Las mentiras no son gratis, le pasan factura a la salud de tu cerebro

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Las mentiras piadosas no son tan inofensivas como parecen: tienen un peaje. [Foto: Getty Images]
Las mentiras piadosas no son tan inofensivas como parecen: tienen un peaje. [Foto: Getty Images]

Alabas el nuevo corte de pelo de una amiga - aunque crees que le sienta fatal - porque no quieres decepcionarla.

Consuelas a tu amigo diciéndole que pronto se reconciliará con su ex pareja - aunque sabes que las probabilidades son infinitesimales - pero no quieres que se sienta peor.

Le dices a tu jefe que vas a buen ritmo con el proyecto - aunque ni siquiera lo has mirado - solo para que no se preocupe.

Justificas tu plato lleno diciendo que no tienes apetito – aunque te atenaza un hambre voraz – porque te apena decirle a tu pareja que la cena que ha preparado con tanto esfuerzo era terrible.

La lista podría continuar.

Todos decimos mentiras blancas. Un estudio realizado en la Universidad de Massachusetts comprobó que el 60 % de las personas mintió al menos una vez durante una conversación de 10 minutos en la que deseaba parecer más agradable. Justificamos esas mentiras porque son pequeñas y no tienen malas intenciones. Sin embargo, las mentiras piadosas no son tan inofensivas como parecen: tienen un peaje.

El costo relacional de las mentiras blancas

Si las mentiras blancas se convierten en un hábito, terminarán arruinando la relación. [Foto: Getty Images]
Si las mentiras blancas se convierten en un hábito, terminarán arruinando la relación. [Foto: Getty Images]

Psicólogos de la Universidad de California realizaron un experimento muy interesante en el que pidieron a más de 2 000 personas que se involucraran en un juego económico. Los jugadores recibieron “consejos” verdaderos o falsos que afectaron el resultado del juego. Luego los investigadores revelaron las mentiras a los participantes.

Cuando la mejor opción no era obvia, sino discutible, como recibir 10 dólares de inmediato o 30 dólares al cabo de tres meses, los jugadores no se tomaron bien la mentira, aunque esta les permitió ganar más dinero a la larga. Esos participantes juzgaron a la persona que les mintió como más inmoral, creían que no tenía buenas intenciones y se sintieron menos satisfechos con el resultado final, aunque al inicio del juego habían dicho que era el que preferían.

Los investigadores profundizaron en esas reacciones aparentemente ilógicas ya que, aunque fuera recurriendo a mentiras, la persona realmente había ayudado a los jugadores a alcanzar sus objetivos. Descubrieron que los participantes sentían que habían violando su autonomía y que el otro había tomado una decisión que no le correspondía en base a suposiciones sobre sus preferencias.

El estudio confirma una creencia que todos compartimos: pensamos que tenemos derecho a saber la verdad. La mentira nos arrebata ese derecho y, por tanto, la posibilidad de decidir autónomamente y actuar según nuestras preferencias y valores. Eso nos molesta.

De hecho, no vemos de la misma manera las mentiras blancas cuando somos nosotros quienes las contamos con la intención de ahorrarle un mal trago a alguien, protegerlo o incluso ayudarlo que cuando nos las dicen. Ser engañados, aunque sea por “nuestro bien”, implica que alguien se atribuyó el derecho de decidir lo que es mejor para nosotros.

Esa presunción confiere más poder a la persona que miente, dejándonos en la oscuridad al arrebatarnos piezas de información que podrían ser relevantes para tomar nuestras decisiones. En esas circunstancias, nuestro cerebro reacciona automáticamente ante lo que consideramos un trato injusto, según los estudios de Neurociencias. Nos sentimos ultrajados, menospreciados y traicionados.

Cada vez que decimos una mentira blanca porque contar la verdad es demasiado complicado, incómodo o tedioso, estamos obligando a esa persona a reevaluar la imagen que tiene de nosotros. Quizá nos perdone. Pero si las mentiras piadosas se convierten en un hábito terminarán socavando la relación porque seremos percibidos como personas poco fiables y arrogantes que pretenden saber lo que es mejor para los demás.

