Deportistas ninguneados en tiempos de coronavirus: una historia de esperas y miedo

El espectáculo siempre se entiende desde el punto de vista del observador. Tiene todo el sentido del mundo porque para él está concebido, pero con el tiempo se corre el peligro de deshumanizar por completo lo observado. Así, por ejemplo, el deporte. Entre tanta alarma social, tanto partido aplazado, tanto torneo suspendido y tanta competición a puerta cerrada, es curioso que todo el mundo se observe a sí mismo, es decir, observe al público, su fastidio, sus cesiones, sus miedos... y prácticamente nadie se preocupe del héroe llamado a llenar nuestras horas de entretenimiento, es decir, del jugador.

Si el riesgo es viajar, la profesión de deportista es ahora mismo la más arriesgada de todas. En medio de todo este baile de medidas, los futbolistas, baloncestistas, tenistas, etc. se sientan y esperan. Cuando se suspendió el torneo de Indian Wells, muchos expresaron en privado una cierta molestia: ¿por qué nadie les había preguntado?, ¿por qué en muchos casos se habían tenido que enterar por redes sociales de que ya no podían hacer su trabajo?, ¿por qué, en definitiva, son de repente tan humanos? El deportista no solo es visto como un héroe por los demás sino que a menudo interioriza esa plenipotencia y le impide ver el peligro. Por ejemplo, LeBron James se mostró recientemente en contra de jugar partidos de la NBA a puerta cerrada: “No tiene sentido jugar sin público”, dijo, definiendo a la perfección lo que es el deporte profesional y más aún en Estados Unidos. No piensan lo mismo los jugadores del Sassari italiano.

Lejos de los elogios constantes, las hipérboles y la atención del planeta, el jugador del Sassari representa al 95% de los deportistas que ahora mismo no saben si coger el siguiente avión o quedarse en casa a esperar a que escampe. Otra cosa es que encima les tomen el pelo, claro. Al equipo italiano le toca jugarse con el San Pablo Burgos los octavos de final de la llamada Basketball Champions League y que no deja de ser la tercera o cuarta competición europea por importancia. Viajar de Italia a España no es la cosa más sensata del mundo, pero imaginen que llegan a un país en plena explosión de coronavirus y les dicen que tienen que jugar el partido con miles de espectadores en las gradas.

¿Qué puede hacer entonces el deportista convertido en funcionario? ¿Qué puede hacer quien no es LeBron James, que no vive en el amor o el odio de la masa? ¿Qué cesiones permite el miedo al espectáculo? Ninguna. Ahí, el deportista se niega a ser solo objeto y pasa a exigir él también, a exigir precaución, prevención, cautela. Ahí, los jugadores del Sassari anuncian que se vuelven a casa pero no se vuelven, esperan en el hotel como espera el número 83 de la ATP a que le informen si se disputará la fase previa del Open de Miami, si habrá después un Montecarlo, un Madrid, un Roma, un Roland Garros... Los jugadores esperan en el hotel a que impere el sentido común y no les den por perdido un partido y una eliminatoria solo por pedir jugar a puerta cerrada, relativamente lejos de las amenazas. Y, al final, en el último momento, han triunfado.

La pregunta es cuántos Sassari hay en un mundo donde solo los LeBron James ocupan portadas. Cuántos golfistas, cuántos ciclistas con miedo a acabar en cuarentena durante dos semanas en un hotel de un emirato perdido. La pregunta es cuándo el espectador aprenderá a reconocer en ellos a un igual, a una persona que no sabe qué va a pasar y que a veces cree que esto no es para tanto y a veces tiene miedo, el miedo que se tiene a las amenazas potenciales, que a veces es incluso peor que el miedo a la amenaza real. Una angustia que no tiene que ver con 25 o 30 muertos sino con los que tal vez lleguen o tal vez no, imposible saberlo.

El deportista es ahora mismo el apátrida por excelencia y es, por tanto, uno de los grandes perjudicados de esta emergencia sanitaria. Pedir un poco de simpatía por ellos quizá no sea pedir tanto. Detrás de ese espectáculo que tú ya no puedes ver a gusto, hay un actor “frágil como un trozo de porcelana”, que diría Paolo Sorrentino. Frágil como todos, vaya, LeBron James incluido cuando se quita la capa.

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