La experiencia terrible de ver 'Mentiras y Gordas' 12 años después de su estreno

Cine 54
·7 min de lectura

Por alberto Cano.- Estar de vacaciones y tener una suscripción activa a Flixolé me llevó a investigar entre su inmenso catálogo de cine español clásico. Pero allí también me encontré un clásico en el peor sentido de la palabra, una película que hace 12 años causó sensación en los cines de nuestro país y que en la memoria colectiva ha permanecido como uno de los mayores despropósitos jamás realizados.

Se trata de Mentiras y gordas, aquella cinta protagonizada por Ana de Armas, Mario Casas, Yon González, Maxi Iglesias y otras muchas otras estrellas juveniles de los 2000 repleta de sexo explícito, fiestas, consumo de drogas y un mensaje contra los excesos en la juventud. Se estrenó en marzo de 2009 y fue un rotundo éxito en taquilla. Arrastró a 724.054 espectadores a las salas y recaudó 4,3 millones de euros. Pero la crítica la destrozó. Y los espectadores tras su salida de los cines también, puesto que más allá de su exhibicionismo poco había a lo que aferrarse.

Ana de Armas junto al cartel de Mentiras y Gordas en el Fitur 2009 (PJA / ©KORPA, Gtres)
Ana de Armas junto al cartel de Mentiras y Gordas en el Fitur 2009 (PJA / ©KORPA, Gtres)

Recuerdo que en 2009 Mentiras y gordas no dejaba de estar en boca de mi círculo de amigos, de mis compañeros de clase o de algunos de mis familiares. Todos comentaban lo atractivo que les resultaba el reparto o lo mucho que les había excitado ver sus escenas de sexo, pero también lo extremadamente mala que les había parecido.

Yo en aquel momento ni siquiera sabía que opinar, sus avances me habían generado tal rechazo que ni me planteaba acercarme a una sala de cine a verla. Pero la presión social me pudo. Y evidentemente acabé horrorizado tras su visionado. Su propuesta se basaba únicamente en poner a las actrices y actores de moda a enseñar carne. No había argumento, no había coherencia, los diálogos y las situaciones eran irrisorias. Era un completo desastre.

Doce años después, tras encontrarme de nuevo ante la película gracias a las plataformas de streaming, decidí darle una nueva oportunidad y juzgarla con la mente abierta. Tenía el recuerdo horrible de cuando la vi en 2009, pero quería comprobar si detrás de todo ese exhibicionismo se encontraba algo que mereciera la pena ser destacado, porque, una película con estrellas de la talla de Ana de Armas, con continuas fiestas o con temas relevantes como la drogadicción algo bueno tendría que tener, ¿no?

Pulsé el play. Primero, títulos de crédito sobre la pantalla con una anodina canción de Fangoria que ni recordaba, y a continuación, Mario Casas y Yon González en una playa sin camiseta, un personaje femenino que no recuerdo drogándose, una escena de fiesta en una discoteca y Ana de Armas y Hugo Silva manteniendo sexo explícito en un baño público. Interpretaciones mecánicas, actores y actrices con cara de circunstancia, una ambientación casi de película porno o diálogos irrisorios caracterizaban estos primeros 10 minutos. Y ya no podía más. Era incluso peor de lo que recordaba.

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“Cómeme las tetas”, le dice Ana de Armas a Hugo de Silva mientras se desnuda al completo en un baño. Tenía esta frase clavada de cuando vi la película hace años por ridícula, forzada y gratuita. Pero es que ahora me ha resultado incluso más horrible que antaño. Estaba viendo a esa estrella internacional que es hoy Ana de Armas reducida a un mero objeto sexual, al puro exhibicionismo gratuito. Era espantoso. Pero es que el resto de escenas sexuales de la película seguían la misma línea.

Da la casualidad de que recientemente Yon González salió a criticar duramente el rodaje de Mentiras y Gordas, y más en concreto la grabación de un desnudo integral que tiene lugar hacia el final. “Me dejaron desnudo delante de cientos de personas durante diez minutos, sin albornoz ni toalla. Me estafaron por no saber de qué́ iba esta historia. Hay gente mala e interesada en todas partes, también en esta profesión, relataba el actor en diciembre de 2020 para Icon.

