Lewis Hamilton pone a la Fórmula 1 entre la espada y la pared por sus compromisos en Baréin

Luis Tejo
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Retrato del piloto Lewis Hamilton
Lewis Hamilton, tras la última carrera en Turquía. Foto: Clive Mason/Getty Images.

Costó mucho, en un año tan raro como este 2020 marcado por la pandemia del coronavirus, pero la temporada en Fórmula 1 consiguió salir adelante. No quedo más remedio, eso sí, que hacer alguna que otra modificación en el calendario de carreras. Hasta trece Grandes Premios fueron suspendidos, lo que obligó a improvisar soluciones como duplicar las citas en algunas sedes.

Silverstone, en Inglaterra, acogió su tradicional Gran Premio Británico y una edición especial “70 aniversario” en dos semanas consecutivas de agosto. En septiembre, Italia tuvo su cita habitual en Monza y una extra en Mugello, circuito usado habitualmente para motos pero que esta vez hizo el apaño. Y ahora a finales de noviembre y principios de diciembre otro autódromo va a hacer doblete: el de Baréin.

No deja de ser una solución de emergencia, pero también es muy significativo que el reino de Oriente Próximo haya sido uno de los escogidos para estos desdobles. Numerosas voces interpretan este gesto como una manera de blanquear el régimen absolutista que todavía subsiste en aquella parte del mundo, combinando escaso respeto a los derechos humanos con inversiones multimillonarias en petrodólares. Aun estando cargadas de razón, no dejarían de ser las protestas habituales a las que, por desgracia, raramente nadie hace caso... si no fuera porque un personaje muy significativo se ha unido al coro: Lewis Hamilton.

Aunque aún faltan tres carreras para acabar, el piloto de McLaren logró la semana pasada los puntos necesarios para proclamarse campeón por cuarta campaña consecutiva, sumando seis títulos en siete años, y otro más que logró allá por 2008 cuando militaba en McLaren. Es, por tanto, uno de los peces más gordos de la F1 y todo lo que diga tiene una influencia brutal. Y lo que dijo tras ganar en Turquía fue tan sutil como contundente: “Tenemos que enfrentarnos a los problemas de derechos humanos de los países a los que vamos, no dentro de 20 o 30 años, sino ahora”.

Lewis no nombró expresamente a Baréin, pero tampoco hizo falta. Quedó claro que se refería a ellos por el momento elegido (justo antes de que la comitiva se desplace allí) y porque, aunque habría otros candidatos que podrían disputarle el liderato, Baréin es, de las sedes de este año, el país que ostenta el dudoso honor de tener peor reputación en cuanto a libertades y garantías democráticas.

Coches de Fórmula 1 tomando una curva durante la edición de 2019 del Gran Premio de Baréin.
Momento de la carrera de 2019 en el circuito Sakhir de Baréin. Foto: Andrej Isakovic / AFP via Getty Images.

Situado en una pequeña isla a mitad de camino entre la costa de Catar y la de Arabia Saudí (a la que está unido por un viaducto de 25 kilómetros), aproximadamente un millón y medio de personas residen en sus escasos 780 km², un área ligeramente superior a la del municipio de Madrid capital. De ellos menos de la mitad son ciudadanos bareiníes; el resto son o bien inmigrantes de otros lugares del mundo (hay una cantidad enorme de originarios del sudeste asiático) o bien minorías étnicas que, pese a llevar décadas o siglos en el territorio, no tienen acceso a la ciudadanía y ven sus derechos muy restringidos.

Existe también una cuestión religiosa. Más allá de que la nación es oficialmente musulmana y la sharia es fuente de la legislación (y por tanto otras confesiones, aunque supuestamente se toleran, a menudo se ven perseguidas), la mayor parte de la población, tanto grupos nativos originarios como muchos llegados en sucesivas olas migratorias desde la cercana Persia (actual Irán), profesan la rama chií del islam. Sin embargo, la familia real es devota de la tendencia suní, minoritaria pero que acapara buena parte del poder. Esta situación discriminatoria genera tensiones constantes y es una de las causas que estuvo detrás de la (fallida) revolución de 2011, que se puede encuadrar dentro de la Primavera Árabe.

