Menorca fuera de temporada: qué ver y qué hacer en la isla balear

Por Juanjo Madrigal
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From Esquire

Menorca es, de por sí, un destino tentador. Es la isla balear más lejana y, por lo tanto, disfruta de las bondades de un Mediterráneo de contrastes. De kilómetros y kilómetros de costa –en concreto, unos 216– que se nos descubren en forma de playas, calas y acantilados salpicados de singulares y coloridos faros. Queda claro que Menorca no es Paros, ni Mikonos, ni Santorini, pero tiene algo de ínsula griega que la hace extremadamente seductora: su espíritu tranquilo. Un destino imprescindible en los tiempos de la slow life que deviene en escapada perfecta para el mes de septiembre. Así se escribe Menorca fuera de temporada.

El primer hito de esta singladura sin barco lo hacemos en Menorca Experimental, un novísimo hotel de diseño –se inauguró hace poco más de dos semanas– que tiene al agroturismo como concepto estrella. Está ubicado a poco más de 20 minutos de Mahón [el mismo puerto en el que saqueó el pirata Barbarroja allá por 1535] y promete convertirse en la sensación de este otoño… y de los estíos venideros. La finca cuenta con un edificio que antaño albergó la Batería Militar de Llucalari; antiguo cuartel del siglo XIX muy conocido entre los vecinos de la cercana localidad de Alayor.

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Las 43 habitaciones de la finca –repartidas entre esta casona y sus nueve villas con piscina privada– tienen el sello deco de Dorothée Meilichzon, la encargada de dotar de una personalidad singular a todos los espacios de este establecimiento hotelero. Dormitorios con solados de barro, paredes encaladas y vigas de madera de sabina balear. No faltan los textiles de LRNCE, los detalles decorativos en cerámica de Es Fangueti o los muebles de inspiración rústica fabricados en madera de olivo. Tres de las muchas notas decorativas de un rincón menorquín donde priman los colores suaves o esas texturas que nos recuerdan que este es un espacio donde habita el diseño.

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Y aún hay más. Porque tú también puedes convertirte en una suerte de Robinson sin necesidad de salir de este rincón. Cuenta con un restaurante tras cuyos fogones se encuentra el chef Sylvian Roucaryrol que ha inspirado un menú que hunde sus raíces en la cocina tradicional balear. Y la cosa no acaba ahí. Porque si de algo saben en este grupo hostelero es de cócteles y, cómo no, puedes disfrutar de algunos de sus mejores combinadas en cualquiera de las barras de bar que hay repartidas por esta finca. Sí, existe el chic menorquín y nada como probarlo a orillas de la piscina de este enclave rodeado de bosque balear.

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El verano menorquín también continua hasta bien entrado septiembre… y octubre. Dos meses en los que la isla se quita el apellido de turística y en los que es posible disfrutar, por ejemplo, de largos paseos a caballo. Disponen de rutas para hacer a lomos de un équido –a ser posible de pura raza isleña– o a pie. Siempre y cuando cuentes con las ganas machadianas de hacer camino al andar. El Camí de Cavalls tiene 185 kilómetros divididos en 20 etapas que discurren por parajes de ensueño: playas singulares, pueblos con encanto y barrancos sobre los que se asoman ciudades como Ciudadela y Mahón. Para los que prefieran tirar por el camino más corto, existe una etapa que tiene como punto de partida esta última ciudad y que llega hasta Es Grau. ¿El espacio y el tiempo? Puedes hacer esta ruta de 10 kilómetros en poco más de tres horas y media. Y con el otoño como telón de fondo. Para echar a andar y no parar.


Tenemos ya la miel tan en los labios que nos han entrado unas ganas inconmensurables de disfrutar de algunas de las playas y calas más singulares de la isla. Hagamos una parada en las dunas de Sa Torreta, o recorramos el paisaje lunar del Parque Natural de s’Albufera des Grau y la Cala Tortuga. Que la ocasión la pintan blanca, blanquísima como las casas de Cala Morell. Probemos a poner un pie en Cala Turqueta y otro en el pueblo de pescadores de Fornells. Y hagamos parada y fonda en algunos de los restaurantes donde preparan la famosa calderería de langosta. Por último, muramos de placer disfrutando del poblado talayótico con más de 4.000 años de historia. Que la vida son dos días y Binibeca Vela es de esos lugares que se te quedarán grabados en la retina.

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Porque no hay dos sin tres, Menorca se nos antoja infinita. Casi tanto como los confines del Mediterráneo más azul. Tan azul como el que se otea desde la Cova d’en Xoroi. El lugar en el que todos recalan para disfrutar de las mejores puestas de sol, una carta de cócteles de escándalo y unas vistas que querrás instragramear una y otra vez. Saca fotografías, sí. Pero no te olvides de hacerlo pomada en mano [la bebida tradicional de la isla cuya receta lleva limonada y ginebra Gin Xoriguer]; bebida a la que el mismísimo Baco hubiera caído rendido.


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No te olvides tampoco de destinar un par de horas de tu tiempo a darte un paseo por las Canteras de S'Hostal y de sus singulares excavaciones. De ella salieron, durante más de 200 años, millones de bloques de piedra que sirvieron para la construcción de las viviendas típicas de la isla. Piérdete por esta megalómana obra del cantero balear que labró la roca y construyó un singular jardín botánico en su interior, al que se encaraman higueras, enebros y toda clase de especies vegetales autóctonas de la isla. ¿Acaso no tienes ya el cuerpo lo suficientemente mediterráneo como para despedir el verano en la isla más lejana de nuestro mar?