Estas palabras quizás explicarían el porqué de la cara de circunstancia de todos los intérpretes, de sus actuaciones tan robóticas, de lo extremadamente perdidos que se les nota durante el metraje. Y no es para menos, porque si nosotros como espectadores nos quedamos perplejos ante esta sucesión de fiestas, sexo y drogas sin argumento alguno, no quiero ni imaginarme lo que tuvo que ser rodarlo ante la situación que relata González de ignorancia sobre la trama.

Podría seguir comentando escenas, pero me repetiría demasiado. No hay mucho más que decir más allá de hablar de momentos explícitos y desagradables sin un enfoque claro. Aunque lo cierto es que ni siquiera recuerdo más escenas con exactitud, porque tras ver lo mismo una y otra vez durante casi dos horas es imposible no desconectar.

Si que es cierto que entre sexo y fiestas se da hueco a hablar sobre la homosexualidad, la adicción a las drogas, la obsesión por el físico o algún que otro tema importante. Pero su tratamiento es nefasto. Y al final, la película se queda en un retrato muy simplista de la juventud y lleno de mensajes obvios. Pero hay otra cosa que me chocó mucho durante este revisionado. Y es que tenía la sensación de estar viendo una película propia del cine de destape de los años 70 y no una producida en 2009. Y no lo digo solo por el sexo, sino por su realización tan deslavazada y lo extremadamente anticuada que luce su atmósfera. En aquellas cintas primaba la subversión sexual sin importar lo bien o mal que estuviera rodada, algo que se entiende en el contexto histórico del fin de la censura y de la dictadura franquista, ¿pero a finales de los años 2000?

Lo entendería si Mentiras y gordas estuviera dirigida por algún cineasta curtido en aquella época, pero sus responsables, Alfonso Albacete y David Menkes, son dos directores que desarrollaron su carrera en los 90 con míticas cintas como Más que amor frenesí o Sobreviviré. Su labor tras las cámaras nunca ha sido del todo alabada, pero de ahí a hacer una película que parece realizada hace casi 50 años hay un trecho. No quiero juzgar si son buenos o malos directores, porque que una producción salga bien o mal depende de demasiados factores, pero lo que salió de Mentiras y gordas no fue precisamente un buen trabajo.

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Otra de sus responsables es la exministra de cultura Ángeles González Sinde, quien firma el guion junto a Albacete y Menkes. Y siempre me ha resultado curioso que cada vez que su nombre sale a la palestra se le reprocha haber trabajado en esta película.

Era habitual escuchar críticas a su labor en cultura mencionando que alguien tras Mentiras y Gordas no era apta para el cargo, a veces en tono de broma y otras incluso hablando en serio. También recuerdo que cuando Saw VI fue calificada X por el Ministerio de Cultura durante su mandato y se le volvió a echar en cara esta película, aunque lo cierto es que las calificaciones de edad dependen de un comité calificador que se renueva cada cierto tiempo y no del ministro o ministra en el cargo.

Viendo de nuevo Mentiras y gordas volví a pensar en lo mucho que se liga a la exministra a la película, a veces incluso más que a sus directores. Y la verdad, su participación posiblemente fue mínima, puesto que se limita a un crédito en un guion escrito entre tres. Pero ocupar un cargo público a veces te pone fácilmente en la diana. Aunque sí, el guion era horroroso y estaba firmado por ella.

Por último, también me llamó la atención que pese al indudable éxito de Mentiras y Gordas jamás hemos vuelto a ver un producto similar en el cine español. Sí que se volvió a explotar el tirón de estrellas jóvenes en terribles y desvergonzadas películas de terror como XP3D en 2011, pero creo que nunca se ha apostado por un exhibicionismo tan descarado y de mal gusto como el de Mentiras y Gordas. Porque incluso a la industria esto debió de parecerle demasiado.

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