Moda para gozar: los grandes momentos en los que la industria se supo reír de sí misma

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Photo credit: Getty / Imaxtree
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Por qué no? (Why don’t you?), la columna que Diana Vreeland firmó durante 20 años en la edición americana de Harper’s Bazaar, ofrecía consejos tan delirantes como lavar el pelo a los bebés rubios con champán francés o el vestuario correcto para llevar a un niño a una fiesta de alta sociedad. Carmel Snow, legendaria editora de esta cabecera, se enamoró de Vreeland en una fiesta en 1936 y le ofreció escribir en la revista. Y surgió la magia. Su estilo cáustico y extravagante comenzó a calar no solo en la industria, sino también en la sociedad neoyorquina, haciendo de Vreeland la mujer a la que todas querían parecerse. Sus frases, auténticos mandamientos de moda, corrieron de boca en boca entre profanos y expertos. «El bikini es el invento más importante desde la bomba atómica», dijo una vez; «En los 60 no importaba que tuvieras un grano en la nariz si sabías cómo llevar un buen vestido», respondió a un periodista. Vreeland fue la editora todopoderosa que captó por primera vez la necesidad de tener una voz propia, repleta de ironía, capaz de alzarse por encima de los tópicos. Y también fue la prueba fehaciente de que está en la naturaleza de esta cabecera el disfrutar y pasárselo bien con esta fábrica de sueños que es la moda.

Puede que, a primera vista, no sea el humor la virtud que mejor define esta industria, pero si repasamos su legado veremos cientos de estampados irónicos, mensajes sarcásticos, prendas transformadas y figuras con el arrojo suficiente como para reírse de sí mismas. Fue en los años 30 cuando Elsa Schiaparelli trajo provocación y ligereza al vestir con colaboraciones con artistas como Dalí o Cocteau. Sus creaciones, dotadas de una finísima ironía (¡un sombrero zapato!), abrieron infinitas posibilidades de expresión al vestidor femenino y se convirtieron en iconos que pasaron a la historia. Este legado de diversión sin complejos ha sido recogido después por creadores como Karl Lagerfeld, Jean Paul Gaultier, Carolina Herrera, Jeremy Scott, Lanvin o Marc Jacobs, así como por la española Ágatha Ruiz de la Prada, entre otros, pero también por figuras como la incombustible interiorista e icono de moda Iris Apfel que, con más de cien años, publica instantáneas en Instagram en las que aparece sonriente para desear un buen día a sus millones de seguidores.

Karl Lagerfeld ha sido uno de los más mordaces diseñadores contemporáneos. Su legado estará siempre unido al de Chanel, la maison de la que fue director creativo desde 1983 y que condujo con lucidez durante décadas. «Soy una caricatura de mí mismo y me gusta. Para mí, el carnaval de Venecia dura todo el año», expresó en una ocasión. El diseñador entendía bien la importancia de equilibrar el peso de una herencia histórica con la ironía propia de la mentalidad posmoderna. Bolsos en forma de cartón de leche, de piezas de lego o de aro de hula hoop gigante convivían con accesorios clásicos y prendas tradicionales de tweed. Lagerfeld dominaba como nadie el espectáculo de la moda y el exceso, así como un incisivo sentido del humor en ocasiones no exento de controversia. En sus desfiles, las modelos también se subieron a este tren de la risa, sobre todo durante los 90: Inès de la Fressange, Cindy Crawford, Yasmin Le Bon, Karen Mulder… todas ellas paseando con la misma actitud despreocupada y sonriente. «Lo que está bien visto ahora en el mundo de la moda es que las modelos no muestren ninguna emoción», declaró Claudia Schiffer hace algunos años en una entrevista a Reuters. «En los 90, la gente quería vernos a nosotras».

También el fallecido Alber Elbaz llevaba la socarronería en su ADN. A él le debemos un baile de 14 años al frente de Lanvin, la maison que lo encumbró y a la que él devolvió la sofisticación a golpe de ironía. Sus desfiles se recuerdan por sus diseños festivos, por su espíritu lúdico y por una abundancia de comida y bebida que servía para expresar sin límites su forma de entender la moda, alejada de los rígidos códigos que definían la costura. La revolución de Elbaz fue la del optimismo (como bien demostró después en su proyecto personal, AZ Factory), siempre sonriente, siempre amable, siempre dispuesto a contagiar su propia felicidad a través de la experiencia de la moda.

Igual que Marc Jacobs; de todo menos aburrido. En abril de 2020, en medio del confinamiento, publicó una serie de vídeos en Instagram que inyectaron alegría a quien los viera. Grabado con el móvil sostenido sobre una caja de cereales, como él mismo confesó, el vídeo mostraba a un Jacobs con todos sus productos de belleza espachurrados por la zona de sus ojos. «¿Por qué no pintarte la cara? ¿Por qué no vestirse, por qué no bailar desnudo y disfrutar del tiempo del que dispongo y por qué no ser yo y no tener miedo de serlo y no avergonzarme y entusiasmarme con ello?», se preguntaba, inspirándose en Vreeland. ¡Pocos se lo pasan como él!

Terapia de choque

Hace ya algunos años que los semblantes serios que dominaban pasarelas y campañas empezaron a dejar paso a gestos más amables. No es que de repente las marcas hayan preferido prescindir de rostros sobrios, no –de hecho, siguen siendo mayoría–, pero muchas prefieren reírse de sí mismas antes de que lo hagan otros. «La moda debe ser divertida, así que divirtámonos», dijo la diseñadora con (una aparente, al principio) alergia a las expresiones de jolgorio, Victoria Beckham. Pero a pesar de sus problemas con el ajo y nuestro país, hace ya algunos años que la ex-Spice Girls demuestra que su sentido del humor es más ácido que el de la mayoría. Su camiseta con el mensaje Fashion stole my smile –la moda me robó la sonrisa– fue el perfecto corte de mangas a todos los que la acusaban de fría e implacable.

Otros como Wes Gordon, al frente de Carolina Herrera desde 2019, hablan de emociones, diversión y actitud a través de los colores y las formas de sus diseños. El norteamericano se ha definido a sí mismo como un «optimista incorregible», un relevo perfecto para una casa que siempre ha celebrado la joie de vivre por encima de todo. Jean Paul Gaultier, dueño de un vanguardista imperio, ha dejado una estela juguetona de looks arriesgados, modelos santificadas, números de baile y montones de corsetería, todo ello regado por la sorna que siempre lo ha caracterizado. ¿Y cómo olvidar las colecciones que Jeremy Scott dedica a McDonald’s, Bob Esponja o a la Barbie? Con un inmenso sentido del humor, el director creativo de Moschino es capaz de inspirarse en cualquier elemento de la cultura popular, diseñando siempre con motivos divertidos que nos hacen sentir bien. Scott encarna todo lo que la marca era con su fundador original, Franco Moschino, irreverente, sarcástico y fantástico por definición.

En nuestro país, las creaciones coloristas e insolentes definen el trabajo de Ágatha Ruiz de la Prada, fundadora de la marca más outsider de la moda patria. Optimista y enemiga del negro, en su particular universo predominan el juego, los tonos vivos y los corazones. «La ropa te puede hacer feliz o desgraciado», ha reconocido en alguna ocasión. Este verano, en las propuestas de pasarela, también hay ganas de color, de estampados y, ¿por qué no? –que diría Vreeland–, de un poco de intrascendencia. Suficientemente desalentadora es la situación geopolítica global como para añadir tristeza a una industria cuya misión es aportar belleza y diversión al mundo, así como –cada vez más– generar mensajes relevantes para el mismo. Sonría, por favor.

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