Lilibet, la mujer tras la reina

La reina Isabel II en Windsor en una imagen de archivo. (Photo: Tim Graham Tim Graham Photo Library via Get)
La reina Isabel II en Windsor en una imagen de archivo. (Photo: Tim Graham Tim Graham Photo Library via Get)

La reina Isabel II en Windsor en una imagen de archivo. (Photo: Tim Graham Tim Graham Photo Library via Get)

Setenta años en el trono. La historia de Reino Unido, de Europa y del mundo de finales del siglo XX y de principios del XXI no se entenderían sin el papel institucional desempeñado por la reina Isabel II. Ha sido el símbolo inquebrantable del espíritu británico y un referente de las monarquías europeas.

Comprometida y fiel a su papel de monarca, Isabel II supo levantar un muro —que pocas veces fue quebrantado— alrededor de su persona. Discreta, contenida y entregada a su trabajo, nunca dejó al descubierto sus debilidades ni su lado más vulnerable. Aunque un repaso por los últimos años de su vida sí que permite descubrir su lado más íntimo: los conflictos familiares, los escándalos y el fallecimiento de su marido han propiciado lo que era impensable, incluso se la ha visto llorar.

Elizabeth Alexandra Mary —nombre con el que fue bautizada— fue hija, hermana, esposa, madre, abuela y bisabuela. Y también fue una gran amante de los perros, de la caza, del campo, los caballos y de las costumbres profundamente británicas.

Este es el lado más personal de la reina.

Reina por sorpresa

Elizabeth Alexandra Mary nació en Londres el 21 de abril de 1926. Era la hija mayor de los duques de York, Alberto Jorge e Isabel, y tercera en la sucesión al trono hasta que su tío tuviese descendencia y su puesto fuese cayendo.

Pero una sucesión de extraordinarios acontecimientos precipitaron su llegada al trono. A la muerte de Jorge V fue su hijo mayor, Eduardo VIII, el que heredó la corona, pero la oposición del Parlamento y el primer ministro a que contrajese matrimonio con Wallis Simpson, una actriz americana dos veces divorciada, le llevó a tomar la decisión de abdicar menos de un año después de haber llegado al trono.

Fue entonces cuando Jorge VI, hermano pequeño de Alberto y padre de Isabel, se convirtió en el nuevo rey de Inglaterra y el futuro de su hija mayor, que por aquel entonces tenía 10 años, dio un vuelco: era oficialmente la heredera al trono de Reino Unido.

Junto a su hermana pequeña Margarita, fue educada en casa con institutrices y preceptores, y siempre dio muestras de ser una niña disciplinada, inteligente y ambiciosa de conocimiento, aunque en los primeros años su formación nunca estuvo enfocada a ser reina.

Isabel II en su coronación junto a Felipe de Edimburgo. (Photo: PA Images via Getty Images)
Isabel II en su coronación junto a Felipe de Edimburgo. (Photo: PA Images via Getty Images)

Isabel II en su coronación junto a Felipe de Edimburgo. (Photo: PA Images via Getty Images)

Convertida en heredera, y siempre bajo la atenta supervisión de su madre y su padre, Lilibet —como la llamaban cariñosamente en la familia— comenzó a recibir clases Historia Constitucional y Derecho por el vicedirector del prestigioso Eton College, además de religión, francés y alemán, música, literatura…

Isabel y su hermana fueron los últimos miembros de la familia real británica en estudiar en casa y las últimas en disfrutar de una niñez en la que apenas tuvieron contacto con otros niños ni participaron de actividades y salidas propias de adolescentes. Además, en esos años, a ese aislamiento real se añadió el confinamiento que vivieron en el castillo de Windsor durante el tiempo que duró la Segunda Guerra Mundial

De aquellos primeros años de juventud, una de las anécdotas que trascendió y que aún se recuerda, es la noche en que la futura reina y su hermana abandonaron el palacio de Buckingham para unirse a las celebraciones populares por el final de la Segunda Guerra Mundial.

El amor de su vida

El amor, en cambio, llegó pronto a su vida. Con solo 13 años conoció a Felipe de Edimburgo, el que más tarde se convertiría en su marido. Fue durante un viaje con sus padres y su hermana a Dartmouth. Él se había alistado en la Marina Real y fue el encargado entretener a las dos niñas durante su estancia.

Durante un tiempo, por culpa de la contienda mundial, solo pudieron mantener una discreta relación postal. Hasta que la guerra terminó y el 20 de noviembre de 1947, la aún princesa Isabel y Felipe de Edimburgo, ya comandante, celebraron su boda en la Abadía de Westminster.

