'Náufrago', la película que casi le cuesta la vida a Tom Hanks

Teresa Aranguez
·8 min de lectura

Muy a nuestro pesar el aislamiento se ha convertido en una forma de vida. No porque lo hayamos elegido, sino porque el coronavirus nos lo imponía hace casi un año. Pero antes de la obligada cuarentena, ya hubo alguien que la vivió con todas las letras. ¿Quién no recuerda a Chuck Noland, el sufrido personaje de la película Náufrago? Interpretado de forma impecable por Tom Hanks, mostraba la agonizante supervivencia de un hombre que quedaba varado en una isla desierta durante 5 años. La angustia del actor no se limitó a las escenas, fuera de cámara también vivió un susto de muerte, Y nunca mejor dicho. Hanks estuvo a punto de desangrarse tras hacerse un corte en la pierna.

El estreno en el 2000 supuso otro pelotazo dentro de su ya jugosa lista de películas de gran éxito como fueron las oscarizadas Forrest Gump y Filadelfia. Con la diferencia de que esta pudo haberle costado la vida si los médicos no intervienen a tiempo.

Tom Hanks en Náufrago (Gtres)
Tom Hanks en Náufrago (Gtres)

A los que nos gusta el cine sabemos que los actores no se conforman con cualquier cosa, quieren retos, personajes que dejen huella y mantengan al espectador al borde del asiento. Hanks, que en eso es un experto, tenía claro que Náufrago cumplía todos los requisitos para dar de qué hablar y lucirse como actor. Con su amigo Robert Zemeckis como director, todo apuntaba a que no sería una peli cualquiera. Ya habían trabajado juntos en Forrest Gump y la combinación era perfecta. Aún así, no las tenían todas consigo. La cinta hacía frente a un reto nada fácil de materializar. El de conseguir que el público no se aburriese con una película sin diálogos, ni tramas paralelas, tan solo un tipo que sobrevive a un accidente de avión y se pasa unas vacaciones forzadas en una isla deshabitada en Fiji.

¿Realmente era posible atrapar con tan poco argumento? Así de primeras la historia tiene gancho pero rellenar dos horas de muchos silencios no parecía una tarea fácil. No lo fue, sin embargo, lo lograron. Hanks se comió el papel. Nos hizo reír, llorar, desesperar y no querer ir al dentista (esa escena en la que se arranca un diente de cuajo es demoledora). Pero, sobre todo, nos recordó lo mágico que es el cine, con palabras o sin ellas. Dos décadas después de este clásico que le valió a Tom Hanks un Globo de Oro como Mejor Actor, sigue estando más vigente que nunca. De hecho, yo decidí verla estas Navidades después de muchos años y volvió a conmoverme. No decepciona. Porque, más allá de la trama central que ya todos conocemos en la que un trabajador de FedEx desaparece de repente, este drama nos acerca a la temida soledad y a la convivencia con uno mismo. Esa que no todo el mundo sabe afrontar y aceptar.

En otras palabras, la supervivencia y la lucha del ser humano contra cualquier adversidad, incluso uno mismo. Te hace valorar aquellas cosas que verdaderamente nos hacen felices y que la mayor parte del tiempo pasamos por alto. “Es el proyecto más personal en el que jamás haya estado involucrado”, dijo Hanks a la BBC en 2001. “Mi personaje se da cuenta de que si no hubiera pasado por esa dura experiencia y perdido todo, no habría llegado a entender nunca lo que es realmente importante en la vida”, prosiguió. Un trozo de pizza, una ducha o una buena conversación se convertían en su gran sueño en medio de esta pesadilla.

En algún momento de la película a uno le dan ganas de hacer una pausa y llamar a tu madre para decirle cuánto la quieres. Las caras, los gestos y hasta la respiración de Hanks dicen más que cualquier conversación. El también director y productor se lo curró pero bien llegando a perder nada menos que 25 kilos de forma progresiva para cada fase de la cinta, otro obstáculo que superó con paciencia y buena letra. Una dieta creada exclusivamente para ese objetivo que logró que conociéramos su versión más escuchimizada. Y así, este hombre californiano se vio de repente aprendiendo a abrir cocos, a encender el fuego y a llevar taparrabos.

Fue precisamente en ese tejemaneje de utensilios peligrosos cuando casi nos quedamos sin el actor de esta generación. Unas horas más de retraso en la visita al médico y hoy en día Hanks podría ser tan solo un bonito recuerdo. En una de esas, cuchillo arriba, cuchillo abajo, se hizo un corte tan fuerte en la pierna que se le infectó la herida de mala manera. “El doctor me dijo: ‘¿qué pasa contigo idiota? ¡Podrías haberte muerto de esta!’”, recordó en otra entrevista con Radio 1 de la BBC. “Literalmente tuvieron que sacar un trozo de algo que se había quedado incrustado en la pierna”, rememoró.

