Cómo lograr que nos escuchen y obedezcan a la primera

Ana Caaveiro

Conseguir que nuestros hijos nos obedezcan no es fácil, pero que lo hagan a la primera parece, en muchos casos, un sueño. Éste es, sin duda, uno de nuestros mayores retos como padres y madres. Desde irse a la cama hasta la hora de la comida. La resistencia de los pequeños a cumplir las órdenes que les damos nos desquicia, y se puede llegar convertir en un auténtico quebradero de cabeza. Al final, perdemos la paciencia y actuamos como no queríamos: imponiendo nuestra voluntad a gritos.

Puesto que todavía no se ha inventado ninguna varita mágica para que los pequeños nos hagan caso, hemos hablado con la psicóloga Maribel Martínez, autora del libro ¿Cuántas veces te lo tengo que decir?pionera de la terapia breve estratégica en nuestro país, un tipo de terapia que se caracteriza por resolver los problemas de forma fácil en un período breve de tiempo, que nos ha confirmado que hay esperanza. Está en nuestras manos lograr que los pequeños nos escuchen y respeten. 

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La mayoría de los padres que acuden a tu consulta es porque sus hijos no les hacen caso cuando les dan una orden, así que la repiten varias veces hasta que se cumple. De ahí el título de tu libro. ¿Repetir las órdenes funciona o no?

La repetición de órdenes no funciona. Los niños se acostumbran a que les digamos veinte veces las cosas, y entonces esperan al chillido final, que es lo que no queremos. Estamos en una paradoja porque primero les decimos “me tienes que hacer caso a la primera”, pero se lo decimos diez veces más. De esta forma, el niño aprende que, en realidad, se lo vamos a decir todas esas veces, así que espera a esa última, y mientras, se dedica a jugar o hacer lo que le interesa.

Los padres somos contradictorios, no somos coherentes con lo que realmente queremos y nos alejamos del objetivo. Por ello, tenemos que ver de qué manera conseguir eso más fácil y eficiente.

¿Por qué los padres tendemos a decirlo cien veces si no nos hacen caso a la primera? ¿Nos desesperamos demasiado rápido?

Yo creo que, en general, y esto lo vemos en otros muchos tipos de problemas, pensamos que esto ha de funcionar. Y lo aplicamos una y otra vez sin valorar que no está funcionando. En la vorágine del día a día, ni nos paramos a analizar ni a pensar. Como decía Einstein, no podemos esperar resultados diferentes si siempre aplicamos lo mismo. No reflexionamos sobre nuestras propias técnicas a la hora de educar. 

¿Conseguir que los niños cumplan las órdenes a la primera es posible? ¿Cómo podemos lograrlo?

¡Y tanto que sí! Si queremos que lo hagan a la primera, por definición, no tiene que haber una segunda. Debemos hacer algo diferente y coherente para conseguirlo.

Por ejemplo, nos toca ducha. Le preguntamos: ¿quieres ducharte ahora o dentro de 10 minutos? Tenemos que dar esa alternativa razonable. Cualquiera de las dos es válida por la logística de la familia, tanto ahora como después. De hecho, podemos prever que, lógicamente, el niño va a querer más tarde porque ahora está jugando, pero al cabo de esos diez minutos, le decimos que ya ha llegado la hora. También podemos poner una alarma en el reloj.

Todo desde la complicidad y el ‘buen rollo’ de que las cosas van a funcionar mejor. No podemos empezar con la retahíla de que "ya está bien, que se duche, cada día igual…” porque no funciona. Contamina el ambiente, perdemos el objetivo de que finalmente haya una autonomía personal por parte de los niños y unos valores de dinámica de casa.

En el libro hablas sobre el poder de la palabra ‘no’. ¿Qué efecto causamos en el niño cuando empezamos a formular las frases de manera negativa? “No toques”, “no cojas”… Es algo que solemos hacer con frecuencia

Sí, lo solemos hacer terroríficamente mucho, y de verdad que invito a los padres a reflexionar y observar cuántas veces les decimos a los hijos ‘no’. Imagínate que a un niño pequeño que está corriendo en una sala, le decimos “no corras”. En realidad, no le estamos expresando lo que queremos. Lo que buscamos es que se siente en una silla. En cambio, le estamos ordenando que “no corra”. Podemos intuir que él debe saberlo, pero no se lo estamos formulando bien. Tenemos que aprender a mandar para que nos obedezcan. Y eso significa crear una frase, diciendo exactamente lo que queremos, formulándolo en positivo y siendo específicos: "siéntate en esa silla".

¿Pero cómo aprendemos a mandar?

