El moho de Chernóbil que podría proteger a los astronautas de la radiación en sus bases marcianas

Miguel Artime
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Datos fotograficos del crecimiento fúngico sobre un cultivo de agar en discos de Petri, tomados durante el experimento en el laboratorio orbital en intervalos de 6 horas, hasta un total de 48. (Crédito imagen bioRxiv).
Datos fotograficos del crecimiento fúngico sobre un cultivo de agar en discos de Petri, tomados durante el experimento en el laboratorio orbital en intervalos de 6 horas, hasta un total de 48. (Crédito imagen bioRxiv).

A comienzos de este año, apenas un mes antes de que el impacto del coronavirus sepultara cualquier otra noticia científica de interés, os hablé de unas curiosas criaturas que habían logrado prosperar en las adversas condiciones que se dan en las paredes del reactor fallido de Chernóbil. Si recordáis aquel artículo, se mencionaban tres especies de hongos entre las que se encontraba la Cladosporium sphaerospermum.

No he necesitado esperar demasiado para volver a saber de ella. Hace unos días, leyendo Engadget, pude comprobar que un equipo de científicos estadounidenses (concretamente de las universidades de Stanford y de Carolina del Norte en Charlotte) se habían puesto a trabajar con esta especie para calcular cuanta radiación podían “engullir”, con vistas a aprovechar esta cualidad en pro de la protección de futuras bases marcianas y sus ocupantes.

El proceso por el que estos hongos logran alimentarse de la radiación se llama “radiosíntesis”, y básicamente consiste en emplear un pigmento bien conocido (la melanina) para transformar la radiación en energía química. Podríamos pensar en este proceso como en una versión extrema de la fotosíntesis, aunque en lugar de usar esa clase de radiación electromagnética a la que llamamos luz visible (como hacen las plantas), nuestros hongos se han especializado en otra longitud de onda del espectro, los rayos gamma.

Como sabréis, Marte carece de magnetosfera y su atmósfera es muchísimo más fina que la de la Tierra, por lo que su superficie recibe enormes dosis de letal radiación. Y ese es solo parte del problema, antes de llegar a poner un pie en el planeta rojo, los astronautas que hagan el viaje de ida podrían absorber hasta el 60% de la dosis total máxima recomendable para toda una vida humana.

Hechos estos números ¿por qué no medir el efecto protector de nuestro hongo “come-radiación” el C. Sphaerospermum? Dicho y hecho. Aprovechando ese magnífico laboratorio orbital que llamamos Estación Espacial Internacional, los investigadores se propusieron poner a prueba el concepto, y prepararon discos de Petri con un nutriente (agar) en el que colocaron a nuestro hongo protagonista. Luego, recubrieron unos detectores de radiación con discos de Petri con hongos en un lado, y con discos vacíos como control en el otro lado.

En la configuración del experimento, además de cámaras y sensores se emplearon dispositivos Raspberry Pi (una especie de miniordenador del tamaño de una tarjeta de crédito, con varios puertos de conexión) para captar los niveles de radiación, y para medir la humedad, temperatura, flujo y otros parámetros.

¿Resultado? Los hongos sobrevivieron bien en microgravedad, y lograron reducir los niveles de radiación en casi un 2%. Teniendo en cuenta que los discos de Petri son redondos, los investigadores calcularon que si el cultivo de hongos recubriera por completo el detector, el descenso podría haber sido del 5%.

Además, hay que tener en cuenta que la capa de hongos formada sobre los discos era realmente fina (apenas 1,7 milímetros de grosor), por lo que de lograr una capa más gruesa (de unos 21 centímetros, según sus cálculos) el recubrimiento podría anular casi enteramente la radiación entrante. Iguamente, los autores del trabajo calcularon que si la capa protectora se combinase con suelo marciano (también conocido como regolito) el grosor necesario para hacer el escudo descendería a solo 9 centímetros.

¿Comprendéis la ventaja de estos hongos? Como sabréis, cualquier carga por pequeña que sea pesa algo, y lanzar al espacio cada kilo cuesta un dineral. En cambio, se podría llevar una muestra mínima de C. Sphaerospermum vivos que ocuparía un volumen diminuto, y luego cultivarlo en Marte todo lo que necesitemos (con la ayuda de nutrientes) para construir nuestros escudos protectores.

Es curioso el modo en que logramos extraer información útil, incluso a partir de un desastre como el de Chernóbil. ¿Verdad? Larga vida a nuestros amigos los hongos.

Un preprint del trabajo de los investigadores de Stanford y la UNCC puede consultarse en bioRxiv.

Me enteré leyendo Engadget.

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