De aquel enlace nacerían cuatro hijos: Carlos, príncipe de Gales, en 1948; la princesa Ana en 1950; Andrés, duque de York, en 1960; y Eduardo, conde de Wessex, en 1964.

Fue durante un viaje a Kenia junto a su marido cuando el rey Jorge VI falleció a los 56 años. La princesa fue casi la última en enterarse —las comunicaciones no eran tan rápidas por aquel entonces—. Su marido fue el encargado de darle la noticia: Isabel era la nueva reina con solo 25 años.

Desde ese momento, Felipe de Edimburgo, convertido en príncipe consorte, fue el más importante y fundamental apoyo de la reina hasta que falleció el 9 de abril de 2021, a los 99 años.

La reina Isabel II con Felipe de Edimburgo en su luna de miel. (Photo: - via -/AFP via Getty Images)
La reina Isabel II con Felipe de Edimburgo en su luna de miel. (Photo: - via -/AFP via Getty Images)

La reina Isabel II con Felipe de Edimburgo en su luna de miel. (Photo: - via -/AFP via Getty Images)

Aunque no todo fue de color de rosa a lo largo de los 73 años de matrimonio, el más longevo de la corona británica, porque la historia de amor también se cubrió de sombras. Le costó aceptar —si es que alguna vez lo consiguió— su nueva vida, relegado a un papel secundario— y los escándalos y la fama de mujeriego empezaron a sobrevolar sobre él.

Aunque nadie lo confirmó ni lo desmintió, dicen que Isabel siempre supo de las infidelidades de su marido —de hecho es sabido que dormían desde hace tiempo en habitaciones separadas— y que, sin embargo las toleraba y, seguramente, las entendía.

“Felipe ha sido, simplemente, mi fuerza durante todos estos años”, fue la declaración de amor que le dedicó durante la celebración de sus Bodas de Oro, en 1997.

Madre parcialmente ausente y abuela y bisabuela detallista

Cuando Isabel II subió al trono, sus hijos mayores, Carlos y Ana, todavía eran muy pequeños, y tenían cuatro y dos años. En los primeros compases de su reinado, la monarca tuvo que ocuparse de apuntalar la monarquía no solo en Reino Unido, sino también en los países de la Commonwealth. Por eso ella y Felipe de Edimburgo hacían largos viajes en los que no llevaban a los niños, que se quedaban durante varias temporadas con las niñeras.

“Recuerdo que mamá venía a bañarnos con la corona puesta para practicar”, bromeó el príncipe Carlos en el jubileo de 2012. Isabel II ha sido reina antes que madre, y su tarea como jefa del Estado ha interferido con su labor de madre, especialmente para sus dos primeros hijos. A lo largo de los años, los expertos han señalado que la forma de criar a sus vástagos pequeños, Andrés y Eduardo, fue diferente y más cercana, puesto que el reinado de la monarca estaba más asentado.

La reina nunca ha desatendido sus obligaciones como monarca, pero también ha sido el pegamento de su familia en tiempos de crisis. Para Isabel II, Balmoral, el castillo en el que ha fallecido, era el lugar, junto a Sandringham, donde disfrutar de tiempo en familia. Cada verano, la reina reunía a sus hijos, nietos y bisnietos en su residencia de verano en Escocia para pasear por el campo, cazar o montar a caballo, una de sus pasiones. Esos meses estivales eran el momento de pasar tiempo en familia, igual que las vacaciones de Navidad en Sandringham.

El lado familiar de Isabel II ha quedado patente en los últimos tiempos, cuando se ha hecho evidente que el príncipe Andrés es su ojito derecho. La reina lo apartó de sus obligaciones reales y le retiró todos sus títulos cuando se conoció que el duque de York estaba implicado en el escándalo de abusos sexuales y pedofilia de Jeffrey Epstein, pero lo mantuvo cerca a nivel personal. De hecho, la monarca llegó de su brazo a la misa en recuerdo de Felipe de Edimburgo el pasado marzo, y recorrió la Abadía de Westminster hasta su asiento agarrada a él. La monarca también le ayudó a compensar económicamente a Virginia Giuffre para no ir a juicio por abuso sexual.

La reina tiene ocho nietos y doce bisnietos con los que ha mantenido una relación muy cercana y, como ellos mismo han contado a lo largo de los años, de los que se ha preocupado continuamente. “De puertas para dentro, es nuestra abuela, es tan sencillo como esto”, reveló el príncipe Harry a la periodista Katie Couric. Con el hijo pequeño de Carlos y Diana la monarca compartía sentido del humor y tenía una relación muy especial, que sobrevivió a la salida de Harry y Meghan de la familia real. El príncipe seguía manteniendo conversaciones por videollamadas con ella, en las que estaban presentes sus hijos Archie y Lilibet.