La broma le supuso una infección sumamente grave que le mantuvo en el hospital durante tres días y luego un reposo de varias semanas. “Tuvimos que parar el rodaje porque el doctor me dijo: ‘de ninguna manera este chiquillo se va a meter en el agua’”. Afortunadamente, todo quedó reducido a una anécdota que ha contado en varias de sus entrevistas. Son las heridas del guerrero que uno luce orgulloso una vez que ya no hay peligro y es agua pasada.

El susto no se lo quita nadie. No fue el único mal trago al que tuvo que hacer frente. Un equipo de casi 40 personas tuvo que tirarse al agua para rescatarle cuando el cable que mantenía atada la balsa en la que flotaba se soltó. Un poco más y se convierte en carne fresca para los tiburones de las aguas del Pacífico. A pesar de todos los hándicaps, Hanks está vivo para contarlo y cada vez que lo hace se puede percibir ese tono de satisfacción y cariño por un trabajo bien hecho. Él no se las da de listo y asume que nunca hubiese sido capaz de sobrevivir estando en las mismas condiciones de Chuck. “No soy ni de cerca lo fuerte que Chuck, yo habría caído en la desesperación mucho antes”, recalcó a la BBC. Ni siquiera la compañía de ese amigo imaginario en forma de balón y bajo el nombre de Wilson le habrían salvado.

El baloncito, esa gran idea de su amigo el guionista William Broyles, también responsable de Apollo XIII, casi le vuelve loco a Hanks. “Cuando nació Wilson escuchaba sus diálogos en mi cabeza. Sí, casi me vuelvo loco de remate porque no tenía ni un día libre y todas las escenas eran conmigo, nunca estaba fuera de cámara. Ni siquiera recuerdo escuchar un ‘Acción’ o ‘Corten’”, contó entre risas en una entrevista con Graham Bensinger.

Por muy duro que fuese el rodaje, no era la primera vez que Tom se enfrentaba a un episodio con tanta dificultad. Su infancia, una marcada por la soledad tras el divorcio de sus padres, Amos y Janet, fue su primer contacto con las inclemencias de la vida. Él nunca se quedó varado en una isla desierta pero sabe lo que es crecer sin el amor de unos progenitores. No porque no los tuviera, sino porque no le hacían demasiado caso, ni a él ni a sus hermanos. Tras la separación, su madre se desentendió por completo de ellos. Quedaron bajo la tutela de su padre, un hombre errante que cambiaba de domicilio como de camisa y que hizo imposible que sus hijos tuvieran una vida estable.

El hecho de no arraigarse en un sitio concreto le convirtió en un jovencito solitario y algo retraído que terminó casándose a los 21 años casi, casi huyendo de su cruda realidad. Nada que ver con la imagen de hombre divertido, extrovertido y feliz que vemos en cada una de sus entrevistas, y, en ocasiones, películas. Cada papel, cada historia y persona que se ha cruzado en su camino le han ayudado a ser la persona tan querida y admirada que hoy es. Cuesta no verle sonreír. Ni siquiera el haber contraído el coronavirus junto a su esposa Rita Wilson en un viaje a Australia le arrebató las ganas de seguir contando historias y dando alegría a la gente. Al igual que su personaje en Náufrago es capaz de convertir cualquier obstáculo en un motivo para crecer.

Mientras esperamos ver su nuevo trabajo pendiente de estreno, Noticias del gran mundo, que debido a los retrasos provocados por la pandemia ha pasado a formar parte del catálogo de Netflix (estreno el 10 de febrero), es bueno saber que Tom tiene otras películas en el tintero. Su próximo estreno será Elvis, el biopic dirigido por Baz Luhrmann donde Austin Butler interpreta a Elvis Presley y Hanks a su manager, el Coronel Tom Parker (en teoría llegaría en noviembre a los cines). Además, acaba de terminar Bios, una cinta postapocalíptica en la que interpreta a un inventor enfermo llamado Finch.

Hasta que todo se normalice y la cartelera pueda por fin dar luz a los estrenos, aconsejo a los que no hayan visto Náufrago que no pierdan la oportunidad de hacerlo. Su moraleja es tan universal que da igual el año en que uno le de al play. La cinta de casi dos horas y media fue todo un bombazo en la taquilla superando todas las expectativas. Recaudó más de 400 millones de euros, convirtiéndose en toda una mina de oro junto a Gladiator y Misión imposible II en el año 2000.

Más allá de lo superficial que representan los premios y las ganancias económicas, uno se queda con lo que no se cuenta ni sale en las portadas. Cuando conoces todo lo que hay detrás y los riesgos que corrió Hanks al rodar esta maravilla, a uno le dan ganas de ponerle un piso al médico que le salvó vida. Es difícil imaginarse el cine y las buenas historias sin la sonrisa, la entrega y el buen rollo del actor.

Aquel que quiera verla de nuevo, o por primera vez, la puede encontrar dentro del catálogo de Prime Video y en otras plataformas de alquiler.

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