"Tengo 100 palabras y 90 son tacos": el éxito de Michael Robinson sin hablar bien castellano

Michael Robinson en 2017 firmando ejemplares durante la Feria del Libro de Madrid. Foto: Óscar González/NurPhoto via Getty Images.

Afortunadamente ya en vida pudo gozar del reconocimiento que merecía, pero con motivo de su fallecimiento la voz es unánime: Michael Robinson se había convertido en uno de los mayores referentes del periodismo deportivo en España. Lo llamativo en su caso es que lo logró a pesar de (o quizás gracias a) su condición de extranjero. Porque pese a llevar más de tres décadas en nuestro país y haberse integrado perfectamente en nuestra sociedad y nuestra cultura, cada vez que abría la boca su manera de hablar delataba sus orígenes.

Nacido en Leicester, criado en Blackpool y convertido en triunfador como futbolista en Liverpool, Robinson era inglés a todos los efectos (a pesar de que, por motivos familiares, la camiseta de la selección nacional para la que jugó fue la verde de Irlanda). Los hijos de la Gran Bretaña generalmente no tienen necesidad alguna de aprender ningún otro idioma, ya que el suyo se ha convertido en la lengua franca del mundo contemporáneo. Así, el entonces aún atacante llegó a España en 1987 sin saber decir poco más que “hola”, “adiós” y “cerveza”.

De hecho, no solo no controlaba el castellano, sino que apenas conocía nada de la cultura local. Según relataba, al enterarse de que fichó por Osasuna se pasó varios días sin éxito buscando esta ciudad en el mapa, hasta que le explicaron que se trata del equipo de Pamplona. Una vez llegado a la península, fueron sus propios compañeros de vestuario los que se encargaron de enseñarle (más o menos) a hablar como nosotros.

“Yo era el juguete. Delantero centro-juguete. Varias veces, cuando estábamos concentrados, me mandaban al bar para pedir cinco hijos de puta. Me enseñaron todos los tacos”, recordaba en una entrevista que le hicieron en el programa de televisión El Hormiguero en 2017.

No obstante, pese a las bromas, Robinson era muy respetado y querido en aquel vestuario, ya que llegó ya veterano (tenía 28 años) y además traía ya un palmarés nutrido (una Copa de Europa y una liga inglesa con el Liverpool) poco habitual en un club modesto como el navarro. Pedro Mari Zabalza, su entrenador en aquella época, le recuerda como “un jugador todo voluntad, físicamente muy fuerte y muy potente” que además tenía “un temperamento ganador”, y “un hombre muy ocurrente” que “llegaba muy bien al público”.

Una vez retirado del fútbol (en 1989, debido a una lesión de rodilla), pronto le llegó la oportunidad de estrenarse en televisión. Fue en TVE, en el programa Estadio 2, donde se encargaba de analizar partidos del torneo de su país, entonces mucho menos conocido en España que la actual Premier League. Al año siguiente, cuando su voz se iba haciendo popular, formó parte del grupo de comentaristas durante las retransmisiones del Mundial de Italia 1990.

Poco después Alfredo Relaño decidió ficharle para Canal+, una de las nuevas emisoras que surgieron cuando terminó el monopolio de TVE. Robinson se integró en el equipo de El Día Después, espacio que durante los años ‘90 se convertiría en una referencia de la información deportiva en España. Y eso que el propio inglés, cuando negociaba su fichaje, le expresó sus reticencias a Relaño: “Se lo confesé a mi jefe. Me dijo: ‘¿Te preocupa algo, Michael?’ Una cosa: yo solo tengo 100 palabras en castellano y 90 son tacos”.

Porque según decía, aunque (paradójicamente) demostraba conocer un vocabulario muy extenso, las expresiones malsonantes en español le gustaban especialmente. “Yo creo que en el Reino Unido somos tan agresivos por carencia de tacos. Acabamos pegándonos en un bar porque yo no sabría cómo insultarte. Fuck you, fuck you too, fuck you more... acabas dándote un cabezazo. Ahora, poder decir en un momento dado me cago en tus muertos... No te pego, y a lo mejor te pido perdón porque me he pasado”, reflexionaba con su gracia habitual.

Michael acabó hablando castellano con la fluidez y la naturalidad suficiente como para presentar varios programas de televisión y radio, o incluso para escribir algún libro, pero nunca llegó a desaparecerle ese deje británico que, lejos de entorpecerle, le daba un toque característico e inconfundible ante sus espectadores. Él mismo lo explotó al utilizarlo como título para uno de sus espacios, Acento Robinson, en el que trataba de buscar el lado humano del deporte desde los micrófonos de la Cadena SER. En este sentido, no eran pocos los que sospechaban que en realidad su castellano en el día a día era más cercano al habla de los nativos, pero que “forzaba” el toque inglés porque a la audiencia le gustaba.

No le falta razón del todo a los que opinan así; él mismo lo reconoció en una entrevista para El País en 2014. En ella recordaba que, cuando empezaba en Canal+, le pidieron que no se fuera de veraneo a Marbella, como era su costumbre, sino que pasara las vacaciones en Inglaterra y así no perdiera su dicción tan peculiar. “Mi acento es una marca”, reconocía, aunque también dejaba claro que no era esa la clave de su éxito como comunicador, o al menos no la única: “Tengo imaginación, miro las cosas desde otra perspectiva y eso no tiene que ver con mi idioma”.

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