'Adú' arrasa en Netflix: la película española que aborda el drama humanitario de la inmigración

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Completamente necesaria. Es lo primero que pensé cuando me sequé las lágrimas mientras corrían los créditos finales de Adú, la película española estrenada el pasado 31 de enero en las salas de cine y que ahora arrasa en el streaming tras su incorporación al catálogo de Netflix. De hecho, en el momento de escribir este artículo permanece en la cuarta posición de un top 10 encabezado por el desenlace de Las chicas del cable que a más de uno nos ha dejado con sentimientos encontrados.

Y es que esta cinta dirigida por Salvador Calvo (1898: Los últimos de Filipinas) retrata el drama de la inmigración poniendo el foco en el intento desesperado por alcanzar Europa de un niño interpretado por Moustapha Oumarou. Una historia de esas que te revuelven las tripas, te hacen reflexionar y que, en definitiva, no dejan indiferente a nadie.

©Manolo Pavón (Cortesía de Mediaset)
©Manolo Pavón (Cortesía de Mediaset)

Mediaset España está detrás de la producción de una de las películas más emotivas de lo que llevamos de año y que ahora desembarca en Netflix en un contexto gravemente crítico contra el racismo y la xenofobia. Si bien Adú (anteriormente titulada Un mundo prohibido) se estrenó el primer mes de este 2020- antes de que la crisis del coronavirus nos privara de acudir a las salas de cine- es en estos días cuando el público se ha lanzado en masa a hacer la recomendación con decenas de tuits aplaudiendo la historia. Y no es para menos porque nos invita a reflexionar sobre el drama humanitario de la inmigración de la mano de un niño de seis años que recorre África, jugándose literalmente la vida, con la esperanza de alcanzar España para buscar refugio junto a su padre tras la muerte de su madre.

Porque Adú, aunque cueste digerir, habla de eso: de la desesperación por sobrevivir...

Adú arranca con la huida de un niño de Camerún y su hermana mayor (Zayiddiya Dissou) de su aldea porque les persiguen unos traficantes de marfil tras ser testigos involuntarios de cómo matan a un elefante en una reserva natural. Ambos menores llegan incluso a permanecer agazapados en una pista de aterrizaje hasta colarse en las bodegas de un avión en un intento desesperado por alcanzar Europa. En este sentido, aunque reconozco que por momentos tuve la sensación de que me encontraba inmersa en un documental y no en una película de ficción, las continuas desventuras del protagonista, que hace frente a la pobreza, a la explotación y que incluso cruza nadando el océano, mantienen el ritmo y sirven para contextualizar los distintos problemas sociales que tiene aparejada la migración.

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Si bien esta producción escrita por Alejandro Hernández (Mientras dure la guerra) se centra en el periplo del pequeño, con cualquiera rindiéndose a su inocencia infantil, la película conecta todavía más con el espectador al narrar otras dos historias con personajes cuyos destinos se cruzan con el del protagonista siendo una bicicleta uno de los hilos conductores de todos ellos. Así, la cinta también concentra el interés en un activista medioambiental encarnado por Luis Tosar que lucha contra la caza furtiva de elefantes y que además lidia con los problemas de drogas de su hija, interpretada por Anna Castillo. De igual manera, el largometraje ahonda en un grupo de guardias civiles, a los que dan vida Álvaro Cervantes, Jesús Carroza y Miquel Fernández, que protagonizan un terrible suceso con unos subsaharianos que han iniciado el asalto a la valla de Melilla. El primero de ellos debe ocultar la negligencia de su compañero en un relato que también pone la lupa en la corrupción y el abuso de poder.

El propósito de entrelazar esta triple trama resulta evidente ya que no solo nos muestra tres contextos completamente diferentes sobre el fenómeno migratorio desde África sino que además nos da un baño de realidad como espectadores de un Primer Mundo que, a pesar de escuchar continuamente noticias sobre este drama humanitario que viven millones de personas al otro lado del Mediterráneo, parece que miramos para otro lado.

El largometraje, que tuvo un presupuesto de 5 millones de euros, es una de esas propuestas con luz que te hace empatizar, que te cambia el chip en apenas unos minutos de metraje consiguiendo que cualquiera (con un mínimo de humanidad, claro) se ponga en la piel de todos esos inmigrantes a los que, como los protagonistas de la cinta, no les queda más remedio que activar el mecanismo de supervivencia que todos llevamos dentro.

Además para que puedas ver la película con otros ojos te adelanto que la historia de Adú y Massar (Adam Nourou) es real, es decir que la idea parte del interés por el caso del llamado niño de la maleta. Y es que en 2015 se hizo famosa la imagen de un niño de 8 años en el interior de un equipaje que se localizó a través de la pantalla del escáner de un puesto fronterizo de Ceuta. “A partir de ahí, comenzamos a diseñar el proyecto, partiendo de la historia de un niño que viaja junto a su hermana desde el corazón de África hasta Europa y entrelazándola con otras dos tramas: la de un grupo de guardias civiles que custodian la frontera sur de Europa y la de un activista occidental que acaba de recuperar a su conflictiva hija de 18 años”, contó el director general de Telecinco Cinema Álvaro Augustin.

Pero hay más inspiración porque durante una entrevista con SensaCine el propio director de Adú recordó que cuando estaba grabando 1898: Los últimos de Filipinas en Canarias había un centro CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado) donde conoció historias impactantes, entre ellas la de un niño de 6 años que llegó en una patera y que le iban a vender en una red de tráficos de órganos. Asimismo otro caso real que les dejó sin aliento fue el de un adolescente somalí de 15 años que tuvo que escapar de su casa porque era abusado sexualmente todas las noches por su tío y sus amigos. En su huida tuvo que prostituirse para llegar a la costa de Marruecos.

En resumidas cuentas, el visionado de Adú es completamente necesario. Primero porque Moustapha Oumarou y Adam Nourou son dos auténticos descubrimientos cuya fuerza interpretativa aporta el realismo que el relato justamente precisa para contar el éxodo de sus personajes. Pero, sobre todo, porque la cinta transmite verdad y contribuye a mover muchas conciencias, reflejando la incómoda realidad de dos mundos separados por una valla. De esta manera, consigue que los espectadores nos hagamos preguntas cuando la película llega a su fin. Porque, como recuerda al final, “en 2018, más de 70 millones de personas dejaron sus hogares en busca de un mundo mejor. La mitad de ellos eran niños”.

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Imagen: ©Manolo Pavón (Cortesía de Mediaset)

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