Adiós a Olivia de Havilland, la actriz que derribó el ’studio-system’ de Hollywood

Valeria Martínez
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Olivia de Havilland, la última leyenda que nos quedaba con vida de la Era Dorada de Hollywood, falleció el pasado domingo 26 de julio en su casa de París a los 104 años. La actriz, que nos deja personajes emblemáticos en películas como Lo que el viento, se llevó, La vida íntima de Julia Norris o La heredera, murió por causas naturales, dejando atrás un legado que ha quedado grabado a fuego en la historia del cine.

Y es que Olivia fue mucho más que la dulce Melanie Hamilton del clásico de 1939; o que la actriz que sobrevivió a la guerra mediática con su hermana Joan Fontaine o la que vivió más de un siglo de vida. Olivia fue la responsable de acabar con el legendario “studio system”. Se enfrentó a la industria a los 27 años y logró romper con las cadenas que aferraban a los actores a los estudios de cine, prácticamente sin voz ni voto, rodando una película tras otra sin poder escoger con la libertad que tienen ahora. Y lo hizo ella sola.

Olivia De Havilland siendo nombrada Caballero de la Legión de Honor de la República Francesa en 2010; y en una imagen promocional de 'Lo que el viento se llevó' (AP Photo, Jacques Brinon, Gtres - MGM - eBay, Dominio Público)
Olivia De Havilland siendo nombrada Caballero de la Legión de Honor de la República Francesa en 2010; y en una imagen promocional de 'Lo que el viento se llevó' (AP Photo, Jacques Brinon, Gtres - MGM - eBay, Dominio Público)

Nacida el 1 de julio de 1916 en Tokio, cuando su padre ejercía su profesión de abogado en Japón, Olivia creció junto a su madre y hermana en California en un ambiente de apreciación por las artes, tomando clases de ballet y piano desde muy pequeña. Debutó como actriz cuando todavía era una adolescente en una versión aficionada de Alicia en el país de las maravillas y a pesar del rechazo de su padrastro, quien le prohibió trabajar como actriz llevándola a huir de casa antes de haberse graduado de la secundaria, ella siguió apareciendo en obras amateur hasta que el director austriaco la contrató como suplente del papel protagonista de una adaptación teatral de El sueño de una noche de verano de Shakesperare. La fortuna tocó enseguida a su puerta, cuando la actriz principal abandonó el proyecto una semana antes del estreno, dejándole el camino libre hacia el estrellato. No solo interpretó a Hermia en la obra, sino que se fue de gira cuatro meses y el director le ofreció el mismo personaje en la versión que haría para la gran pantalla.

Y así, con 21 años, Olivia entraba en el studio system. Cabe destacar que ella dudó al principio dado que seguía pensando en continuar con sus planes de estudiar el profesorado de inglés, pero Reinhardt y el productor ejecutivo Henry Blanke la convencieron para que firmara un contrato de 5 años con Warner Bros. percibiendo $200 por semana.

Por aquel entonces, entrar en el studio system era el sueño de todo aspirante a actor. Suponía tener un contrato de larga duración, con salario constante que normalmente incluía el hospedaje. El problema era que raras veces se alcanzaba el éxito y poder suficiente como para exigir los personajes deseados o rechazar proyectos. Tener contrato daba seguridad a una profesión de por si inestable, pero también formaba una atadura déspota para el artista. Y, lo que es peor, como un actor no podía trabajar todos los días por falta de proyectos suficientes, aquellos periodos de inactividad se veían como épocas en que el contrato quedaba suspendido, extendiendo el contrato inicial en el tiempo. De esta manera, el estudio tenía completo control sobre el actor o actriz durante muchos más años que los estipulados al principio.

