Luis Enrique será un loco pero se está jugando el puesto por España

Guillermo Ortiz
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Luis Enrique head coach of Spain speaks during a TV Interview after the FIFA World Cup 2022 Qatar qualifying match between Spain and Greece at Estadio Nuevo Los Carmenes on March 25, 2021 in Granada, Spain. (Photo by Jose Breton/Pics Action/NurPhoto via Getty Images)
Photo by Jose Breton/Pics Action/NurPhoto via Getty Images

¿Y si a España no le diera para más en este momento? La pregunta tiene su lógica teniendo en cuenta cómo han sido eliminados tres de los cuatro equipos participantes en la Champions League. ¿Y si nos hemos quedado sin estrellas y solo con proyectos aún demasiado jóvenes sin la experiencia de la alta competición? Algo parecido ha debido pensar Luis Enrique, a quien le han caído todos los palos del mundo por presentar un equipo con demasiados "desconocidos" para iniciar la clasificación para el mundial de Catar 2022. El resultado lo conocemos todos: la selección empató con Grecia y se quedó a un gol in extremis de Dani Olmo en Georgia de complicarse muchísimo la tarea. España, que ha jugado todos los mundiales desde 1978, podría quedarse fuera del siguiente, sí. Y sería tremendo. ¿Por qué correr tantos riesgos, entonces?

Pues por el contexto generacional: España, que ahora no parece tener jugadores veteranos de entidad suficiente como para llevar a un equipo a un título internacional, tiene un futuro maravilloso. Ese futuro se llama Ansu Fati, se llama Dani Olmo, se llama Pedri, Ferrán Torres, Eric García, Oyarzabal, Fabián, Bryan Gil... El propósito de Luis Enrique es que no se queden en el camino como se quedó la generación que fue campeona sub 21 en 2013, la de los Thiago, Isco, Morata, Rodrigo, Sarabia, Íñigo Martínez... básicamente, los que fracasaron en la Eurocopa 2016 y en el Mundial 2018 y parece que se van a quedar, en su mayoría, sin dar el salto para liderar la selección al éxito. El ejemplo de esta generación debe servir para ver con buenos ojos la revolución de Luis Enrique: aquello salió mal, juguémonosla con el enfoque contrario.

Los campeones de 2013 (algunos ya habían ganado en 2011) crecieron desde el éxito y el elogio. Se subieron a una ola de éxito constante en el fútbol español y debutaron en una selección absoluta que era campeona del mundo y de Europa pero en la que su rol era insignificante. Muchos de ellos jugaron en equipos que se repartieron seis Champions y no sé cuántas finales de 2011 en adelante, otros prefirieron salir al extranjero. No aprendieron a sufrir, a liderar desde el fango, a recibir todo tipo de críticas de la prensa, a ser cuestionados, exigidos, a que el peso de todo un país recayera sobre sus espaldas. Cuando uno ve la alineación ante Georgia, por ejemplo, en un partido tan decisivo, y ve a todos esos chavales luchar contra hombres y chocar todo el rato contra la misma piedra, es normal que se pregunte si el objetivo era ganar ese partido o que ese partido se convirtiera en un símbolo. Al fin y al cabo, Luis Enrique se jugó los noventa minutos de aquel partido generacional con Clemente en Irlanda.

Que se consiguieran las dos cosas fue la guinda del pastel, pero el trabajo duro estaba hecho desde la convocatoria y lo importante es no desviarse del camino: estos chicos no van a ganar el Mundial ni van a ganar la Eurocopa salvo milagro, pero pueden aprender a ganar una Eurocopa o un Mundial si aprenden a competir. De eso se trataba: de coger a todas estas estrellas post-adolescentes, ponerlas en una ex-república soviética, en un campo infame, ante once tíos como once árboles y exponerlos. No protegerlos detrás de dos o tres veteranos apañados sino decirles: "Este es vuestro equipo y lo va a ser durante diez años, demostrad que os lo merecéis". Es una locura porque Luis Enrique es un loco, pero es una bendita locura, es un Mathieu Van der Poel atacando a 70 kilómetros de meta y llegando sin poder ni levantar los brazos.

Otra cosa es que esto se entienda porque si el deporte ya es cortoplacista de por sí, del fútbol mejor ni hablamos. De hecho, es obvio que no se ha entendido. Creo que nadie ha salido a apoyar a Luis Enrique por esta decisión y creo que el consenso ha sido absoluto en que temeridades, con una clasificación para un mundial en juego, las justas. Luego acabaremos eliminados por la Rusia de turno en octavos y diremos "Qué poco ambiciosos". El seleccionador sabe todo esto. Sabe que esta apuesta se acaba en cuanto se acaben los goles en el último minuto o simplemente los post-adolescentes sean inferiores a su rival, cosa que debería ser ley de vida. Al seleccionador le da igual porque está de vuelta de todo, pero no le dará igual al presidente de la Federación si siguen las críticas y acabará despidiéndolo si la estrategia no viene acompañada de resultados.

Ahora bien, esta enseñanza ya no se pierde. Esos minutos de Georgia, esas críticas a matar después del partido de Grecia, esa duda constante sobre el equipo ya tiene que haber hecho piña. Ya tiene que haber hecho madurar en diez días a los jugadores el equivalente a cinco años. Las grandes generaciones, los grandes equipos, no se forjan en los 9-0 contra Austria, se forjan en las repescas para los mundiales, se forjan en los titulares insultantes, se forjan en el "nosotros contra el mundo". Se forjan, también, en la lealtad, en el "este loco se está jugando el puesto por confiar en nosotros y nosotros vamos a morir por este loco". Otra cosa es que el proceso sea corto, que no lo es. Durará tiempo y los resultados se verán en años. ¿Estará Luis Enrique aún de seleccionador por entonces? Me juego lo que sea a que no. O le habrán echado o se habrá aburrido porque, en fin, es Luis Enrique. El trabajo, sin embargo, quedará, aunque él no lo disfrute. Aunque sea consciente de que no lo va a disfrutar. En el reto está el sacrificio. Luis Enrique abraza ambas cosas como salido de otro planeta.

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