‘Chicas perdidas’, el true crime de Netflix sobre el caso sin resolver de un asesino en serie de mujeres

La sección true crime de Netflix ya tiene una nueva historia entre sus filas. Se trata de Chicas perdidas, una película que quizás lleve a confusión en sus primeros minutos dado que no advierte que se trata de la historia real de un asesino en serie de forma explícita -solo incluye un subtítulo que dice: “un misterio americano no resuelto”- pero lo es, y leyendo más sobre el caso es todavía más espeluznante.

Si bien a priori su tráiler nos recuerda al éxito más reciente del género, Creedme, el problema con Chicas perdidas es que deja varios cabos sueltos cuando se trata de una historia plagada de dudas. Hayas visto o no la propuesta de Netflix, aquí te contamos todo lo que necesitas saber antes o después de verla.

Jessica Kourkounis; cortesía de Netflix

La película de 93 minutos documenta el caso del “asesino en serie de Long Island” que se cree que asesinó entre 10 y 16 mujeres, la mayoría asociadas con la prostitución, entre 1996 y 2013 en Nueva York pero que en lugar de contar el caso en tono documental, opta por centrarse en los familiares de las víctimas a través de la figura de una madre coraje interpretada por Amy Ryan.

Chicas perdidas comienza presentándonos a Mari Gilbert, una madre que trabaja duro por mantener un techo sobre su familia. Aunque no estamos ante una mujer víctima de su fortuna. Ella es de armas tomar y sin pelos en la lengua. Una superviviente de su realidad que sufre un cambio radical en su vida cuando su hija mayor, Shannan, desaparece en 2010 tras realizar una llamada a los servicios de emergencia mientras corría desesperada en plena madrugada a través de un barrio privado llamado Ocean Parkway en Nueva York. La policía tarda una hora en llegar al sitio y ni siquiera piden las grabaciones de las cámaras de seguridad cercanas, ni entrevistan adecuadamente a los vecinos ni hacen una búsqueda adecuada por todo el sitio. Hay muchos cabos sueltos que dan lugar a la sospecha. Y mientras, como espectador, nos hierve la sangre ante semejante injusticia. Hay varios hombres implicados: el chofer que la vio huir, el cliente del que ella posiblemente huía y un doctor de la zona que llamó a la madre sin motivo aparente a dos días de la desaparición y luego lo negó. Pero nadie le da importancia.

¿Por qué? Porque Shannan se dedicaba a la prostitución y la policía no se toma en serio el caso. Así como vimos en Creedme -el último true crime de Netflix digno de visionado-, los policías (todos masculinos) prejuzgan enseguida las circunstancias personales haciendo oídos sordos y criticando abiertamente a la madre y la posible víctima, sin hacer caso y luego descuidando la investigación como si las pruebas no tuvieran valor ninguna. Porque la vida de esa víctima tampoco la tenía. Para ellos, porque era prostituta.

Como decía, al igual que en Creedme, el juicio social pesa más que la desesperación de la familia o que la simple necesidad de cumplir con su trabajo. Es Mari, una madre dolida que traspira culpa por cada poro de su piel, la que toma justicia por su cuenta. Insiste y persigue a la policía, hace entrevistas ella misma y coloca carteles con el rostro de su hija por toda la zona. Es pura casualidad que unos meses más tarde, un perro descubre un cadáver cuando un policía lo suelta para que haga sus necesidades. Y así descubren los cuerpos de cuatro mujeres metidos en sacos de arpillera cerca del sitio donde Shannan había desaparecido. Ninguna era la joven desaparecida pero hace que las familias se unan en la investigación y contra la ineptitud policial. Esas víctimas también eran prostitutas y reciben el mismo trato.

Tal y como la vemos encarnada por la actriz de 51 años, Mari Gilbert no era una mujer que cayera bien fácilmente. Era dura, incluso con sus hijas, una mujer de pocos amigos que había entregado a Shannan al sistema cuando tenía 7 años. Su segunda hija Sherre se roba el espectáculo con la empática interpretación de Thomasin McKenzie, esa joven que vimos en The King y Jojo Rabbit capaz de evocar ternura con un dramatismo realista que provoca hasta las lágrimas. Y Sarra (Oona Laurence), la hija menor que sufre problemas mentales.

