Malcolm, la entrañable serie que podríamos ver toda la vida sin aburrirnos

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 Malcolm encontró dos baluartes en Bryan Cranston y Frankie Muniz. REUTERS/Fred Prouser
Malcolm encontró dos baluartes en Bryan Cranston y Frankie Muniz. REUTERS/Fred Prouser

Nada fue real. Es un lunes del 2005 y quieres ver algo en la televisión después de pasar todo el día jugando tazos con tus amigos. Ya recibiste la fulminante indicación, a los gritos, de volver a casa. Pero la tarea puede esperar. Prendes la tele en el cinco y, aunque la señal no es muy buena porque todavía vivimos en la era análoga, ahí están ellos: esa familia disfuncional de la que nadie conoce su apellido (después nos enteramos de que eran los Wilkerson). No entiendes muy bien algunos chistes, pero hay algo de divertido en lo que hacen esos actores grabados con una sola cámara durante seis temporadas.

De repente, Malcolm, ese geniecillo que es el protagonista de la serie, te habla y te confiesa lo miserable que es su vida. Nadie lo entiende: en su familia, donde prolifera el comportamiento cavernícola, él se siente extranjero. En la escuela padece el bullying propio de Los Krelboynes. Las chicas que se interesan por él rápidamente se desencantan cuando conocen el trasfondo de su día a día. Su madre, Lois, lo detesta y él está convencido de eso. Sus hermanos Reese y Dewey son unos lunáticos. Hall, el padre de familia, voluble como él solo: capaz de hacer arte en una pared o de quedar atrapado por miles de abejas en todo el cuerpo. Y Francis, el hermano entrañable que vive sus propias penurias en la escuela militar y, luego, en una serie de trabajos por demás pintorescos.

¿Pero por qué ese programa sin risas grabadas nos parece todavía hoy tan fascinante? Su primer capítulo se emitió el 9 de enero del 2000 y el último, el 16 de mayo de 2006. Los vimos crecer, pero la esencia fue siempre la misma. Todavía hoy nos causa entusiasmo saber que sus capítulos podrán verse en alguna plataforma de streaming (estuvo un rato en Prime y ahora está en Disney+). Y ni hablar del dejo de alegría y nostalgia que nos provoca encender, por casualidad, la tele y ver que hay algún capítulo en el cinco, como en los viejos tiempos, como siempre. Nadie sabe exactamente cuando dejan de pasarla y cuando vuelven a hacerlo, pero a nadie le disgusta verlos ahí.

Quizá nos encariñamos tanto con los porque todos tenemos algo de ellos. Porque retrataban a una clase media que padecía los embates del sistema; porque esa familia tan disfuncional encarnaba como ninguna todas las desventuras que se viven ahí y en todo el mundo, y más aquí, en México, donde el drama le pertenece a millones de familias (y no, no de clase media). Porque todos creímos en algún momento que nuestra madre nos odiaba, como Lois a Malcolm.

Quizá algo tenga que ver la visión futurista que presentaron de algunos temas que hoy nos parecen nuevos. Como cuando los tres hermanos claman por la no sexualización de la mujer atrapados en una valla publicitaria elevada. O cuando Francis, ese hermano mayor que todos hubiéramos querido tener, le dice a Malcolm que no fue un cobarde por no tener sexo con una chica en estado de ebriedad, que hizo lo correcto, que el alcohol no es justificante ni atenuante de un abuso sexual.

Hemos crecido como lo hicieron Malcolm, Reese y Dewey durante siete temporadas. Dejamos de ser niños. Y nos dimos cuenta de que Lois no odiaba a nadie. Que Hall no era un papá loquito con tendencia al ridículo. Todos fuimos Malcolm en el último capítulo, cuando toda la familia se embarra de inmundicias previo a la graduación del orgullo de la familia y, al fin, encuentra sentido a su desdichada vida. Malcolm, en ese último capítulo, recibe una oferta laboral para volverse millonario precoz, pero su madre le estropea la vida resuelta. Toma la palabra por él y dice que no. El genio, desde luego, se enoja y dice que, al parecer, nunca será lo suficientemente miserable.

Y ahí viene una de las escenas más memorables de la televisión en cualquier época. Todos le revelan a Malcolm cuál es su destino: presidente de los Estados Unidos. Pero siempre a contracorriente, con todo el mundo en contra. “Serás la única persona en ese puesto a la que le preocupen personas como nosotros”. Y ya está. Lois lo dijo todo. Romántico, sí, pero conmovedor y qué.

–Abrirás los ojos y te darás cuenta que la vida es más que demostrar que eres el más inteligente del mundo. Lo siento, no irás por el camino fácil– dice Lois.

–Esto es increíble. Esperan que sea el mejor presidente en la historia– reprocha Malcolm.

–Solo mírame a los ojos y dime que no puedes hacerlo–. No hubo que dar más explicaciones.

Malcolm, el de en medio. Podríamos verla toda la vida y seguir disfrutando. Y seguir aprendiendo. Por eso a 22 años de distancia parece que todavía vienen del futuro.

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