¿Qué tiene de malo vestir las mismas prendas?

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Photo credit: Edward Berthelot
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Nunca una respuesta de consultorio más sencilla. ¿Qué tiene de malo vestir una y otra vez lo mismo? La respuesta es: NADA. ¡Siguiente pregunta!

En realidad amo este debate, y me parece una de los asuntos clave de la compra responsable y la sensatez financiera: elegir bien y usar mucho esa adquisición solo trae cosas buenas: ahorro de dinero, consistencia, fiabilidad, personalidad. Es ir ejercitando un criterio sólido en una sociedad donde interesa que no pensemos mucho y gastemos sin mirar a quién.

Cada mañana al escoger un atuendo elegimos el mensaje que mandamos al mundo. A pesar de tener el armario lleno, nos ilusiona tener siempre más, siempre diferente. A veces meditamos la compra varios días; otras nos encaprichamos en un segundo. La prenda llega a casa. Pasa un tiempo. Nos cansamos, la desechamos y andando. La llevamos al punto de reciclaje, la donamos o vendemos. Podemos simplemente tirarla. Su destino final ya no es cosa nuestra.

Pero en la moda no hay elecciones inocentes. Comprar algo nos hace cómplices de su proceso de creación; en el caso de la fast fashion, perpetúa un sistema explotador. La moda rápida se obsesionó con ofrecernos una oferta ingente y constante, con bajar y bajar los precios. Democratizaremos el estilo, prometían. Pero lo único que consiguieron es que cambiara nuestra percepción de la ropa, devaluándola hasta presentárnosla como desechable. Es una idea perversa: algo debe ser abandonado no porque ya no sea útil, sino porque ya no es tendencia, porque ya no tiene un valor social.

Con cada adquisición seguimos dentro de la rueda. Solo se sale de ella de una forma radical: comprando mucho menos, comprando mucho mejor, dejando de comprar. E intercambiando, reparando, alquilando, vistiendo las prendas mucho tiempo. ¿Quién dice que lo nuevo tenga más valor? Hay prendas vintage que tienen mil veces más encanto que otras nuevas que nacen muertas, sin historia, sin ningún vínculo con su creador ni su lugar de origen.

La cantidad de usos de una prenda ha bajado drásticamente en veinte años. Según la Ellen MacArthur Foundation, en 2002 una prenda se usaba unas 200 veces antes de desecharla. En 2015 bajó a 50 veces. Las encuestas recientes en Europa hablan de unas 7 veces; porque se deforma al lavarla, porque cambiamos de peso o porque nuestro entorno ya nos lo ha visto puesto (nuestros amigos, nuestros seguidores) y no queremos repetir. En paralelo a la cifra antes mencionada: compramos un 60% más de ropa que en el año 2000. Cada año se tiran unos quince millones de toneladas de ropa.

Photo credit: Jeremy Moeller
Photo credit: Jeremy Moeller

Nada me gusta más que usar algo durante años, y que la gente lo asocie conmigo. Llevo ‘peacoats’ marineros, y cuando alguien ve uno en alguna tienda me dice: ¡es muy tú! Me encanta. También descubrí hace tiempo que creemos que todo el mundo nos mira y juzga, pero en realidad la gente anda ocupado con lo suyo. Si algún lelo se mete con nosotros por llevar lo mismo que la semana pasada, debemos poner tierra por medio con esa persona tan pronto como sea posible. La que se retrata es ella. La media de mis prendas es de una década, muchas de ellas van camino de las dos. Es una rebeldía minúscula pero definitiva en estos tiempos de obsolescencias, apariencias y tendencias: volver una y otra vez a las cosas que nos funcionan y nos hacen felices.

Si está leyendo esto alguien joven: en vez de ir comprando a voleo, invierte cada año en solo dos buenas prendas atemporales con un patrón impecable ligeramente oversize y tejido de calidad. A los treinta años ya tendrás el armario hecho, seguirás entrando en la talla y podrás ocuparte de otras cosas realmente importantes. Quizá el plan de pasar años vistiendo lo mismo te espante (la presión del grupo es terrible), pero algo bello y bueno —piensa en tu música favorita, tu equipo, tu perro, tu película de cabecera— es un amor para siempre. Repetir es identidad y ancla, y un ahorro mayúsculo de tiempo.


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