que lo llevaron a la muerte. Cogió la grabadora de nuevo y comenzó su segunda investigación.

Su búsqueda lo llevó a descubrir a Jacqueline Cleggett, una doctora que dirigía una clínica para el dolor hasta altas horas de la noche, y firmaba la gran mayoría de recetas que llegaban a su farmacia. Recetas que, por cierto, a veces iban acompañadas por otras de Xanax y Soma que, tomadas junto a OxyContin formaban el cóctel conocido como “la trinidad maldita”. Pero él solo no podía contra ella. Necesitaba pruebas. Pasaron muchos meses y desde la farmacia se jugaba su puesto intentando convencer a pacientes de que no compraran la medicación que apuntaba la receta. Él luchaba como podía mientras Purdue Pharma se hacía más millonaria. Entre 2000 y 2001 las ventas de OxyContin se dispararon en EEUU. Con apenas 75.000 habitantes, su pueblo de St.Bernard Parish en Nueva Orleans, llegó a las noticias nacionales como el corazón de la epidemia y el lugar de la mayor cantidad de sobredosis per cápita del estado de Luisiana.

Ante semejante epidemia, Schneider volvió a recurrir a su faceta obsesiva. Llamó a las autoridades e insistió tanto que terminó siendo clave para la investigación que el FBI y la DEA estaban llevando a cabo. Gracias a él y a las recetas de pacientes que guardaba logró captar una sobredosis que hubiera sido letal para una menor de edad firmada por Cleggett. Así lograron apresarla y suspender su licencia médica. Aunque no sirvió tiempo en prisión debido a un accidente de coche que la dejó con lesiones cerebrales, la ex doctora aparece en el documental sin una pizca de arrepentimiento. Ella sigue defendiéndose de que estaba cumpliendo su labor de aliviar el dolor de sus pacientes y afirma rotundamente que no tiene responsabilidad en la epidemia de su pueblo. Hiela la sangre oírla tan fría cuando los datos dicen otra cosa.

Dan Schneider logró ser un héroe inesperado aunque sus esfuerzos son diminutos en comparación con la tremenda epidemia. OxyContin fue un eslabón que disparó la adicción opioide, pero al cerrar el consultorio de Cleggett, otros médicos abrieron el suyo. La adicción ya estaba presente, la demanda crecía, y lo mismo hizo la oferta. Mientras tanto, Purdue Pharma hizo miles de millones en ventas de OxyContin y en 2017 el Departamento de Salud de EEUU declaró la emergencia médica calculando que 130 personas mueren de sobredosis por el uso de drogas opioides en el país al día. La empresa habrá declarado la bancarrota ante el aluvión de demandas, pero sus ejecutivos negaron saber que la droga provocaba adicción (lo mismo que hicieron las empresas tabaqueras hace décadas) y ninguno fue a prisión (pagaron cientos de millones en multas y demandas). Como tampoco la familia dueña de la compañía de la que se cree posee una riqueza de 13 mil millones de dólares tras construir “un imperio de dolor” con millones de adictos como tituló New Yorker hace unos años.

Dan será todo un justiciero pero su lucha deja muchas preguntas. Aunque la serie falla en varias ocasiones, sobre todo en no explicarnos qué motivó al asesino de Danny a quitarle la vida, el problema está en la triste moraleja que representa. Este farmacéutico libró una batalla feroz en honor a su hijo pero ¿hizo lo correcto? Como se pregunta él al final de la serie. El desenlace es muy complicado para resumirlo en pocas palabras, pero al quitar a la doctora Cleggett del mercado, se abrieron otras clínicas y la adicción siguió creciendo. Al cerrar Purdue Pharma, la droga cambió, haciéndose más barata e ilegal -ahora el mayor problema sería el fentanillo-, recurriendo a la proliferación del narcotráfico y una epidemia que no deja de crecer.

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