La gran leyenda urbana tras la primera retirada de Jordan: ¿qué pasó en realidad?

Michael Jordan en el banquillo de los Chicago White Sox durante un partido en 1994. Foto: Rich Pilling/MLB Photos via Getty Images.

La serie The Last Dance (El último baile en español), un documental que cuenta las andanzas de los Chicago Bulls durante los años ‘90, se ha convertido ya en uno de los acontecimientos más importantes del deporte ahora que, por la pandemia del coronavirus, las competiciones habituales están detenidas. Consta de 10 capítulos, de los que se emiten dos por semana en el canal de televisión estadounidense ESPN y en la plataforma Netflix. Este fin de semana el público ha podido disfrutar del séptimo y el octavo, en los que, entre otras muchas cosas, se ponía el foco en la retirada temporal de Michael Jordan en 1993 para irse a jugar al béisbol.

Precisamente en torno a este asunto se desarrolló en su momento una leyenda urbana: que el primer adiós de Jordan se debió a una sanción que le habría aplicado la NBA debido a su adicción al juego. Brian McIntyre, vicepresidente de Relaciones Públicas de la competición en aquella época, lo desmintió tajantemente en el episodio 7 con una expresión muy elocuente y fácil de entender incluso para quienes no dominen el idioma inglés: “Total bullshit”.

¿Pero qué había de cierto en todo aquello? Es verdad que Jordan había tenido algunos problemas de ludopatía. Según recuerda Bleacher Report, en 1992 tuvo que testificar en un juicio contra el narcotraficante James Bouler, ya que este poseía un cheque firmado por Michael por valor de 57.000 dólares; el baloncestista confesó que era un pago por partidas perdidas durante un fin de semana de timbas. También, a principios de 1993, su nombre apareció en el libro de un hombre de negocios de San Diego, un tal Richard Equinas, que aseguraba haberle ganado más de 900.000 dólares durante sus partidas de golf. Asimismo, se le vio en ocasiones salir de los casinos de Atlantic City.

De hecho, la NBA llegó a abrir una investigación al respecto, aunque la cerró inmediatamente después de que el 23 de los Bulls anunciara su baja, en octubre de 1993, diciendo que “no había hecho nada malo”. Este adiós, al menos oficialmente, se debió a que ya no disfrutaba del juego y a que estaba muy afectado por el asesinato de su padre, ocurrido durante el verano anterior en un caso que aún no está completamente esclarecido. Jordan, que entonces tenía 30 años y no sufría lesiones de relevancia, ya estaba considerado el mejor jugador de la liga y venía de ganar los tres últimos campeonatos con la franquicia de Chicago.

Llamó mucho la atención que durante la conferencia de prensa en la que comunicó que se marchaba abrió las puertas a volver si los Bulls le necesitaban... y si David Stern, el comisionado de la NBA, se lo permitía. No faltó quien interpretó que esas palabras aludían expresamente a la posible sanción que habría recibido, aunque se cree que Jordan no quería más que tener un gesto hacia la máxima autoridad de la liga. Hay que tener en cuenta también el contexto: en el deporte profesional estadounidense de principios de los ‘90, tal como recuerda Sports Illustrated, las apuestas ilegales eran un problema grave, a raíz de varios escándalos surgidos durante la década anterior.

El movimiento que Jordan hizo después sorprendió a muchos: se cambió de deporte y se pasó al béisbol. Se enroló en las filas de los Chicago White Sox y luego pasó por los Birmingham Barons y los Scottsdale Scorpions, todos ellos equipos de ligas menores en los que nunca terminó de destacar. Aseguró que su paso al juego del bate se debía a su intención de homenajear a su padre, gran aficionado, pero año y medio después ya estaba de vuelta con las canastas, preparándose para el que sería su segundo triplete.

Conocidos como eran los problemas de Jordan con el juego, no tardó en extenderse el rumor de que su marcha de la NBA era en realidad una “sanción oculta” para apartarle temporalmente del juego pero evitando manchar su reputación, ya que era el jugador más carismático de la competición. Se llegó a vincular la muerte de su padre con estos asuntos de apuestas, algo que, para McIntyre, “no fue el mejor momento del periodismo”. El reportero Bob Costas, uno de los más célebres informadores deportivos de la época, subraya que “no hay ni el menor rastro de prueba” de que un hecho tuviera algo que ver con el otro.

También da que pensar el hecho de que Bouler poseía un cheque emitido con Jordan, con su nombre y firma; es decir, que el jugador no se ocultaba y, por tanto, al no considerar que estaba cometiendo ilegalidad alguna, no esperaba ninguna sanción. De hecho, la reglamentación de la NBA no prohíbe a los jugadores participar en apuestas o juegos de azar siempre que no estén relacionados con los resultados de los partidos de la liga.

Aun así, quizás el argumento definitivo sea el que dio Mark Vancil, autor de dos biografías de Jordan tituladas Rare Air y Driven from Within. “Me estás diciendo que David Stern, el gran capitalista, agarra al jugador número 1 de la franquicia número 1 y decide unilateralmente expulsarle bajando así el valor del resto de franquicias... ¿y nadie jamás encuentra pruebas sobre esto?”. De hecho el propio Stern, en entrevistas anteriores, ya había declarado que Jordan no era culpable.

Ante la falta de pruebas, por tanto, podemos dar por descartada la hipótesis y mandarla al limbo de las teorías de la conspiración. Parece que, simplemente, Jordan estaba harto del baloncesto y que su carácter hipercompetitivo no conseguía encontrar nuevos retos tras ganar tres años seguidos; tenía ganas de cambiar de aires por un tiempo. Por suerte para el juego, pronto recapacitó y volvió para seguir escribiendo la historia del baloncesto.

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