La reina Isabel II junto a George y Charlotte en el Jubileo de Platino. (Photo: WPA Pool via Getty Images)
La reina Isabel II junto a George y Charlotte en el Jubileo de Platino. (Photo: WPA Pool via Getty Images)

La reina Isabel II junto a George y Charlotte en el Jubileo de Platino. (Photo: WPA Pool via Getty Images)

El duque de Sussex también reveló en 2017 cómo Isabel II trató de proteger a sus nietos después de la muerte de Diana de Gales. Harry contó que la reina retiró todos los periódicos o revistas de palacio para que no les afectara lo que se publicaba sobre su madre en los medios de comunicación. En 2016, Kate Middleton también desveló algunos de los detalles que tenía la monarca con sus bisnieto, que se referían a Isabel II como Gan-Gan. “Cada vez que nos quedamos con ella deja un pequeño regalo para George y Charlotte en sus habitaciones, y eso muestra el amor que tiene por su familia”, declaró la duquesa de Cambridge.

Carisma a raudales y mucho sentido del humor

Isabel II manejaba la pompa y el protocolo como nadie. Después de todo, tuvo más de setenta años para perfeccionar su trabajo y moverse a la perfección entre líderes internacionales. Pero además de ser seria cuando la situación lo requería, la reina siempre ha hecho gala de su carisma y de su sentido del humor.

Desde sus irónicas respuestas hasta sus pullas, pasando por todas las ocasiones en las que se prestó a participar en sketches humorísticos, como en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Isabel II grabó un fragmento con James Bond, en el que el famoso espía iba a recogerla. Los creadores del vídeo revelaron que la había aceptado al instante, que le parecía divertidísimo y que ella misma propuso qué frases decir. “Claro que debo decir algo. Después de todo, viene a rescatarme”, afirmó cuando se lo propusieron.

La monarca también grabó junto a su nieto Harry un sketch para los Juegos Invictus en 2016 donde rivalizaba con los Obama y hacía un mic drop, dejando caer con ironía que no tenía rival.

En los actos oficiales, Isabel II tampoco se cortaba a la hora de dar rienda suelta a su humor negro. También en 2016, durante una visita a Irlanda del Norte respondió “bueno, estoy viva” cuando el primer ministro le preguntó si se encontraba bien. Algo parecido hizo con el primer ministro canadiense Justin Trudeau cuando propuso un brindis por sus sesenta años de reinado. “Gracias, primer ministro de Canadá, por hacerme sentir tan vieja”, espetó ella.

En 2014, la reina se infiltró en el selfie de unas deportistas australianas durante los juegos de la Commonwealth. Su cara lo dice todo.

Una de sus últimas bromas ocurrió hace unos meses, en la cumbre del G7, donde hizo reír a varios líderes internacionales mientras estaban posando para una foto. “¿Se supone que tiene que parecer que os lo estáis pasando bien?”, declaró provocando carcajadas

Amante de los animales y la naturaleza

Si por algo se ha caracterizado el reinado de Isabel II ha sido por su amor a la naturaleza. La monarca siempre trataba de huir de Buckingham hacia Balmoral, su castillo en Escocia, donde ha fallecido.

Acudía allí en sus vacaciones de verano, generalmente hasta el mes de octubre. Pasaba la época estival con una estricta rutina y planes que incluían desde picnics a cacerías, excursiones, pesca o salir a pasear a caballo. “La reina es, en el fondo, una mujer de campo. Le encanta el aire libre y la libertad, y eso es lo que Balmoral le da”, señaló la escritora especializada en familia real Penny Junior al Sunday Telegraph en 2015.

Los equinos purasangre han sido, tal y como se muestra en The Crown, una de sus grandes pasiones y hobbies. Considerada una de las mejores criadoras del mundo, la reina ganó su primera carrera con 20 años a lomos de Monaveen, quien le dio la victoria en una carrera de saltos. Tal y como informa Vanity Fair, es la única mujer con tres grandes victorias de caballos en su haber: las 2.000 Guineas, en 1958; las 1.000 Guineas, en 1974; y St. Leger, en 1977. La monarca acumula, según esta publicación, más de 20 victorias en Ascott.

Isabel II en el Royal Lodge en una imagen de archivo. (Photo: Lisa Sheridan via Getty Images)
Isabel II en el Royal Lodge en una imagen de archivo. (Photo: Lisa Sheridan via Getty Images)

Isabel II en el Royal Lodge en una imagen de archivo. (Photo: Lisa Sheridan via Getty Images)

Tal es la importancia que tienen sus caballos, que en marzo de 2020 le cedió un castillo a su caballería durante el confinamiento. “Los caballos del carruaje de la reina han sido trasladados al Palacio de Hampton Court, donde permanecerán mientras no sean necesarios para actos oficiales”, comunicaron entonces. El cuidado de la monarca por sus equinos de tiro es tal, que ella misma ha bautizado a los cuatro que tiran de su carruaje —Tyrone, Claudia, Rui, St. Ives—.