Sus primeras películas fueron en 1935. Nada menos que cuatro en un mismo año, incluyendo la adaptación de la obra de Shakespeare. Su relación con Warner Bros. florecía, rodando prácticamente sin parar, acompañando a una de las super estrellas del estudio -Errol Flynn- hasta en siete ocasiones, pero siempre interpretando a la misma figura de damisela enamorada del héroe aventurero. En este caso, Robin Hood.

Su carrera estuvo en ascenso constante. Después de dejar huella en la historia del cine con su papel de amiga fiel y eterna inocente en Lo que el viento se llevó, los años 40s la hicieron brillar en la meca del cine ganando sus dos premios Óscar por La vida íntima de Julia Norris (1947) y La heredera (1948). Previamente estuvo nominada a mejor actriz de reparto por el clásico de 1939 -que ganó su compañera Hattie McDaniel- y en 1941 por Si no amaneciera, aunque en aquella ocasión lo perdió contra su hermana Joan Fontaine por su trabajo en Sospecha de Alfred Hitchcock, con quien ya por entonces mantenía una mala relación. Algo que quedo latente en la misma ceremonia cuando Jean rechazó las felicitaciones de su hermana al subir a recibir su premio.

Como decía, los años 40s fueron los más prolíficos para su carrera. Sin embargo, Olivia hizo lo que muchos artistas querían hacer pero no se atrevían. Se enfrentó al studio system en la Corte, buscando libertad para escoger e interpretar los papeles que realmente alimentaban su pasión artística.

Cansada del estereotipo de la mujer ingenua que se había ganado a pulso con las películas de Warner Bros., Olivia comenzó a quejarse de no obtener papeles con valor artístico dado que, según ella, dichos personajes iban directamente a Bette Davis. Rechazó varios papeles y fue suspendida en varias ocasiones dejándola sin trabajo durante seis meses. Al término del contrato (de 7 años), el estudio intentó prorrogarlo alegando que “les debía esos seis meses”. Y ella, ni corta ni perezosa, los demandó consiguiendo que el juez se pusiera de su parte.

El juez no solo estuvo de su lado sino que calificó al sistema de estudios de “esclavitud” para los actores. En su declaración -que ha sido compartida en redes tras su muerte- Olivia relató a la Corte que durante sus primeros tres años trabajando para el estudio “era joven e inexperta”, explicando que era una menor y “estaba acostumbrada a respetar el juicio de los adultos” y por ende, pensaba que “no tenía derecho a expresar sus opiniones”.

Pero después de interpretar a Melanie Hamilton, todo cambió. Descubrió que un personaje podía despertar una pasión sin igual en ella. Que podía conectar con sus papeles cuando se sentía comprometida con el proyecto. Y es que en el caso de Lo que el viento se llevó, ella misma rogó “al Sr. Warner que le permitiera hacerlo” ya que tras leer el libro “sentía que podía hacerlo bien”. Olivia sintió su talento madurar, sintió un respeto por ella misma que no había sentido antes por su trabajo, pero estas sensaciones desaparecieron cuando el contrato que tenía con Warner la llevó a hacer papeles que provocaron lo opuesto. Ni bien terminó de rodar Lo que el viento se llevó, el estudio le envió el guion de La vida privada de Elizabeth y Essex donde interpretaría el papel secundario a Bette Davis. Contó que no sintió conexión con el personaje pero dudaba cómo usar su juicio y su recién descubierto poder, así que hizo saber al estudio que no creía que le haría justicia pero dejando en sus manos la decisión. Y la obligaron a hacerlo igual como parte de su contrato. Olivia contó en su declaración que al verse en pantalla sintió “humillación y vergüenza” porque a pesar de haberlo intentado, nunca sintió que el personaje estaba vivo dentro de ella.

Pero quiso creer que esa experiencia sería la única, que el estudio vería que su talento estaría mejor enfocado en otro tipo de proyectos. Pero nunca pasó. Al contrario, con su siguiente película vivió lo mismo. La enviaron a Samuel Goldwyn de MGM para hacer Raffles y tras leer el guion le pasó lo mismo. No entendía al personaje y no veía cómo iba a hacer que el público creyera su interpretación. Una vez más dejó la decisión en manos del estudio que, de nuevo, la obligó a hacerla. Y al ver la película terminada, otra vez, sintió “vergüenza”.