Chicas perdidas retrata el caso cronológicamente, pero se centra sobre todo en el juicio social vertido sobre las víctimas, cuando no solo la policía pero los medios y el público se refieren a ellas como prostitutas, y no como mujeres, madres, hijas o hermanas… pero también en el drama familiar, en el núcleo de estos personajes hundidos en la tragedia, en la incertidumbre de saber qué pasó con Shannan y la desesperación ante la soledad que la escasa investigación provoca en ellas. Sin embargo, Chicas perdidas tiene varios problemas. Por un lado, faltan datos para conocer mejor el caso y considerarla un true crime redondo; y por otro, se centra demasiado en la figura de la madre y no llegamos a conocer del todo a la propia víctima. Solo sabemos que era inteligente, que se graduó antes de tiempo y que tenía una voz muy bonita (lo demuestra un video de un concurso de talentos infantil que la madre ve varias veces). Pero por qué llegó a dedicarse a la prostitución, qué tipo de relación tenía con su madre (sabemos que iba a llevarle dinero la noche que desapareció pero también que había cierta tensión) queda en el aire.

LA HISTORIA REAL: LO QUE NO CUENTA LA PELÍCULA
El asesino de Long Island es también conocido como el asesino de Craiglist dado que las víctimas que ejercían la prostitución tenían avisos en dicha web de anuncios. Los primeros cuerpos se encontraron en diciembre de 2010 como muestra la película, y otros seis en marzo y abril de 2011. Según cita Wikipedia, los asesinatos podrían haber ocurrido entre 1996 y 2013.

Tal y como muestra la película, fue la insistencia de Mari la que consiguió que la policía comenzara a buscar a Shannan y, en consecuencia, dieran con los primeros cuerpos. El cuerpo de Shannan apareció un año más tarde unos 15 kilómetros más lejos. Y si bien la película no termina de detallar el resultado del caso más que en una breve explicación, Mari Gilbert siguió luchando contra la policía incluso tras encontrar el cadáver de su hija. La investigación decía que la joven de 24 años había muerto por culpa de los elementos, pero una autopsia forzada por la madre demostró que tenía signos de estrangulamiento. Es como si la investigación continuamente quisiera ocultar algo: las grabaciones de seguridad borradas, pruebas desaparecidas, la falta de interés…

En la vida real, Mari llegó a demandar al doctor Hackett, el mismo que la llamó al momento de la desaparición, convencida de que la había drogado y facilitado su muerte (Vice). Gran parte de la demanda fue desestimada (Newsday via Women’s Health), pero Mari continuó. En 2013 abrió una petición en Change.org pidiendo que liberaran las grabaciones de su hija al servicio de emergencias esa noche.

Sin embargo, el final de Mari fue tan trágico como el de Shannan. Murió cuando su hija Sarra la atacó con más 200 puñaladas y le dio un golpe en la cabeza con un extintor de incendios durante un brote psicótico, seis años después de la desaparición de su hermana. La joven de 28 años fue sentenciada a 25 años de prisión en 2017. Desde la muerte de Mari, sus hijas Sheree y Stevie (que no aparece en la película) siguieron luchando por conseguir justicia por el asesinato de su hermana y del resto de víctimas.

Volviendo al caso, fue recién en 2015 cuando el FBI se hizo cargo de la investigación, acusando al policía al mando, el agente James Burke, de bloquear al FBI durante años. Pero lo más importante, y que Chicas perdidas no explica, es que el caso sigue abierto. En 2017, el fiscal de distrito nombró a un sospechoso llamado John Bittrolff, un carpintero de la zona sentenciado por el homicidio de dos prostitutas en 1993 y 1994 tras asociarse con las victimas a través de ADN. A enero de 2020 el caso sigue abierto tras darse a conocer la existencia de un cinturón que podría estar relacionado con los asesinatos.

Jessica Kourkounis; cortesía de Netflix

EL VEREDICTO DE ‘CHICAS PERDIDAS’
Estamos ante un cuento de justa indignación, de incapacidad policial, de juicio social y de hombres en poder incapaces de oír a las mujeres de esta historia.
Sin embargo, Chicas perdidas no termina de convencernos del todo como largometraje en sí mismo. Las actuaciones bailan entre los clichés y la crudeza desnuda en varias ocasiones, confundiendo sobre las intenciones de la directora Liz Garbus -nominada a dos Óscar en el pasado a mejor documental- que parece insegura entre los datos reales y la dramatización de la historia. Si iba a centrarse en la figura de Mari es una pena que la directora no haya ido aún más lejos. Es como si continuamente se quedara a medias.

Basada en el bestseller de Robert Kolker, Lost girls: an unsolved american mystery, la película se centra en estas figuras y peca de demasiado dramatismo para ser una historia de true crime. La directora se centra en estas figuras, sobre todo en la de Mari Gilbert, en lugar de relatar más detalles del caso de este asesino que todavía hoy en día sigue desaparecido .

En resumen, Chicas perdidas levanta sospechas pero deja cierta decepción. Y esto es porque al tratarse de un caso no resuelto, y ante la evidente falta de datos, parece una historia inconclusa.

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