Nadie se atreve a frenar a Messi, el auténtico dirigente del Barcelona

Leo Messi durante un partido con el Barça. Foto: Tim Clayton/Corbis via Getty Images.

Que Lionel Messi es el mejor futbolista del mundo en la época contemporánea es algo que solo se atreven a discutir (y, como dicen en Andalucía, “con la boca chica”) los fanáticos más acérrimos de otro extraordinario pelotero como es Cristiano Ronaldo. Aparte de todos los títulos que ha ganado con el Barça, el argentino acapara innumerables distinciones individuales, incluyendo seis Balones de Oro. Que es cierto, tienen el valor que tienen, pero si constantemente lo recibe el mismo, algo bueno sí que debe ser.

De su valía con la pelota en los pies nadie tiene la menor duda. Su competencia para otras actividades todavía está por demostrarse. No ya en otros ámbitos de la vida, sino siquiera en el propio fútbol: no ha ejercido ni como entrenador, ni como secretario técnico, ni como directivo, ni en ninguna otra posición de responsabilidad más allá de marcar goles y dar pases (que no es poco).

Pero en Barcelona manda como si lo fuera, si no más. Toda la estructura del club parece diseñada para contentar al genio rosarino. Y ojo con el que se atreva a discrepar. La última víctima no ha caído todavía, pero todo hace pensar que está a punto; se trata del francés Éric Abidal, antiguo compañero en la plantilla azulgrana, hoy reconvertido en director deportivo, que cometió la imprudencia de declarar que la reciente destitución del entrenador Ernesto Valverde se debía, entre otros motivos, a que “muchos jugadores no estaban satisfechos” con él. Tales palabras han indignado a Messi, quien, a través de una story de Instagram, le recriminó que no diera nombres concretos porque estaba “ensuciando a todos”.

Los medios que siguen al minuto la actualidad culé ya especulan con que hoy mismo el presidente Bartomeu podría destituir a Abidal. No entraremos a valorar el fondo de la cuestión, si es conveniente para el futuro del vigente campeón de Liga que Éric pierda su puesto o no. Lo llamativo en este caso es la forma: ha bastado con que Messi levantara un poco la voz, o incluso que tecleara un par de frases en una red social, para causar un terremoto. Cosas del fútbol moderno.

Pocas veces en la historia del fútbol se ha visto tanto poder en alguien que no ocupa un despacho. Desde que se marchó Guardiola, su gran valedor, el técnico que le dio galones por encima de otras superestrellas como Ronaldinho o Eto’o, ha sido el número 10 el que, de forma más o menos sutil, ha ordenado y dispuesto. La salida de Valverde es el útlimo ejemplo, que se suma a otros: se dice que la marcha de Luis Enrique hace unos años, antes aún la llegada del Tata Martino, o incluso los esfuerzos por recuperar a Xavi y a Neymar, o los problemas de adaptación que ha venido sufriendo Griezmann, tienen su mano detrás.

¿Es sensata la estrategia barcelonista de centrarlo todo en que Leo esté contento? Los resultados le dan la razón... o no, según se quieran interpretar. Porque es innegable que están llegando casi sin parar los títulos... nacionales. La sala de trofeos del Camp Nou no da abasto para albergar Ligas y Copas del Rey. Sin embargo, no son pocos los aficionados que tienen la sensación de que en el balompié del siglo XXI lo que realmente cuenta es la Champions League y que el resto, si se gana, bien, pero en el fondo no es más que un relleno. En este sentido, no queremos utilizar la sobreexplotadísima palabra “fracaso”, pero es procedente recordar que el Barça lleva desde 2015 no ya sin ganar, sino siquiera sin meterse en semifinales (con la excepción del año pasado que muchos prefieren olvidar).

Pero claro, Messi es Messi. A ver quién es el guapo que se atreve a llevarle la contraria al hombre que es capaz, y de hecho lo ha demostrado innumerables veces, de resolver partidos atascados con un simple chispazo de genialidad. En Barcelona hay pánico al día en que decida marcharse, ya sea porque a sus 32 años piense que no le queda demasiado tiempo en activo o, peor, porque alguna vez se harte y se vaya a otro lado. Sería una catástrofe tanto desde el punto de vista estrictamente deportivo como económico, por todo lo que representa un hombre que ha trascendido la categoría de futbolista y se ha convertido en un mito viviente.

La situación se ha convertido en un problema de solución bastante difícil para el Barcelona. Mientras tanto, la entidad está transmitiendo una sensación de desgobierno y caos interno que bordea el ridículo institucional. Desde un punto de vista puramente pragmático quizás lo más adecuado sería que alguien diera un puñetazo en la mesa y le dejara claro a cada uno cuál es su lugar, y que el hecho de ser el mejor en un ámbito determinado no da carta blanca para mandar en otros.

No obstante, el mundo del fútbol en general no suele cumplir con esta máxima de “hombres más que nombres”. Sin ir más lejos, el propio Abidal accedió a su cargo sin acreditar experiencia alguna ni demasiada formación para un rol tan importante; en su currículum lo más destacado era el cariño que le tenía la afición por el cáncer que superó durante su etapa de jugador. Son las paradojas del deporte actual, que por un lado tiende a la profesionalización y la especialización extrema para optimizar resultados pero por otro hace virguerías para acomodar, como sea y donde sea, a viejas glorias.

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