La muerte de Antonio Gasset retrata el pozo sin fondo que ha atrapado al cine y la televisión

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Por Lucas Ferreira.- Hay personas a las que en un primer momento no entiendes, pero a las que te enganchas. El motivo a veces suele ser porque aúnan inteligencia y habilidad a la hora de comunicarse. Antonio Gasset, periodista, presentador de televisión y crítico cinematográfico era una de esas personas y su trabajo al frente de Días de cine en TVE durante más de una década, una buena muestra de ello. Eso le convirtió en un referente de la comunicación, en el creador de un estilo propio que no ha tenido ni continuador ni alternativas posteriores que le hayan hecho sombra

El miércoles 29 de septiembre fue turno de despedirnos de él. El sobrino segundo del filósofo Ortega y Gasset falleció a los 75 años, siendo el ejemplo de un tiempo de valentía de palabras, donde lo políticamente correcto no formaba parte de la comunicación televisiva, ni estaba acechado por el temor a caer en el saco de los ofendidos ni la cultura de la cancelación.

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Dirigió en total 138 ediciones del mítico programa cinematográfico de TVE que se emitió por primera vez en 1991 y que hoy en día continúa en la programación de La 2. Allí se convirtió en un personaje único de la televisión, dueño de entradillas, frases y cortes publicitarios hoy tan políticamente incorrectos que no tendrían cabida en ninguna cadena nacional. 

Desde hablar del tema que trata su programa con rechazo en tono sarcástico (el cine), a hacer mención al consumo de drogas y la violencia doméstica como parte de un humor negro muy propio y en la mismísima cadena pública. Frases que en la actualidad ofenderían a la generación woke provocando espasmos de asombro horrorizado, pero que nos descubren lo mucho que el humor ha cambiado en la televisión y el cine, donde un programa, presentador, actor o director debe medir sus palabras, tono y bromas, pensando primero en la posible ofensa y sus consecuencias. 

Unas consecuencias que, en ocasiones, pueden hundir la carrera de cualquiera.

Y es que Antonio Gasset era un hombre sin pelos en la lengua, ácido y agudo, que exprimió su personalidad ante las cámaras en una era donde tenía la libertad para hacerlo. Por ejemplo, a la hora de criticar en antena que su programa fuera emitido a horas intempestivas.Buenas noches, Días de cine, un programa dedicado a entretener a víctimas del insomnio, noctámbulos, parejas en crisis, politoxicómanos e incluso a algún aficionado al cine está a punto de comenzar con sus contenidos dedicados a la actualidad cinematográfica. Tediosa casi siempre, pero hay que reconocerlo, brillante en alguna ocasión” fue una de sus muchas legendarias introducciones. 

Y es que así era él, incisivo y sagaz, sin más herramientas que las palabras, nada que ver con las maneras que tienen muchos profesionales actuales, con frases que suelen buscar la polémica a través de la proclamación de opiniones propias o apoyándose en realizaciones plagadas de efectos de sonido, encuadres diagonales y saltos de un tema a otro.

Quizás fuera un inconsciente, un atrevido o un valiente. Lo que está claro es que sus palabras no iban vacías de contenido. Como cuando dijo que el cine era “un arte” pero “uno de los grandes errores de este siglo”. Pero no nos equivoquemos, Gasset no era un hereje de lo audiovisual, un polemista con ganas de protagonismo o un cinéfilo amargado, sabía de lo que hablaba, no improvisaba ni se limitaba a leer un teleprompter. Era alguien exigente con el séptimo arte, disciplina en la que consideraba que las películas con cierto interés no eran lo habitual, como señaló en una grabación desde el Festival de Venecia.

Su sarcasmo y nula corrección eran su principal seña de identidad, pero la naturalidad y sencillez con que se expresaba hacía que sus frases a la cámara sonaran como dardos con los que parecía describir cómo se comporta la crítica o el público ante determinados títulos o artistas. Pero, quien sabe, también pudiera ser que fueran dirigidas contra alguien en concreto. “Llegó la pausa, ocasión magnífica para meditar si somos justos con los demás o, por el contrario, problemas personales proyectan sus miserias y deforman la imagen del prójimo. Hay que tener cuidado, pero no os sintáis culpables. Los imbéciles son siempre imbéciles proyectemos lo que proyectemos.”

Un sentido del humor sin prejuicios ni límites, pero al tiempo elegante e inteligente, con el que sabía hilar la actualidad cinematográfica con otros campos de la información como el de la política. “No os droguéis, entre otras cosas, las drogas pueden producir alucinaciones estrafalarias. Un amigo mío, bajo los efectos de unas pastillas creyó ver al Presidente George Bush leyendo un libro. Hay que tener muchísimo cuidado” dijo en otra ocasión. 

Tenía una impronta indudable, pero nunca se situó por encima de los asuntos que trataba, su prioridad era hacer llegar la actualidad cinematográfica a los espectadores. Se veía a sí mismo como un mediador necesario, y no como una estrella televisiva. Por esto mismo, Antonio era un comunicador en toda regla y es con su partida que podemos poner de relieve la gran diferencia que existe entre su legado y el pozo sin fondo que ha atrapado al cine y la televisión.

Su labor al frente de Días de cine le valió reconocimientos como una mención especial de los Premios Ondas en 1997, el galardón de la Academia de la Televisión como mejor programa divulgativo en 2002, o el Premio de Comunicación de la Academia de Cine en 2011.

Con ese sarcasmo inteligente, a Antonio Gasset daba gusto escucharlo, siempre tomándonos sus palabras como críticas ácidas o bromas punzantes. Fue un profesional único, un comunicador excelente, alguien que dejó huella tal y como le han recordado con mucho cariño nada más conocerse la noticia de su fallecimiento, personajes como Ana Belén o Santiago Segura, así como compañeros como Carlos del Amor o Gerardo Sánchez (director de “su” programa desde 2008). Nos hizo amar el cine y demostró que se puede hacer televisión de una manera creativa, original y diferente. Gracias por todo, Antonio.

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