“Y así pensé ‘esto no me pasará otra vez’”, dijo. Pero le volvió a pasar una tercera vez, aunque ya había aprendido la lección, sintiéndose “nerviosa y enferma” cuando tenía que interpretar un personaje que no comprendía. Y así, comenzó a rechazar papeles y el estudio supuestamente la castigó con 6 meses sin trabajo, esperando que trabajara ese tiempo de pausa al terminar el contrato.

La decisión que tomó el juez tras el juicio pasó a conocerse coloquialmente como “la ley De Havilland” y básicamente es una opinión judicial que interpreta parte del código laboral de California y que previene que la corte pueda obligar una actuación especifica más allá del término de un contrato de 7 años. La victoria de De Havilland ayudó al declive del poder que los estudios tenían sobre los artistas por entonces, permitiéndoles más libertad creativa. Empezando por ella misma, que ganó su primer Óscar en 1947 por La vida íntima de Julia Norris, interpretando a una mujer que entrega a su hijo en adopción en plena Primera Guerra Mundial tras quedarse embarazada de un soldado que muere en la guerra, pero siempre permaneciendo cerca.

Desde entonces varios artistas recurrieron a la decisión judicial conseguida por Olivia para romper sus contratos, como fue el caso de la banda de Jared Leto, Thirty Seconds to Mars, o Rita Ora, en sus batallas con discográficas; o el presentador Johnny Carson en su lucha por cambiarse de cadena.

El valiente paso que tomó Olivia De Havilland cambió Hollywood para siempre. Olivia continuó explorando papeles diferentes el resto de su carrera, comenzando a experimentar su propio declive profesional entre los 60s y 70s, optando por personajes recurrentes en series o tv-movies. Su último trabajo fue en 1988, recluyéndose lejos del bullicio hollywoodense en París, donde narró un documental sobre el tratamiento del Alzheimer, Recuerdo mejor cuando pinto (2009) y demandó a FX Network y Ryan Murphy por reproducir su historia erróneamente y utilizar su imagen sin su permiso en la serie Feud: Bette and Joan. Aunque esta batalla judicial la perdió cuando el juez directamente la desestimó.

Olivia se casó en dos ocasiones y al haber vivido hasta los 104 años tuvo que despedirse de muchos seres queridos. Como su primer hijo, Benjamin, que murió en 1991 por la enfermedad de Hodgkin, o su segundo marido Pierre Galante a quien cuidó hasta su muerte en 1998 a pesar de haberse divorciado. Y, por supuesto, su hermana Joan. Ambas tuvieron una relación distante desde pequeñas, celosas la una de la otra por la atención que la madre daba a cada una, y que luego se acrecentó con la fama cosechada por Olivia mientras Joan seguía sus pasos en la sombra. Tampoco ayudó que la madre le dijera a Joan que no podía usar el apellido De Havilland porque su hermana había entrado en el mundo de los estudios, obligándola a usar el de su padrastro.

La relación empeoró cuando Fontaine despotricó contra el marido de su hermana en una entrevista y nunca se disculpó. Lograron hacer las paces durante un tiempo. Hasta 1975 cuando no se ponían de acuerdo sobre el tratamiento de cáncer que darían a su madre, empeorando definitivamente cuando el telegrama que Olivia envió a Joan notificando la muerte de su progenitora, tardó dos semanas en llegar al estar de gira. Desde entonces no tuvieron contacto. Una guerra que terminó el 15 de diciembre de 2013 con la muerte de Joan.

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Imagen de Dominio público: fotografía promocional de 'Lo que el viento se llevó'. MGM - eBay, Dominio Público