Mary Seacole, la enfermera y heroína de Crimea que nadie recuerda

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Photo credit: Universal History Archive
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Nacida como Mary Jane Grant en Kingston, en 1805, Mary escribiría en sus memorias que siempre fantaseó con viajar, e incluso se identifica como “una Ulises femenina”. Hija de un soldado escocés y una hostelera jamaicana, se refería a sí misma como “criolla”. De su madre, curandera, aprendió la medicina tradicional africana y del Caribe, y aunque no recibió una instrucción oficial como sanitaria, fue forjando su camino con experiencia y vocación, en un momento en el que la formación reglada para alguien como ella era una entelequia.

Su marido, Edwin Seacole, falleció pronto, y la tienda que habían montado no fue bien, por lo que estableció una hospedería como aquella en la que se había criado. Consiguió realizar su deseo de viajar recorriendo otros destinos del Caribe, como Cuba y Haití, visitó en dos ocasiones Londres para visitar parientes y acabó viviendo con su hermano a Panamá. Una epidemia de fiebre amarilla en el país le dio la oportunidad de ejercer como enfermera y de comprobar, con sus propios ojos, la importancia de la higiene y de una correcta ventilación de los sanatorios. Otra epidemia, esta vez de cólera, ya en Jamaica, no haría sino ratificar ese dato.

Pronto tendría otra ocasión de poner en acción sus conocimientos. La guerra de Crimea de 1853 galvanizó el mundo; en ella se enfrentaban Rusia y una alianza occidental en la que se encontraba Gran Bretaña. Como solía suceder en estos conflictos, el cólera y la malaria produjeron muchas más bajas en los soldados que las armas; se estima que fallecieron al menos unos 17.000 soldados por enfermedad y unos 4.000 por las batallas. La enfermera Florence Nightingale reclutó a 38 mujeres desde Inglaterra para mejorar las condiciones del hospital británico, un hecho que se considera el nacimiento de la enfermería moderna. Mary, deseosa de formar parte de ese grupo, no llegó a tiempo de la primera partida, pero aunque se abrió el cupo a más mujeres después, ella no fue aceptada. Los motivos que se barajan van desde el racismo a la falta de formación válida según los estándares británicos del momento. En cualquier caso, esto no la detuvo. Se sufragó ella misma el viaje y se plantó en Crimea en 1855, con cincuenta años.

Photo credit: Hulton Archive
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Rechazada de nuevo por Nightingale, abrió “The British hotel” en Balaclava, en un antiguo almacén de alimentos. La planta baja estaba dedicada a restaurante y bar, y la primera era un hospital para los soldados. Pasó allí 16 meses, hasta el final del conflicto, durante los que se ganó el apodo de “madre Seacole”, tratando a los enfermos y heridos con remedios de hierbas, cosiendo y vendando heridas, y brindando también, según los periodistas de la época que se apresuraron a cubrir su trabajo, consuelo y cuidados como los de una madre. En su momento se la presentó como la encarnación de la abnegación, la dulzura, la devoción cristiana y la lealtad de los súbditos coloniales al imperio británico. Se hacía especial énfasis en las virtudes asociadas de forma tradicional a las mujeres, en un efecto análogo al que experimentó todavía más a lo grande Florence Nightingale, “el ángel de Crimea”, todo en un momento en el que la sociedad británica necesitaba héroes y más específicamente, heroínas.

Mary siempre se refirió a Florence Nightingale en términos elogiosos, como “la inglesa cuyo nombre nunca morirá”; pero por el contrario, Nightingale no veía con buenos ojos el trabajo de Seacole, rechazó cualquier tipo de relación con ella y criticó que a su lado aparecían “la embriaguez” y la “conducta impropia”. Con los años se ha profundizado más en la oposición entre estas figuras, como si resaltar la importancia de una implicase tirar por la borda el trabajo de la otra. Algunas visiones oponen la labor de Nightingale, de organizadora y directora, con la de Seacole, más a pie de tierra, brindando cuidados directos a los soldados que incluían también servirles bebidas y tabaco. Los críticos actuales con Seacole la consideran más una comerciante o una mujer de negocios, una vivandera, que una enfermera con los parámetros que consideramos hoy. Sus defensores reivindican que esa consideración tiene que ver con visiones de la enfermería desde la perspectiva actual, no en su contexto.

En cualquier caso, el mito de Mary, como el de Nightingale, se ha ido transformando con los años, de ángel salvador a precusora, y obedece a la necesidad y justicia de rescatar figuras olvidadas del pasado. Como mujer racializada, que su nombre se hubiese olvidado y ahora haya sido rescatado resulta de lo más simbólico. El “renacimiento” de Mary a partir de los años 80 del siglo XX fue total: incluyó volver a editar sus memorias, identificar su tumba en Londres y empezar a dedicarle calles, monumentos y placas tanto en Inglaterra como en Jamaica.

La implicación de Mary en la guerra tuvo un precio, de forma literal: Mary regresó de Crimea en la ruina, y fue gracias a amigos y sobre todo a la reivindicación de un periodista que la había conocido allí que pudo recuperarse económicamente y recibió reconocimiento; incluso fue elogiada por la reina Victoria. Su autobiografía, Wonderful Adventures of Mrs Seacole in Many Lands, llegó a ser un best seller de su época. Mary falleció en 1881, en Londres. Sobre su “aventura” en Crimea, había dejado escrito, con una satisfacción lejana a los sentimientos que se supone que debía expresar una mujer de su época: “Quizá sería correcto que expresara más vergüenza y enfado de la que realmente siento por el desastroso resultado pecuniario de mis aventuras en Crimea, pero no puedo, realmente no puedo. Cuando trato de sentirme avergonzada de mí misma por ser pobre e indefensa, solo experimento un resplandor de orgullo por los otros eventos más agradables de mi carrera; cuando pienso en los pocos a quienes dejé de pagar en su totalidad (y lejos de culparme, algunos de ellos son ahora mis mejores amigos), no puedo dejar de recordar también a los muchos que se declaran en deuda conmigo”.

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