Los inmigrantes que se prestan a experimentos médicos para poder sobrevivir en Estados Unidos

Todos los medicamentos que llegan al mercado han tenido que pasar por una fase de prueba en la que las farmacéuticas analizan los efectos que tienen en los seres humanos. Estos tratamientos experimentales son necesarios y son los que permiten los avances en la curación de todo tipo de enfermedades, pero como es lógico, también tienen sus riesgos y los sufren esos voluntarios que prestan su propio cuerpo en estos experimentos.

Habitualmente son migrantes y personas con ingresos bajos que ven estos empleos como una buena oportunidad de conseguir un dinero extra con el que poder pagar el alojamiento, la comida o el transporte.

Una vacuna experimental siendo probada en una paciente (REUTERS/Denis Balibouse).

Para poder sacar a la venta un producto en Estados Unidos, las grandes compañías han tenido que cerciorarse de su seguridad probándolo antes con humanos. Además, la Administración de Alimentos y Medicamentos estadounidense (la FDA) ha tenido que autorizarlo.

Tal y como cuenta BBC Mundo, hay distintos niveles de peligrosidad en los estudios. Los de primera fase aún no han sido probados con ninguna persona y cuentan con un mayor riesgo potencial. Los de segunda, tercera o cuarta fase a priori pueden tener efectos secundarios como náuseas o visión borrosa, pero ya han sido testeados previamente. Siempre en estas clínicas hay médicos y enfermeros que velan por la salud de los pacientes.

Las normas suelen ser férreas; los pacientes ingresan los días que dure el tratamiento y está prohibido haber consumido drogas o alcohol antes del comienzo. Tampoco se puede mantener relaciones sexuales durante el internamiento y la alimentación está reducida al desayuno, comida y cena que te dan. Cualquiera que se salta estas medidas es expulsado y no cobra.

Pinchazos cada 15 minutos

El medio cuenta el caso de un cubano que emigró a Estados Unidos en el 2013 y que debido a las dificultades económicas que tenía, decidió participar en numerosos estudios clínicos. La primera vez que se presentó era por no tener dinero para pagar el piso. Eran 2.800 dólares por diez días de ingreso y le dieron una pastilla. Cada 15 o 20 minutos durante 6 horas le pincharon para observar el efecto del medicamento en su sangre.

Un investigador farmacéutico trabajando en su laboratorio (SAUL LOEB/AFP/Getty Images)

Todo salió bien, pero a los 15 días ya estaba buscando nuevos estudios. L, nombre ficticio, revela que en los siguientes cinco años participó en varios experimentos más, a razón de seis o siete al año. Ya no solo era cuestión de necesidad, sino que se había convertido en una forma de vida, ya que permitía ganar mucho más dinero que en cualquier otro trabajo aunque quizás estaba poniendo en peligro su salud.

Su peor experiencia fue en 2017 cuando estuvo en un tratamiento de 23 días en el que pagaban 7.000 dólares. De esas más de tres semanas, este hombre estuvo con diarrea en 18 días, lo que le hizo perder muchos kilos.

En todo este periodo de tiempo solo ha rechazado dos estudios. Uno de ellos porque no se había probado aún en humanos y en las ratas había causado palpitaciones e inflamación de hígado. Además pagaban solo 4.950 dólares por 20 días; el otro porque te sacaban muchísimas sangre, una circunstancia que no es buena porque hay mucha gente que luego tarda tiempo en restablecer su hemoglobina.

No es del todo cierto que solo recurran a este tipo de empleos las personas con necesidades, también lo hacen aquellos que quieren costearse pequeños lujos. Y es que supone dinero fácil y rápido, aunque la mayoría de las veces no se piense en los riesgos que puede tener de cara al futuro.