Las tres prioridades económicas que debe tener el próximo Gobierno (sea cual sea)

María Blanco
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El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez. EFE/Ballesteros

Agosto es un buen mes para la reflexión. Para quienes se dedican a la docencia, porque es el tránsito de un curso académico a otro. Para quienes su tarea es el análisis político-económico, normalmente es un período más tranquilo por el parón vacacional general, y da pie a contemplar lo que sucedió y lo que viene de manera más pausada. Para quienes estamos en ambos grupos, aún con más razón. Este año dejamos julio con la incertidumbre de quién nos gobernará a partir de otoño. Las declaraciones del rey Felipe VI, aparentando desenfado por el entorno de la foto, pero milimetradas por la oportunidad política, dejan claro que aún no es seguro que los españoles vayamos a acudir de nuevo a las urnas en noviembre. Mientras las redes comparten fotos de playas, pueblos, montaña y relajo estival, casi se puede escuchar el rumor de las negociaciones bajo cuerda preparando los posibles pactos que podrían cerrarse en septiembre. A eso animaba su Majestad desde el Palacio de Marivent.

Pero, independientemente de si esa es su misión, o de las múltiples combinaciones entre los partidos del espectro político patrio, sería muy interesante que los potenciales candidatos a presidente, o a responsable de la cartera de economía, tuvieran claras cuáles son las prioridades económicas más relevantes de nuestro país, más allá de la ideología.

Mercado laboral

La primera, repitiendo pódium desde hace demasiado tiempo es, sin duda, el desempleo como problema estructural. Esto es, no tratar exclusivamente de mejorar una cifra o abordar el tema desde un limitado punto de vista cuantitativo, sino enfrentar las causas que explican que tengamos una tasa de desempleo estructural tan elevada. De manera que, incluso cuando no hay circunstancias extraordinarias, como una crisis, nuestra tasa de paro es más elevada de lo normal. Nuestra actividad económica más fuerte, el turismo, ofrece puestos de trabajo no cualificados temporales, cuya estabilidad depende de la situación económica de otros países. Es decir, se trata de una demanda frágil. Hay que replantear qué soluciones necesita nuestro país para resolver esta situación arrastrada desde el pasado.

Decenas de personas forman una larga cola ante una oficina del INEM. EFE/J.L.PINO/Archivo

Trabajadores autónomos

La segunda prioridad, relacionada con la primera, es la precaria situación de los trabajadores autónomos, una figura que yo preferiría llamar “empresarios autónomos”. Son los empresarios de su propio talento, el germen de una futura microempresa, la canalización primaria de la empresarialidad en España. Y, desafortunadamente, son los trabajadores/empresarios más olvidados por todos los gobiernos. ¿Y cómo es eso? La razón estriba, a mi entender, en la propia naturaleza de los autónomos: no tienen fiestas, no pueden ponerse enfermos, no se pueden permitir el lujo de salir a la calle a protestar. No tienen tanta capacidad y tiempo para hacer ruido como, por ejemplo, los funcionarios, que representan en nuestro país a los “trabajadores de primera”.

Para encajar esa afirmación que puede parecer tan dura, me permito recordar que, durante la crisis del 2008, mientras el desempleo ascendía a más del 20% y la situación era tan delicada, los funcionarios montaron huelgas y protestas porque les congelaron (no eliminaron) la paga extra de Navidad. Fue una perfecta demostración de su reafirmación como la aristocracia (en el peor sentido de la palabra) de los trabajadores españoles. Los autónomos padecieron la crisis, sobrevivieron sin protección de ningún gobierno y aún pagan un nivel de impuestos que resulta disuasorio.

Creación de empresas

La tercera prioridad, que se desgrana de las dos anteriores, es la facilidad para crear empresas y para mantenerlas a flote. De acuerdo con el índice Doing Business (DB) de 2019, la tasa de impuestos y contribuciones en porcentaje sobre las ganancias en nuestro país es del 47%, un dato más alto que el de la OCDE, y mucho mayor que la misma medida en Dinamarca, primer puesto en el ranking DB, que es de un 23%. No es la única variable, pero es relevante apreciar cuál es el impacto en la creación y en el mantenimiento de las nuevas empresas, de la fiscalidad.

Y en este punto, es necesaria una reflexión que atañe, no solamente al futuro gobierno, sino a los españoles en general. Porque somos un pueblo al que le gusta una moda más que a un niño un dulce. En los pasados años se impuso la moda de las “start up” y las lanzaderas, incubadoras, plataformas de creación de empresas, y demás proyectos “súper cool”. La idea era premiar el talento empresarial de los jóvenes y animarlos a que se lanzaran al mundo real. Todo muy bonito si no fuera porque a nadie se le ocurrió pensar en el día de después. De las empresas emergentes promovidas muy pocas han aguantado el tirón. Y lo que España necesita son empresas nacientes con vocación de perdurar. Ese sueño no es tan romántico como participar en una incubadora empresarial, al calor de los mentores, las ayudas, la palmadita en el hombro.

La dureza de la economía española con el joven empresario y con el micro empresario, a pesar de que estos últimos componen el 90% de la clase empresarial de nuestro país, es asfixiante. Relajar la carga impositiva podría ser un balón de oxígeno para ellos.

Estas tres prioridades económicas van más allá de cualquier ideología, y están en la base del buen funcionamiento de nuestra economía y del bienestar de los ciudadanos. Ya sólo hace falta que quienes tengan en sus manos las riendas económicas el próximo otoño, hagan caso.

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