Su pasión por los perros tampoco es desconocida. Con 18 años recibió su primer cachorro, Susan, a la que se llevó incluso de luna de miel con Felipe de Edimburgo. A lo largo de su vida, Isabel II ha tenido hasta 30 corgis a los que ha cuidado hasta el punto que Diana de Gales los llamaba “la alfombra andante”. A muchos de ellos los ha bautizado con nombres de bebidas alcohólicas como Whisky, Cider y Sherry, y a otros con nombres de dulces como Honey, Candy y Sugar. También ha tenido varios dorgies, mezcla de corgi y perro y salchicha, y por último una cocker spaniel llamada Lissy.

Las atenciones que prestaba a sus mascotas han protagonizado numerosos titulares: cuentan con habitación propia tanto en Buckingham como en Windsor, eran alimentados por la reina y el personal de Palacio, y solían acompañar a la monarca en coches oficiales a sus diferentes residencias.

Una mujer de rutinas

A lo largo de sus 96 años, la estricta rutina de la reina Isabel II también ha sido foco de innumerables leyendas y noticias. De hecho, algunos achacaban a su rígido día a día su longevidad. Bryan Kozlowski autor del libro Larga vida a la Reina: 23 reglas para vivir como la monarca reinante más longeva de Gran Bretaña relata que su vida durante la II Guerra Mundial le marcó la alimentación, por lo que prefiere las raciones pequeñas de alimentos, como una pequeña porción de tarta en el té de la tarde, que come acompañado de sándwiches y aperitivos. Pero lo que más llama la atención es su rutina de bebidas alcohólicas: un cóctel de ginebra con Dubonnet, un vaso de vino con el almuerzo y una copa de champán por la noche. Sin embargo, en octubre de 2021 tuvo que dejar las bebidas alcohólicas por recomendación médica.

Kozlowski asegura en su libro que, en cuanto a su rutina de belleza, lejos de comprar las cremas más caras del mercado usaba Cyclax o la hidratante de Milk of Roses. Otro punto a los que se debía su longevidad supuestamente es su alimentación. “La norma es nada de almidón: ni patatas, ni arroz, ni pasta para cenar”, contó a la BBC Darren McGrady, quien fue chef personal de la monarca.

También incluía el ejercicio en su rutina, eso sí moderado y, generalmente, acompañada de sus animales. Según este especialista, montaba a caballo dos veces en semana y caminaba durante el día, además de sacar a pasear a los perros, por la mañana o por la tarde.

La reina de Inglaterra paseando con su hijo el príncipe Carlos en Balmoral en octubre de 2021. (Photo: ANDREW MILLIGAN via Getty Images)
La reina de Inglaterra paseando con su hijo el príncipe Carlos en Balmoral en octubre de 2021. (Photo: ANDREW MILLIGAN via Getty Images)

La reina de Inglaterra paseando con su hijo el príncipe Carlos en Balmoral en octubre de 2021. (Photo: ANDREW MILLIGAN via Getty Images)

Por las mañanas, la monarca se levantaba a las 7.30 de la mañana y tomaba un té con leche sin azúcar y galletas. Tras esto se preparaba y vestía con su equipo y sintonizaba el programa Today de la BBC 4. Si se encontraba en palacio con su marido, a las 8:30 desayunaba con él un menú que incluía cereales, yogur y jarabe de arce y, en algunas ocasiones, una tostada con mermelada.

Lo siguiente que hacía era leer los periódicos tanto de Inglaterra como de los territorios de la Commonwealth de los que también era soberana. Sobre las 9 de la mañana, el gaitero real tocaba en su honor todos los días de la semana. Acto seguido, empezaba su jornada laboral, primero respondiendo las cartas del pueblo —algunas de las 300 que recibía al día— y tras esto firmaba documentos o recibía las distintas audiencias.

A mediodía, solía comer sola, aunque cada dos meses ella y Felipe de Edimburgo hacían una comida con distintos sectores sociales. Por las tardes también aprovechaba para pasear o disfrutar de algunos de sus hobbies como ver la televisión o jugar al Scrabble. No solía irse a dormir antes de las 23h, aunque se filtró que durante el confinamiento por el coronavirus se quedaba hasta altas horas de la madrugada viendo la serie de televisión Line of Duty o los partidos de tenis de Emma Raducanu, algo que según su equipo cercano la tenía “destrozada”.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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