Cuando la imagen de Pilar Rubio en el paritorio se convierte en la de una boda.

Carme Chaparro
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Tan mona ella.

Tan riquiña.

Tan maquilladita.

Tan sonriente.

Tan piel de terciopelo.

Tan de boda.

Dejadla ya en paz de una vez.

Que Pilar Rubio haga lo que le salga de las narices el día de su parto. Y se fotografíe como le salga de las narices. Y comparta la imagen que le salga de las narices. Y todo lo que le salga de las narices a la mujer.

Que para eso es su parto. Y no el vuestro.

Que sí, que ya sabemos que tú en tu parto acabaste como los zorros. Que tú en el tuyo apretaste tanto que le cagaste al obstetra. Que tú vomitaste como la niña del exorcista y que tú no sabías dónde era arriba ni dónde era abajo.

Pero ese era tu parto. No el de ella.

Y si a pesar de todo eso Pilar Rubio sale tan divina en el paritorio por culpa la presión social, pues qué duro tener que estar siempre pendiente del aspecto. Pero entonces la culpa es de los que la miran con lupa y la critican a la primera oportunidad. ¿O tengo que recordar los centenares de titulares, textos, tuits y un largo etcétera del tipo “la actriz tal aún no recuperada del todo de su tercer embarazo”, o, lo que es peor “tres semanas después del parto ha recuperado su envidiable figura”?

¿Os hago una lista?

Si no lo habéis sufrido, mejor cerrad la boca.

Pilar Rubio, tras dar a luz
Pilar Rubio, tras dar a luz

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