Por tanto, esas mentirijillas que quizá solo tenía como objetivo proteger la relación o no parecer demasiado borde, puede terminar arruinándola.

Mentir empeora nuestra salud

Un “cerebro honesto” está relajado, un “cerebro deshonesto” experimenta una actividad intensa. [Foto: Getty Images]
Un “cerebro honesto” está relajado, un “cerebro deshonesto” experimenta una actividad intensa. [Foto: Getty Images]

Las mentiras no solo influyen en las relaciones, también tienen un impacto en nuestra salud. Un equipo de psicólogos de la Universidad de Notre Dame realizaron el experimento sobre la honestidad durante 10 semanas.

Pidieron a la mitad de los participantes que dejaran de decir todo tipo de mentiras durante ese periodo de tiempo mientras que la otra mitad no recibió ningún tipo de instrucción. Ambos grupos fueron sometidos a diferentes pruebas para evaluar su estado de salud y la calidad de sus relaciones, llevando además la cuenta del número de mentiras semanales.

Los investigadores descubrieron una relación entre las mentiras y la salud. Cuando las personas reducían el número de mentiras, reportaban menos molestias físicas y de salud mental, un patrón válido tanto para las mentiras blancas como para las negras; o sea, aquellas que contamos con motivos egoístas para evadir nuestras responsabilidades.

Curiosamente, las personas que dijeron menos mentiras también informaron que sus relaciones interpersonales más cercanas habían mejorado y que sus interacciones sociales en general habían sido más fluidas. Al terminar el estudio, también reportaron una mejora en su salud y estado de ánimo.

En realidad, las mentiras suponen un coste cognitivo considerable. Se ha comprobado que nuestro cerebro trabaja mucho más para gestionar las mentiras que cuando contamos la verdad. También se ha constatado que la mentira supone un gravamen añadido cuando tenemos que realizar otras tareas y a menudo afecta nuestro desempeño.

Las mentiras suelen activar el sistema límbico, la misma zona del cerebro que desencadena la respuesta de “lucha o huida” en situaciones amenazantes o de estrés. En cambio, cuando somos honestos, esa área muestra una actividad mínima. Eso significa que un “cerebro honesto” está más relajado, mientras que un “cerebro deshonesto” experimenta una actividad frenética.

Las Neurociencias han comprobado que “antes, durante y después de un acto deshonesto se producen residuos fisiológicos evidentes en el cerebro, el cuerpo y la biología”. Estos investigadores afirman que mentir constantemente está asociado a problemas como la hipertensión, el aumento del ritmo cardíaco, la vasoconstricción y niveles elevados de cortisol en sangre.

Sin duda, las mentiras suponen un peso psicológico adicional que termina añadiendo más tensión, estrés y ansiedad a nuestro día a día, lo cual terminará reflejándose en el cuerpo y afectará nuestra salud a la larga.

¿La solución? Expresarse desde la asertividad

Entre el sincericidio y la mentira existe un punto medio que se llama asertividad. [Foto: Getty Images]
Entre el sincericidio y la mentira existe un punto medio que se llama asertividad. [Foto: Getty Images]

Las mentiras, incluidas aquellas piadosas, no son gratis, tienen un costo y, cuando son frecuentes, pueden dañar tanto a quien las dice como a quien es engañado. Sin embargo, eso no significa que debamos convertirnos en kamikazes de la verdad, “escupiendo” lo que pensamos a la cara y desentendiéndonos de las consecuencias de nuestras palabras.

Hay un momento para todo. Y hay maneras y maneras.

Si sabemos que una verdad puede ser dolorosa o no será bien recibida, es mejor elegir el momento adecuado y las palabras correctas. Entre el sincericidio y la deshonestidad existe un punto medio que se llama asertividad.

La asertividad es lo que nos permite ser fieles a nosotros mismos y expresar lo que pensamos o sentimos desde una postura empática. Es la capacidad que nos permite respetarnos y respetar al otro para conectar desde la autenticidad.

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