Haciendo autocrítica. Cuando vemos que no funciona, hay que dejar de hacerlo. Aprender a mandar significa tener muy claro, antes que nada, el concepto de que nosotros somos la guía de nuestros hijos: se apoyan en nosotros, somos los pilares, y por lo tanto, necesitan saber qué esperamos de ellos, cuáles son nuestras expectativas, qué es lo correcto y qué no…

Nos tenemos que creer ese rol imprescindible en la vida de los hijos. Y esto, tristemente, ahora se pierde. Tendemos a preguntarles qué quieren para merendar, qué quieren hacer esta tarde… Les abrimos un abanico infinito de posibilidades. Los niños, y más en esas edades, no tienen un criterio. Nos pueden decir que un jueves por la tarde quieren merendar un pastel, y claro, no se puede. 

¿Los padres argumentamos demasiado? ¿Les damos demasiadas explicaciones?

Sí, y hay una bienintencionada idea detrás de que si los niños entienden el porqué estamos haciendo eso, lo harán contentos y lo harán seguro. Pero no es así. Por ejemplo, a la mayoría, las verduras no les convencen, no las van a comer contentos nunca. En este caso, nuestras explicaciones no van a ser eficaces ni las van a entender. Podemos preguntarles si quieren ese plato de verduras o un puré de verduras -que será elaborado con esas mismas verduras trituradas-. Aquí no hay menú a la carta. Se trata de una estrategia de presentarle esa misma verdura de manera diferente. Podemos pactar si le ponemos mahonesa o aceite, comer jugando… pero sea como sea, le toca verdura.

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Aseguras que el respeto hacia los padres es la fórmula con la que se consigue todo lo demás. ¿Cuál sería el consejo que le darías a los padres para que se lo ganen?

Creo que el respeto se está entendiendo mal, y por eso no lo tenemos tan presente. Lo confundimos con autoritarismo, dictadura… El respeto es esencial en ese vínculo de padres e hijos, precisamente,  porque somos la guía que tenemos que dirigirle en el camino e inculcarle valores. Por lo tanto, ellos tienen que confiar en nosotros. Sin embargo, a veces, nuestras actitudes no son confiables porque no somos coherentes, y así es difícil que nos hagan caso. El respeto son matices, gestos. Nosotros somos los adultos que les entendemos. No estamos en la misma jerarquía. 

De hecho, calificas como una ‘terrible trampa’ que los padres quieran ser los amigos de sus hijos. ¿Ese afán se explica por el miedo de que, cuando crezcan, se alejen y no confíen en ellos?

Creo que hay muchos conceptos que se han malinterpretado. Igual que hay un concepto erróneo del respeto, el de ser colega del hijo parece que sea el único posible para ser padre próximo, cómplice, amoroso… y no es así, en absoluto. A mí me entristece mucho cuando veo padres amigos. Si sólo eres amigo de tu hijo, tu hijo se ha quedado huérfano. Tu hijo va a tener muchos amigos durante la vida, pero padres no. 

Afirmas que el llanto no es malo. Sin embargo, los padres no podemos ver llorar a nuestros hijos, aunque sea por una pataleta. ¿Por qué nos cuesta tanto?

Creo que forma parte del concepto sobreprotector que está rigiendo muchas familias. Hay una mezcla de sobreprotección y permisividad. Es como si los padres nos propusiéramos que los hijos no sufran, y no nos paramos a pensar que es imposible. Claro que tenemos que procurar que estén bien, pero eso es compatible con que lloren. Si nosotros nos dedicamos a protegerlos para evitarles ese sufrimiento, les estamos negando la experiencia de las pequeñas frustraciones. Como consecuencia, se convierten en niños con tolerancia cero a la frustración, que no soportan un ‘no’ como respuesta. Esto es responsabilidad de los padres.

Eliminaría la frase de "no llores". Los niños y los adultos tenemos que llorar, es una capacidad humana maravillosa, que nos desahoga, y tragarnos las lágrimas lo único que provoca es que no gestionemos bien esa emoción.

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Se ha dicho que para aumentar la autoestima de nuestros hijos hay que recurrir al refuerzo positivo: felicitarles, decirles lo que hacen bien…  Pero alertas del peligro que conlleva el hacerlo en exceso.

En esta línea sobreprotectora, vemos la alegría del niño cada vez que le decimos que algo lo ha hecho bien. Si esto es constante y sobre todo inadecuado, cuando un niño no hace algo bien y le decimos que sí, lo más probable es que lo vuelva a hacer igual. Le estamos sobreprotegiendo, como si el niño no pudiera soportar que no todo lo hace bien. Lo que tenemos que hacer es reformular y reforzar el esfuerzo. Si nos pasamos, va a crecer con la ley del mínimo esfuerzo y una tolerancia cero a la frustración. Es decir, sin querer, no les estamos ayudando a crecer y a superarse.

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