El fracaso de aquel levantamiento reforzó el carácter autoritario del régimen. Formalmente Baréin es una monarquía constitucional en la que los miembros del parlamento se escogen en elecciones; en la práctica, los partidos políticos opositores tienen prohibido presentarse, y además los diputados electos, que son 40, han de convivir con otros 40 nombrados directamente por el rey. Es el soberano el que acaba teniendo el poder casi único en una nación minúscula, de clima árido, cubierta casi totalmente por el desierto... pero extraordinariamente rica gracias a sus yacimientos enormes de petróleo y gas y, en los últimos años, también a los servicios financieros e incluso al turismo.

Este cóctel hace que, según denuncia Human Rights Watch, la situación para la población local sea más bien dura. No existen garantías judiciales y ocurre en ocasiones que algunas personas son condenadas a muerte y ejecutadas tras procesos masivos en los que no se puede asegurar la imparcialidad de los tribunales. Son frecuentes los arrestos y las torturas a opositores, y libertades básicas como la de expresión, asociación y reunión están muy restringidas. El ministerio del Interior incluso está empezando a perseguir la disidencia en internet, en redes sociales como Twitter.

Un manifestante muestra una pancarta en la que pide la cancelación del Gran Premio de Baréin.
Manifestación de 2015 pidiendo la cancelación de la carrera. Foto: Stringer/Anadolu Agency/Getty Images.

Ante este panorama, ¿es legítimo que la Fórmula 1 mantenga su Gran Premio en Baréin, que se viene celebrando desde 2004? Muchos grupos de protesta creen que no, porque es una forma de legitimar el régimen represor. De hecho, Najah Yusuf, antigua funcionaria y activista por los derechos civiles, pasó meses en la cárcel simplemente por criticar la celebración de la carrera. En una carta publicada en The Guardian denuncia que en prisión la golpearon, la sometieron a abusos sexuales y la amenazaron con matarla para que firmara una confesión falsa de delitos, y narra casos de víctimas que han sufrido maltrato parecido.

El gobierno bareiní, por supuesto, lo niega todo y dice que, en el caso concreto de Yusuf, el arresto no tuvo nada que ver con “protestas pacíficas” contra la F1 y que “no hay pruebas” de que se cometieran abusos. Y los organizadores del campeonato, actualmente el grupo estadounidense Liberty Media, no tienen intención alguna de cancelar una de las pruebas más lucrativas y espectaculares del campeonato, al ser disputada en horario nocturno para combatir el calor.

La F1, tanto Liberty como los directores de algunos equipos, se escudan en que ellos no se meten en asuntos políticos sino que se dedican únicamente al deporte. Recuerdan también que ya suspendieron la carrera una vez, en el año 2011, cuando la revolución estaba en pleno auge (aunque se puede pensar que más lo hicieron por su propia seguridad que por compromiso con la democracia, porque en cuanto las cosas se tranquilizaron tardaron bien poco en pactar un regreso). Alegan, además, la excusa habitual: que su presencia podría servir como motor para un cambio en el panorama local.

Esto último es evidente que no ha sucedido. Hasta ahora daba igual: todo el mundo llevaba décadas mirando hacia otro lado. Pero ahora, por fin, alguien tan importante como Hamilton ha puesto el foco en este tema desde las propias entrañas de la Fórmula 1. Se corre el riesgo de que se interprete como otra más de sus muchísimas reivindicaciones, porque últimamente, aunque haya que reconocer que suele tener razón en sus demandas, Lewis se comporta más como un activista que como un piloto, y que por tanto caiga en saco roto entre tanto ruido. Pero de momento, al menos ha logrado que un tema tan espinoso vuelva a estar presente en la agenda y que esté siendo motivo de reflexión y debate. Que no es poco.

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